65. ¡La literatura es una verga bien parada!

Si vas a casa de alguien y no tiene libros, no te lo folles.

John Waters

Siempre he creído que leer es de las cosas más sexis que existen. Me encanta contemplar a una mujer mientras lee —aquí el determinismo de mi orientación sexual juega un papel capital—, es una de mis debilidades: analizar sus gestos; ver cómo se entrecierran sus ojos por la concentración que requiere un párrafo enrevesado o cómo se abren de par en par por la sorpresa literaria; comprobar si mueve los labios, si se los muerde, si los mueve de derecha a izquierda o solo hacia uno de los lados, o si no los mueve en absoluto; descubrir si se acaricia el cabello, o las orejas, o las cejas, o el mentón, o si juega con los botones de su camisa o con el cuello o los tirantes de su camiseta —si se trata de una lectura estival—, o de su jersey —si, por el contrario, se trata de una lectura invernal—… en definitiva, acompañar con mi mirada cómplice cualquier movimiento involuntario de los que suele conllevar la actividad lectora.

Desde hace más de una década, que es el tiempo que llevo desplazándome en transporte público de mi casa al trabajo y viceversa, mi coto de caza de mujeres lectoras se ha trasladado de las bibliotecas, los parques públicos y los cafés a la línea R4 de Cercanías de RENFE. Es ahí, si no viajo acompañado y yo mismo no voy leyendo, cuando mi radar se activa e identifico a mi «víctima». Una vez hecho esto, me siento cerca de ella —la elección del asiento donde acomodo mis posaderas no tiene relación alguna con la belleza física, no estoy hablando de eso— y me deleito con todo lo descrito en el párrafo anterior. Por suerte para mí, las mujeres leen, y leen mucho más que los hombres, al menos si me ciño a los lectores que se distraen de esta forma mientras dura su trayecto en transporte público; así que no es difícil toparme, como mínimo, con una de ellas en cada viaje.

Si sigo tirando del hilo del fecundo símil sexual, diría que todo lo expuesto con anterioridad puede ser considerado como el equivalente al encuentro e intercambio de primeras palabras y copas en un club entre dos desconocidos, que puede dar paso, o no, a una tórrida noche de intercambio de fluidos sexuales, evocaciones al Altísimo y jadeos. Sin embargo, para que la cosa pase de una noche —o de los primeros minutos de contemplación, mejor dicho— y tenga una continuidad en el tiempo, no es suficiente con leer —o tener buen sexo—, sino que me tiene que gustar lo que está leyendo, lo que el libro —y la persona— alberga en su interior. De igual modo que la contemplación de una mujer mientras lee eleva mi libido intelectual, por llamarlo de alguna manera, aquello que esté leyendo puede provocarme un deleitoso orgasmo mental o, por el contrario, enterrar mi lujuria a dos metros bajo tierra.

Así que, ¿cuál es el siguiente paso? Es evidente, intentar leer el título del libro que tiene entre manos, acción que equivaldría a un nivel de dificultad propio de observadores principiantes; o intentar leer unos cuantos de los párrafos que ella misma está leyendo e intentar identificar qué lee exactamente, acción que equivaldría a un nivel de dificultad para observadores expertos y, sin duda, mi opción preferida, aunque no os la recomiendo de entrada porque es mucho menos discreta que la primera. Y puedo dar fe de que no soy el único tarado que se dedica a estos menesteres: cuando soy yo quien lee, siempre doy con alguien que intenta leer el título de mi lectura. Aunque yo, que disfruto sobremanera con el juego, no se lo pongo fácil y voy inclinando el libro que tengo entre manos, de manera que este y aquel, ya fundidos en uno, inician un apasionado tango… ¡os sorprendería la capacidad de torsión que tienen algunas personas! Todo sea dicho, el libro electrónico, soporte que yo nunca utilizo, pero que ya os adelanto que tiene su papel en este artículo, supone una dificultad añadida a este proceso, un reto para valientes, pues te exige trabajar en el nivel para observadores expertos sin el recomendable paso previo por el nivel para principiantes.

