69. Desde el salón de mi alma

Dos preocupaciones me asaltan ahora que me dispongo a escribir esta reseña. La primera me recuerda que llevo mucho tiempo sin publicar en el blog y, por extensión, sin escribir “para todo el mundo”. La segunda, derivada de la primera, me advierte de que es posible, tal puede ser mi estado de oxidación, que no me las ingenie del todo para hacerle justicia a Desde el salón de mi alma (2021), la joya que Matilde Bello Orozco (San Sebastián, 1969) ha publicado bajo el sello de Diversidad Literaria (se puede adquirir aquí).

Sin embargo, como solo se hace camino al andar, asumo que la primera cuita se solventa sola, es solo cuestión de ponerse a ello. La segunda, en cambio, me genera serias dudas dada la magnitud de la empresa. Que sean otros quienes juzguen si he estado o no a la altura. Empezamos.

En primer lugar, debo confesar que a Matilde la sigo desde hace tiempo en las redes sociales y soy un fiel lector de su blog, En voz baja (de hecho, sin desmerecer al resto de la blogosfera, ese proteico animal que cada día ve cómo se aproxima más y más y más su meteorito, es uno de los dos blogs de los que puedo decir que leo todo lo que en él se publica; el otro es Querido Bartleby, de Fernando Hernández). Diría que nuestra relación, iniciada a través del descubrimiento de nuestros respectivos blogs y afianzada por el intercambio de algunos correos electrónicos y mensajes públicos y privados, se basa en la admiración mutua, aunque ella, no me sonroja un ápice confesarlo, es mucho mejor escritora de lo que yo pueda llegar a serlo nunca.

¿Por qué añado el detalle de que la conozco? Pues porque pienso que este hecho no debe ser considerado óbice para las opiniones que voy a verter a propósito de Desde el salón de mi alma y su valoración. Si escribo una reseña positiva, que lo va a ser, ya lo anticipo, es porque lo que aquí diga lo creo a pie juntillas. Si por alguna razón (razones, siempre son más de una, creedme) creyese que su libro no merecía una reseña o esta iba a ser negativa, simplemente no la escribiría. Otras personas a las que también “conozco” se han puesto en contacto conmigo para que reseñe su novela (como si yo tuviese algo de influencer y les fuese a ayudar a vender algo, o más y mejor de lo que ya la venden), su libro de relatos o su diario personal, y todas hasta la fecha han recibido un rotundo NO como respuesta.

Pero fijaos hasta dónde llega el asunto: hay gente que me ha seguido en redes sociales solo con ese propósito, y cuando han recibido una negativa por respuesta, sin haber mediado conversación alguna antes de solicitar una reseña (positiva, intuyo), han dejado de seguirme… Luego están esos que te siguen para ser mutuals (esto es muy moderno, o a mí me lo parece: yo te sigo para que tú me sigas, y sumes así un megapunto más al número de mis seguidores), tengas cosas en común con ellos o no, tanto da. Y lo bueno es que no recuerdan que no les funcionó en una ocasión y cíclicamente repiten la misma estrategia… Pero esta es otra historia y me estoy metiendo en un jardín de senderos que se bifurcan ad nauseam.

En definitiva, que aunque he publicado varias reseñas aquí, en Alfredópolis, hace ya tiempo que no lo hago y no me había planteado volver a hacerlo hasta que he leído Desde el salón de mi alma. ¿Qué tienen Matilde y su libro, entonces, para “merecer” una reseña? Para empezar, no me ha pedido que la reseñe, lo cual, para mí, ya es una motivación para hacerlo. Y a esto le añado que, de todos los escritores que he conocido en las redes sociales, que son muchos (no sabéis cuántos proliferan ahí, cada cual más bueno que el anterior y que sus maestros, fundadores de géneros nuevos y autores de la nueva novela del siglo XXI; y casi todos, trágica verdad que nos sacas del duermevela de la ilusión, víctimas de la mala suerte o de la tiranía editorial o del karma de cuando transitaron este mundo con la humildad embutida en la cutícula de un artrópodo), es, lo afirmo con la seguridad que me dan formación, experiencia y oficio, la más escritora de todos. Curiosamente, es más que posible que también sea la que menos escritora se cree. Y esto, para mí, sí es un gran punto a su favor.

