55. Lliçó d’alemany

Decía Umberto Eco, en la que es probable que sea una de las pocas citas célebres que circulan de muro en muro y de móvil en móvil que tenga un correlato real (¡dejad ya de publicar cosas que no le hayáis leído u oído a quien se supone que las dijo o escribió, da un poco de vergüenza ajena cuánta cita mal atribuida, deformada o directamente inventada se comparte!), que el mundo está lleno de libros preciosos que nadie lee. Y tengo la sensación de que con Lección de alemán, de Siegfried Lenz, he topado con uno de esos tesoros ocultos a ojos de la gran mayoría (el adjetivo precioso, en boca de Eco, no significa lo mismo que cuando es empleado por algún lector, por ejemplo, de Isabel Allende, supongo que se entiende).

A la novela de Lenz se la compara, en cuanto a su voluntad de asimilar y superar el pasado, con El tambor de hojalata, de Günter Grass, y tal vez ésta es la razón por la cual en España, pese a haber sido reseñada de manera muy positiva en prensa, ha pasado desapercibida (sí, soy un iluso, ya sé que las reseñas literarias que se publican las leemos 4 personas los días más afortunados). Envidia me dan los alemanes en este sentido (de hecho, creo que es lo único que les envidio): han sabido conjurar el nazismo, arrinconarlo, derribar sus ídolos y enterrar sus restos para siempre bajo la asunción de la culpa colectiva, mientras que aquí, en España, seguimos siendo hijos y nietos del “con Franco esto no pasaba” y del “con Franco vivíamos mejor”, y la presencia del dictador y sus “gestas” siguen muy vivas en nuestras calles y monumentos y, lo que es peor, en nuestros debates políticos (¿cómo pueden seguir siendo objeto de debate Franco y el franquismo? ¿Cómo es posible que el traslado de sus restos se convierta en un nuevo funeral de Estado?). Esto es algo muy difícil de explicar (entre otras cosas, porque es vergonzoso formar parte de una sociedad así) cuando se habla con gente que no es de aquí… al final, el eslogan Spain is different!, de forja franquista, sigue siendo lo que mejor nos define. De hecho, en Alemania Lección de alemán es de lectura obligatoria en bachillerato; ¿comparamos con las propuestas e intenciones a este respecto de ciertos partidos políticos españoles?

Sin más preámbulos, me centro en la novela de Lenz: en principio iba a ser una lectura para las vacaciones de verano, porque cuando me la prestaron yo estaba leyendo Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace, un ensayo mordaz sobre la moda de hacer un crucero (que sin duda también os recomiendo, aunque no le haya dedicado un post, de hecho no se lo dedico a todo lo que leo ni a lo mejor que leo, es posible que os ahorréis un buen dinero después de su lectura; y si no, os reiréis un rato con la experiencia vivida por DFW), y otros libros me esperaban antes de plantearme siquiera empezar con el de Lenz. Sin embargo, como era la segunda vez que me lo recomendaban en un espacio relativamente breve de tiempo, y ambas recomendaciones provenían de personas que considero de fiar en cuanto a gustos literarios se refiere (en ocasiones creo que se trata de la misma persona, con otros cuerpos y otros sexos, pero la misma persona; tal es la coincidencia en sus recomendaciones), decidí ponerla por delante del resto. Y ahora puedo decir que no me equivoqué[1].

Publicada en Alemania en 1968, las únicas traducciones que teníamos al castellano hasta el pasado año 2016 eran las de Caralt Editores (1973) y Editorial Debate (1989). Hoy, por fortuna, disponemos de la de Impedimenta al castellano y de la de Club Editor al catalán, ambas del ya mencionado año 2016. Yo, en concreto, he leído Lliçó d’alemany, la fabulosa traducción de Joan Ferrarons para Club Editor. Y no miento si os digo que esta traducción ha paliado un poco la desdicha de no poder leer, por desconocimiento, la novela de Lenz en el alemán original. Por fortuna para mí, en este país en el que utilizamos las lenguas como armas arrojadizas en lugar de como herramientas comunicativas o puertas de acceso a la cultura, no soy de las personas a las que la traducción a una u otra lengua les supone un impedimento a la hora de leer un libro. Todo lo contrario, soy un privilegiado, porque puedo elegir una u otra traducción o no tener que esperar a que tal obra se publique en mi lengua materna y/o habitual. Me pierdo muchas menos cosas siendo como soy, la verdad. Los prejuicios, si algo tienen, es que nos conducen directos a la majadería.

 
Emil NOLDE: Molino (1924).
 
La novela de Lenz se inicia en 1954, en un correccional hamburgués para jóvenes inadaptados a orillas del río Elba. Allí, Siggi Jepsen, de 21 años, debe permanecer encerrado en una celda como castigo por entregar en blanco una redacción para la clase de alemán hasta que cumpla con su deber. El tema que le habían propuesto, las alegrías del deber, se convierte desde ese momento en el leitmotiv de Lliçó d’alemany. Pero Siggi no padece agrafia, ni mucho menos el incumplimiento de la tarea impuesta se debe a que no tenga nada que decir al respecto de ese tipo de alegrías, sino todo lo contrario: el joven se ve superado por la cantidad de cosas que se acumulan en su cerebro, y una simple redacción y el plazo de entrega de la misma le resultan del todo insuficientes para cumplir con su deber. Un deber al que se dedicará, valga la redundancia, con alegría.
 