Pero ¿qué se lee en el tren? Pues si me baso en mi trabajo de campo, cuyo objeto de estudio es la mujer lectora, se lee, sobre todo, y a cualquier hora del día, literatura erótica, y con el adjetivo erótica estoy siendo muy benévolo, porque si a los párrafos leídos desde la clandestinidad me remito, yo la calificaría de pornográfica —quizá el subidón que tal lectura proporciona a quien la consume sea útil para evitar el primer café del día, mi conocimiento de la materia llega hasta donde llega—. No en vano, diría que el 90% de las lecturas que consigo descifrar —ni os cuento el día que identifiqué al Settembrini de La montaña mágica en la lectura de una de las mujeres observadas; ¡estuve a punto de abrazarla!— sin ser descubierto en mi empeño acaban conteniendo «una verga bien parada», «un mástil enhiesto», «un bulto duro que busca acomodo entre mis nalgas» o cualquier otra fórmula más o menos elaborada para designar al pene en erección y su actividad depredadora —la utilización de la preposición a para introducir, y nunca mejor dicho, el complemento directo el pene no es baladí; en ese tipo de lecturas el falo adquiere autonomía y personalidad propias, es un semidiós que despierta de su letargo para someterlas a todas—. Claro, que el pene nunca viaja solo, sino que suele compartir travesía húmeda con cuevas provistas de un alto porcentaje de lubricidad —o, simplemente, «coñitos», si la escena ya está disparada— y pezones turgentes y con una sensibilidad tal que el más mínimo aliento basta para que su poseedora acabe estremeciéndose por el más absoluto de los placeres…

Fuente: Ilustración propiedad de eljueves.es

Sé que esto de lo que hablo no es algo nuevo, que la literatura mal llamada erótica —o «que desata pasiones», como se ha referido a ella alguna lectora de este género con la que he hablado sobre el asunto— se encuentra entre las más leídas, fenómeno que se disparó con la publicación de Cincuenta sombras de Grey y que, sin duda, ha ayudado a consolidar el libro electrónico —creo entender, he aquí una pinceladita machista, que antes daba cierto pudor ser sorprendida leyendo según qué libros, pero que ahora, con la generalización de los e-reader, ese tipo de obras ha encontrado un camuflaje perfecto para pasar desapercibidas—. Supongo que las cosas son así, los hombres, diría que todos, consumimos pornografía, ya sea como parte de las cosas que se envían y se reciben por medio de cualquier método de mensajería instantánea, ya como parte del ritual de la/s macuca/s diaria/s —entre las diferentes acepciones del sustantivo macuca, no se encuentra la de sinónimo de hacerse una paja; mi padre es la única persona a quien le he escuchado emplearlo con ese sentido, y la verdad es que me parece muy adecuado para referirse a tal actividad—; y las mujeres, las que lo hacen, prefieren no ir directas al grano y recrearse en ladrillos de más de 500 páginas, pero con poco peso literario, a modo de preliminares. Desde luego, para mí, de literatura tienen poca cosa, y se contarían entre esas lecturas que me generan impotencia instantánea.

Ilustración de CLARA.. que resume a la perfección la “bonita” historia de amor de Anastasia y Christian.

