58. Que te regalen libros

Sigo pensando que una de las cosas más bonitas del mundo es que te regalen libros. Entre otras muchas razones, porque además de lo que te pueden llegar a transmitir la prosa o los versos de tan precioso presente, que te regalen un libro siempre tiene mucho de historia oculta a todos aquellos que no sean el emisor y el receptor implicados en tan feliz transacción.

De algún modo, he aquí la magia del asunto, ser obsequiado con un libro inicia, o establece, o reafirma, o cierra un vínculo, y el recuerdo de tal inicio, establecimiento, reafirmación o cierre nos acompaña mientras el libro vive, o hasta el momento en que dejamos de vivir nosotros. Eso sí, es posible que, una vez leído, el libro sea olvidado como tantos otros lo han sido antes, y que vaya a parar a las oscuras profundidades de nuestras bibliotecas personales. Sin embargo, el día que, por la razón que sea, quizá plumero en mano, caprichoso es el destino, volvamos a fijar la vista en él, nos estará esperando para narrarnos, de nuevo, su propia historia, aquella historia. No la literaria, no, quienes acumulamos ya un buen número de lecturas sabemos que tal cosa no es más que una ilusión: los libros se olvidan (no así lo que sentimos al leerlos o la valoración que hicimos de su lectura o la identificación con tal o cual personaje o el odio que les profesamos), pero su historia, si es que la tiene, no, eso jamás se olvida. Cosas de nuestra condición humana, supongo.

Hoy me siento un tipo afortunado: me han regalado un libro. No me regales flores, de Carmen Plaza (madre de mi compañera Maite), prologado por Josep Anton Vidal, poeta y traductor, un sabio de los de antes, quien hace escasas fechas elogiaba (¿se puede sentir mayor dicha?) mi reseña de Lliçó d’alemany, publicada aquí y en la revista literaria Letralia. Y creo que la historia oculta de la antología poética de Carmen, a quien le he resuelto alguna duda lingüística y le he corregido el discurso de alguna presentación (desde la distancia, y como favor a ella, que sin conocerla personalmente me cae bien: una economista que acaba siendo poeta tiene algo de descreído que al final ha visto la luz; y a su hija, que me cae aún mejor), siempre me sabrá a final, a etapa consumida, a adiós. Pero no estoy triste, no, de esta despedida cada vez más inminente me pienso llevar el recuerdo y la amistad de muchas personas que no me han regalado flores, pero sí su tiempo, su atención y su cariño. Así que no estoy triste ni me voy a entristecer: hoy me han regalado un libro.

Autor: Alfredópolis

Padre, por encima de todo. Filólogo de formación (Premio Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona) y editor de profesión. He publicado artículos, reseñas, críticas y relatos en diversas revistas literarias (todos ellos disponibles en este blog).

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