En efecto, la lección de alemán de Siggi se convierte, en lo que supone uno de los muchos méritos de la novela, esto es, el juego con las perspectivas y los puntos de vista, en el libro que estamos leyendo; y el joven Jepsen, en su narrador. Desde ese momento, en un continuo viaje desde el presente hasta el pasado y viceversa, las palabras de Siggi nos conducirán al año 1943, a su infancia en Rügbull, un pueblo ficticio (trasunto, probablemente, de Rutebüll) ubicado en el Estado federal de Schleswig-Holstein (por cierto, escenario de la serie de televisión danesa 1864, a la que hace unos años le dediqué una entrada en este mismo blog), bañado por las aguas del mar del Norte y cercano a la frontera con Dinamarca, donde viviremos, a través de los ojos perplejos del niño de 10 años que entonces era, cómo el régimen nazi prohíbe pintar a Max Ludwig Nansen (una suerte de trinidad pictórica con base real: de la literaturización de los pintores Emil Nolde, cuyo verdadero nombre fue Hans Emil Hansen, Max Beckmann y Ernst Ludwig Kirchner, tres artistas calificados de degenerados y poco heroicos, emerge el personaje inventado por Lenz). La razón: que su arte es enfermizo, de inexistente raigambre alemana.
 
El encargado de hacer efectiva tan absurda, pero real, prohibición es Jens Ole Jepsen, único agente de policía de Rügbull y padre de Siggi, además de amigo de la infancia del pintor, con quien, además, le une una importante deuda. Más kantiano que el propio Kant en lo que a la ética se refiere, el policía, tan cómplice nazi como casi todo el pueblo alemán, se dedicará en cuerpo y alma a su deber, pues como agente del orden que es, debe obediencia a sus superiores de Berlín (o de Lübeck, que es la ciudad desde donde recibe órdenes). Así, se inicia una nueva guerra dentro de la guerra, la que enfrenta a la obediencia contra la necesidad, a la autoridad contra el arte, a la sumisión contra la libertad. Y como toda guerra que se precie, en ésta también hay víctimas inocentes: Siggi Jepsen tiene que nadar entre dos aguas, que lo arrastran y acaso lo condenan, la de la lealtad al padre y la de la lealtad al amigo admirado, cuya imposibilidad de pintar en el pasado encuentra un puente que nos comunica con la dificultad de escribir de nuestro narrador, y de esta forma, tanto la expresión pictórica como la escrita invocan a la memoria y se convierten en modos de expiar la culpa, asumir la responsabilidad y combatir la vergüenza. O más sencillo si se prefiere: arte y literatura son los dos únicos medios para suturar de manera efectiva las heridas del pasado, un bálsamo frente al deber que aniquila cualquier asomo de humanidad.
 
Pero Lliçó d’alemany es mucho más que todo lo comentado hasta aquí. Es una novela de tiempos enfrentados, el de la visión de la niñez con el de la visión adulta, y el de la Alemania nazi que ya empieza a vislumbrar su fin con el de la Alemania que lucha por racionalizar y superar lo irracional y casi insuperable de su pasado y de su presente; y de espacios, sobre todo de espacios. No exagero si digo que hacía mucho tiempo que no me topaba con un escritor que dominase como domina Lenz el recurso de la descripción. Y es que la sensación que tenemos cuando avanzamos en su lectura no es la de ir consumiendo páginas, sino la de ir saltando de lienzo en lienzo. El paisaje del extremo norte de Alemania, siempre amenazado por la monocromía del nazismo latente, adquiere el mismo colorido y la misma viveza que un cuadro expresionista. De hecho, cobra vida y significado, y al contrario de lo que suele suceder con el abuso de la descripción, que dificulta y dilata la trama, en Lliçó d’alemany la protagoniza, la posibilita, la hace avanzar con maestría y la enriquece semánticamente.
 
Por último, no puedo olvidar otro de los temas centrales de la novela: la libertad y su privación. Tal vez una de las lecciones más importantes que aprendemos de la obra de Lenz es que toda libertad (la inherente a la infancia, la artística, la personal…) es susceptible de ser arrebatada, cuando no se trata más que de una mera ilusión o de un engaño, autoimpuesto o impuesto por otros. La única libertad posible, según nos plantea la lección que tenemos entre manos, es interior (como la celda donde recluyen a Siggi) e invisible (como las pinturas invisibles con las que Hans Ludwig Nansen consigue burlar, y burlarse de, la prohibición a la que se le somete). Quizá deberíamos tenerla todos muy presente y aplicarla a nuestras vidas.
 
 
*Reseña publicada por la revista literaria Letralia. Tierra de Letras  el 24 de noviembre de 2019.
 
 
 
 
 

 

 
 
 

1Así pues, una novela destinada al descanso estival me duró apenas una semanita (quienes me vieran caminar mientras leía, o leer mientras caminaba, que no sé si es lo mismo, por el glamuroso barrio de Sarrià, en Barcelona, de 13:45 a 14:30 horas ya saben qué título tenía entre manos), porque lo que encontré allí me cautivó como hacía tiempo que no me cautivaba una novela “actual” (quizá de las que he leído en los últimos años, por sensaciones, por muy distintas que estas hayan sido, a la altura de Ànima, de Wadji Mouawad, en la traducción al catalán de Anna Casassas Figueras para Periscopi).

 
 

 

Autor: Alfredópolis

Padre, por encima de todo. Filólogo de formación (Premio Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona) y editor de profesión. He publicado artículos, reseñas, críticas y relatos en diversas revistas literarias (todos ellos disponibles en este blog).

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