Sé perfectamente que después de lo escrito se me puede tachar de esnob en lo que se refiere a la cosa literaria. Y no lo niego, es muy posible que lo sea, siempre y cuando se considere que el esnob en esto de la literatura es aquel lector que admira y defiende la calidad y el trabajo intelectual como condiciones sin las cuales no se da una obra literaria que se precie como tal. Qué le vamos a hacer, supongo que por deformación profesional no puedo compartir esa idea, tan de nuestros tiempos —mediocre, por otra parte, y ridícula, pues la cosa llega al extremo de llegar a manifestar que se prefiere leer a Federico, el vecino taxista que acaba de autopublicar una novela, antes que a escritores consolidados o clásicos; no sé si es cosa mía, pero diría que el hecho de que unos sean consagrados y clásicos, y el otro, taxista, no se debe únicamente a un episodio de mala suerte—, de que literatura es todo aquello que se puede leer. No, por un lado está la literatura, y por otro, este tipo de artefactos elaborados con el único propósito de ser consumidos —me muero de la risa cuando escucho a este tipo de escritores afirmando que lo que desean es trascender; debe de ser una estrategia de autobombo más para que te gastes las cuatro perrillas que te sobren en su libro—. Y que sí, cabe la posibilidad de que sean mucho más rentables, tanto por el número de ventas como por la cantidad de esfuerzo de quien las escribe, y de fácil lectura, pero ni una cosa ni la otra los convierte en literatura —por no hablar ya de buena literatura—. De hecho, me inclino a pensar que es justo todo lo contrario.

Sin embargo, antes de acabar creo que debo aclarar que el género no tiene nada que ver con la calidad literaria de la obra, mi esnobismo, si se da, no llega a estos extremos: la literatura erótica, o romántica (al final, lo uno y lo otro acaban copulando la gran mayoría de las veces), no tiene por qué ser mala, a fin de cuentas, si lo sumamos a la muerte, el amor es uno de los grandes temas de la literatura de todos los tiempos. Tal vez no como componente único y esencial, pero grandes historias de amor tenemos para dar y vender en la lista de la literatura apta para un esnob, y eso que no me voy a meter en el fecundo terreno de la poesía tal y como la entendemos hoy, pero sí que voy a citar obras escritas en verso: Homero y la fiel Penélope —u Odiseo y sus amantes—, Eurípides y la terrible Medea, Ovidio y sus múltiples cambios, el Eneas virgiliano, todo lo que hay de lujurioso en el melódico libro de la Biblia, los amigos Calisto y Melibea y el amplio elenco de prostitutas que le hacen los coros en la obra de Fernando de Rojas, las lozanas andaluzas y los libros que se ocupan del buen amor, el caballero Tirante y los placeres de su vida, Dante y su Beatriz, Shakespeare, tal vez incluso Alonso Quijano y su Dulcinea, Stendhal de rossonero, Flaubert y su educación, Goethe y sus desventuras juveniles, la novela rusa del XIX, las hermanas Brontë, Jane Austen, Mann y su muerte en un día soleado de playa, los espumosos días de Vian, las cosas de Cortázar, la cólera del Pélida García Márquez… vamos, que no hay excusa que te lleve a ensombrecerte con los Grey de la vida. Por esta razón se me cae el alma a los pies cuando veo a mi alrededor tanto lector —al contrario de lo que se dice, hoy se lee más que nunca, al menos cuantitativamente hablando; con anterioridad, la cultura, y por consiguiente también la literatura, era uno de los juguetes de las clases pudientes— desperdiciando su tiempo con según qué lecturas.

Si recordáis, iniciaba este artículo con la famosa cita de John Waters, que en realidad es más larga de lo que se suele recordar: «Necesitamos hacer que los libros vuelvan a molar. Si vas a casa de alguien y no tiene libros, no te lo folles». En mi opinión, como creo haber dejado claro, deberíamos modificarla de este modo: si vas a casa de alguien y no tiene libros —y si los tiene, según cuáles sean—, no te lo folles. Porque si de lo que se trata es de que los libros vuelvan a molar, lo que debemos hacer es leer libros que molen. Así de simple.

Autor: Alfredópolis

Padre, por encima de todo. Filólogo de formación (Premio Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona) y editor de profesión. He publicado artículos, reseñas, críticas y relatos en diversas revistas literarias (todos ellos disponibles en este blog).

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s