Pero la humildad no es suficiente, no nos engañemos, ni por supuesto es la única virtud destacable de Matilde. Voy a dejar de lado que es una persona encantadora y me voy a centrar, ahora sí, en su valor literario, que lo tiene a raudales y es de lo que aquí se trata: Matilde está provista de esas antenas de especie tan necesarias que todo gran escritor tiene, con las que capta o percibe o en ocasiones tan solo intuye lo que es la humanidad, tan simple pero a la vez tan compleja, a veces trágica y en ocasiones cómica o acaso un híbrido de ambos extremos, y como buena alquimista que es, lo procesa, lo reescribe (porque ya está escrito: en el mundo, en nuestra peripecia existencial, en nuestras mismas entrañas) y nos lo transmite convertido en oro gracias a su dominio del lenguaje (preciso, certero, elegante, relevante, y bello, siempre bello) y a la facilidad que tiene para elaborar imágenes con las que contarnos el mundo (el análisis del despliegue de adjetivos, metáforas, comparaciones, personificaciones, sinestesias y otros recursos literarios rebasa, con mucho, el espacio de una reseña en un blog), el tangible y el inasible, el suyo y el nuestro, el de todos. Que esto valga de introducción a la obra de Matilde Bello Orozco en general y a Desde el salón de mi alma en particular.

Como todo buen análisis de una obra literaria debe iniciarse con el título, voy a hablar de lo que para mí significa Desde el salón de mi alma en relación a lo que el libro contiene. En primer lugar, hay que tener en cuenta que se trata tanto del título que engloba los 55 relatos que componen el libro (cincuenta relatos, a secas, así los llama la autora, y cinco relatos de ficción) como del título de uno de ellos, el que cierra la primera parte. Así, creo yo, ese salón (con todas las connotaciones agradables asociadas a esa estancia) sitúa la coordenada exacta desde donde el yo protagonista descubre unas respuestas que, como una epifanía, se nos revelan y se le revelan, pues la sensación es que vamos adentrándonos en el terreno del conocimiento (redescubriendo y redescubriéndonos, serían las palabras exactas) al mismo tiempo que ella (pues se trata de una mujer, trasunto de la autora).

¿En qué consiste el misterio? Pues mucho ojo, porque no es cosa baladí: ese yo protagonista desentierra la esencia de la persona que fue, que es y que quiere seguir siendo. ¿Cómo? A través de la introspección, de la comunión (y comunicación) con el mundo y de la escritura, sobre todo de la escritura, que actúa, a un mismo tiempo, como catarsis y como semilla regeneradora, pues al tiempo que limpia y purifica (y da esplendor), hace emerger lo que ya se encontraba allí, esperando a ser rescatado.

El detonante, la fractura, la pérdida, no es ningún secreto, la misma autora lo deja claro en la dedicatoria que abre la obra, no es otro que la muerte, siempre encaprichada en visitarnos a deshora y en dejarnos a solas con nuestro dolor.

Pensé que la soledad sería para siempre mi luna, y el azar, una bribona que jugaba sus cartas a traición. Por una cara tristeza, por la otra, amargura; lanzaba la moneda al aire siempre con el mismo farol. Era un latido inerte, un hola en ayunas, los mil pedazos sin nombre de una página en blanco esparcidos por el salón.

De nada sirven las preguntas, pues nadie las va a responder. De nada sirven las brújulas, pues la muerte nos priva para siempre de nuestros anclajes, ni rastro de norte alguno en el horizonte:

Me encojo en mi despecho, en este exilio tedioso, desgastado y sin brillo. Hago acto de contrición, pero no hay respuesta desde el edén prohibido…

No entiendo nada (…) soy un agosto desolado que se ahoga en la añoranza, un verso divergente perdido en una prosa de rastrojos a la caza de alguna asonancia.

Ya no sabe si es partitura o canción, horizonte o cielo, entrega o vocación, conocimiento o sabiduría.

Y es entonces, al borde del precipicio, cuando se abre paso una vía de escape en forma de nuevo lenguaje, que viene a suplantar para siempre al anterior, insuficiente, inútil, hueco, insignificante:

Vacié sobre el papel la amargura displicente disfrazada de rabia, y aparecieron emociones con su traje nuevo, con las costuras recién hilvanadas. Se me llenaron las manos de primavera, de ternura las palabras. Firmé una tregua con los demonios que ahora viven famélicos en la retaguardia.

Voy a liberar las palabras en un valle de silencio, a salvo de las trampas de la rutina y del desgaste del tiempo, aisladas de esa vida que gira a veces desganada, siempre encadenadas a pensamientos que no callan, frustradas por la falta de precisión para expresar la anarquía creativa con acierto.

Y la escritura, en un camino no exento de espinas, empieza su efecto, no ya curativo, porque hay heridas que nunca se cierran, pero sí balsámico, atenuador. Y con ella, con la palabra, da comienzo la creación de un nuevo mundo, que no desplaza al antiguo, sino que lo integra, lo comprende, lo acepta y, finalmente, lo supera y aprende a amarlo:

(…) me pone ante un espejo que construye el reflejo tras desnudar las miserias que no quería contemplar.

Me has pedido que llene de recuerdos dulces los puntos suspensivos que quedaron por completar, que encierre entre paréntesis esas preguntas retóricas, trampas estériles suspendidas en el tiempo, imposibles de contestar.

Es así, y solo así, como el yo protagonista finalmente florece, poco importa si como fruto primaveral u otoñal:

Mejor mujer que renace y camina, que se descubre, bien extendidas, las alas que siempre tuvo para volar.

Se ha mudado mi alma a un salón con vistas a los sueños que invocan revolución, atenta a cómo parpadean las aves, a cómo vocean los duendes bajo el escrutinio de mi inspiración. Allí los días se cuelgan del tiempo, allí confisco la primavera que una vez se fugó; allí descansa la noche de su porte inquieto y cede su lecho a la imaginación.

Como supongo que se entenderá, el orden de los fragmentos que cito no se corresponde con el orden en que aparecen en Desde el salón de mi alma. Pero me ha parecido el adecuado, espero que se me perdone la licencia, para construir mi relato. El libro no es solo esto (aunque ya sería más que suficiente), porque Matilde escribe sobre la luna, la lluvia, las estaciones, el proceso creativo, el tiempo imparable y el amor como único medio de combatirlo, el amor maternal, la soledad, la añoranza, nuestros mayores… pero, sin duda, me parecen tan potentes los relatos que “construyen” su nuevo amanecer que todo lo demás, aunque mantiene la calidad literaria, queda en un segundo plano, incluidos los 5 relatos de ficción con los que se cierra el libro.

Si tengo que señalar algún aspecto negativo (negativillo, diría yo, porque no tienen demasiada importancia; pero me veo en la obligación de ser lo más objetivo posible), diría que los relatos de Desde el salón de mi alma no son de fácil lectura; quienes se acerquen a ellos sin conocer a Matilde y sin un bagaje poético mínimo, se pueden llevar una sorpresa. Son un desafío para el lector, porque exigen tu atención y tu cooperación constante, y de esto no todo el mundo disfruta (que no es mi caso). En la dedicatoria personal de mi ejemplar, Matilde me desea “lecturas de silencio y segundas lecturas exaltadas”, y se queda muy corta: sus relatos requieren volver a ellos una y otra vez, y no contentos con esto, te sorprenden volviendo a tu mente cuando ya los creías superados (vaya, pues tan negativo no va a resultar esto…).

Asimismo, a mí hay algo que me chirría en el montaje del libro. Desconozco a qué se debe el orden en la disposición de los relatos, bien podría ser cronológico, pero yo los hubiera montado a partir del esqueleto que he construido para hablaros de Desde el salón de mi alma. En este sentido, también me extraña la inclusión de los últimos cinco relatos, no por falta de calidad, son muy buenos, sino porque rompen con el continuum de la obra. Ahora bien, quizá sean un anticipo de lo que está por venir, no descarto en absoluto un giro evolutivo más en la escritura de Matilde Bello.

Para finalizar, y como colofón a todo lo comentado, me permito una última cita, que ilustra perfectamente lo que Matilde hace con sus lectores: hechizarlos. Que disfrutéis de su lectura:

Déjame bailar descalza sobre el misterio de tus páginas hasta deshilvanar los nudos que habitan en ese laberinto cuyo destino es la magia. Estoy encadenada a tu voz, como el sol a la mañana, pues contigo se pliegan las alas que agitan mis cicatrices, y la soledad se columpia a distancia mientras tú me acompañas.

Autor: Alfredópolis

Padre, por encima de todo. Filólogo de formación (Premio Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona) y editor de profesión. He publicado artículos, reseñas, críticas y relatos en diversas revistas literarias (todos ellos disponibles en este blog).

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