51. A propósito de ser feliz

“Yo he sido feliz casi todos los días de mi vida, al menos durante un ratito, incluso en las situaciones más adversas”, escribía Roberto Bolaño en la última entrevista que concedió en vida[1] (puesto que fue así, por escrito, y quien la haya leído sabrá que el chileno se lo tuvo que pasar muy bien respondiendo a las preguntas de la periodista de la edición mexicana de Playboy). Y se me ocurre que esas palabras son un epitafio maravilloso, la más bella despedida, el mejor bálsamo posible para quienes aún no parten, además de una sana filosofía de vida.

No sé si todo el mundo es feliz, al menos en los términos en que afirmaba serlo Bolaño, pero yo sí lo soy[2], y me cuesta creer que el resto del mundo no lo pueda ser. Sí, ya sé que existen patologías que dificultan en grado sumo eso de ser feliz y que todos pasamos por fases de amargura existencial en que la felicidad nos parece un imposible sólo al alcance del resto del mundo. Pero se trata de una ilusión, de una broma sin gracia, de ahí a que no seamos felices ni ese ratito del que hablaba Bolaño…

Claro, lo que sucede con la felicidad es que nunca tenemos suficiente (¿conocéis a alguien en su sano juicio que diga que está cansado de ser feliz?), si de nosotros dependiera, siempre seríamos felices. Pero se nos escapa que la felicidad es una anomalía que altera el estado normal de las cosas, y que precisamente requiere de esa normalidad que se viste habitualmente de tedio, monotonía, aburrimiento y tristeza para poder ser reconocida cuando tenga a bien venir a visitarnos. Sin oscuridad, la luz carece de sentido, es de Perogrullo.

He escrito “cuando [la felicidad] tenga a bien venir a visitarnos” ex professo, porque uno no elige ser feliz, no puedes decirte de buena mañana, entre sorbo y sorbo de humeante café con leche: “hágase la felicidad”, y esperar que la felicidad se haga. La felicidad, como tal vez también sucede con el amor, más esquiva es cuanto más se la busca. Al menos, la felicidad que emana de nuestro interior. Ésta se resiste a, por decirlo de alguna manera, ser producida. Llega cuando llega, y no podemos precisar qué la origina, ni quién, ni cuándo, ni cómo, ni dónde, ni por qué hasta que la estamos experimentando.

Sin embargo, también podemos encontrar la felicidad en el exterior, y ésta sí que depende de nuestra pericia, puesto que para ello debemos entrenar y ejercitar nuestra mirada y nuestra empatía. Es bien sabido que no hay mayor ciego que el que no quiere ver, y qué queréis que os diga, tenemos siempre tanta prisa y vivimos tan ocupados y tan pendientes de nosotros mismos que muchas veces pasamos por alto detalles, a simple vista insignificantes, con potencial para hacernos felices, “al menos durante un ratito”. Pongo un ejemplo personal:

Ayer jueves tenía uno de esos días que los que tenemos de todo pero no sabemos valorarlo solemos calificar de malo: venía de una noche de escaso sueño y aún menos descanso (y van… bueno, mejor no contabilizarlas), volvía del médico (donde no me habían dado malas noticias, pero tampoco buenas), tenía un tic nervioso en el ojo izquierdo y esperaba que llegase de una vez el tren que con riguroso retraso me acercaría al trabajo, donde, para más inri, me esperaba una tarea tan aburrida y tan poco agradecida que no se la desearía ni a mis peores enemigos (bueno, miento, a mis enemigos y enemigas, sí; aquí duplicar el género es necesario). Sin duda, parecía una buena ocasión para desahogarse con alguien, pero la experiencia me ha enseñado que lo mejor es cocinar lo más apetitosamente posible tus problemas, porque vas a tener que comértelos solito. A la mayoría de la gente le importan, perdonadme la expresión, una mierda tus problemas, o le importan siempre y cuando no sean verdaderos problemas, porque entonces le supera la información y no sabe qué hacer con ella, o bastante complicada es su vida ya como para complicársela más con semejantes historias, o… (casi todos lo hacemos, no me excluyo en absoluto, aunque he escrito “la mayoría” como concesión a la excepción). Y a las dos o tres o cuatro personas (no creo que igualen en número los dedos de una mano) que sí les importarían, que se prestarían a ayudarte y que te serían útiles, ni que fuera como simples oyentes mudos, siempre suelen estar lejos en ese preciso instante.

Y así me encontraba yo, con mis pocas ganas y mi mal día, en el andén de la estación de tren de mi localidad de residencia, cuando decidí, más por necesidad que por verdadero apetito, comerme el bocadillo que me había preparado para desayunar. Lo cierto es que tenía planeado dar buena cuenta de él cuando ya estuviese sentado cómodamente en el tren (el día empieza a mejorar, una ventaja de viajar más tarde de lo habitual: puedo sentarme sin necesidad de jugar a ver quién se levanta en las próximas cinco o seis paradas; más allá ya no merece la pena hacerlo). Pero, ¡ojo, que se acumulan las pequeñas alegrías!, decido comérmelo ya porque así dispondré de casi media hora de lectura de una novela que me urge acabar porque me esperan los libros de Sant Jordi. Así que empiezo a comerme el bocadillo de mortadela de pavo con aceitunas (si no la habéis probado, hacedlo de una vez, ¡os hará felices!) cuando un gorrión se posa a mis pies y empieza a mirarme del modo ancestral con que sólo pueden mirarte las aves (y con curiosidad, añado yo).

Ya con una sonrisa, me doy cuenta de que no me mira a mí, sino a mi bocadillo, así que empiezo a tirarle migas de pan: una, dos… y antes de que deje caer la tercera, el gorrioncillo empieza a revolotear a mi alrededor (bueno, alrededor de mi bocadillo), y ya las siguientes migas que le lanzo no llegan nunca a tocar el suelo porque el hábil y desvergonzado pajarillo las caza al vuelo como Tor, el mejor perro del mundo (otro recuerdo feliz), cazaba las piñas que le lanzábamos mi pareja y yo cuando lo sacábamos de paseo. Si hubiese querido, el gorrión habría comido de la palma de mi mano, o directamente de mi bocadillo, pero me estaba gustando el jueguecito, y parecía que a él también. Y me hacía feliz pensar que mi presencia no sólo no le suponía un peligro, sino que lo mantenía a salvo de las palomas, unas competidoras que siempre parten con la ventaja del tamaño, que no nos quitaban ojo desde las alturas.

Y me imagino que la escena de alguien que se dedica a lanzarle migas de pan a un gorrión al tiempo que habla con él en una estación de tren de cercanías, además de a los dos protagonistas, haría feliz a las personas que supieran mirarla con los ojos adecuados. Conmigo, en caso de haber sido yo el espectador ocasional, lo habría conseguido.
Para mí el día ya había cambiado. Mi ratito de felicidad había llegado de la manera más inesperada. Y sin necesidad de poner en juego el comodín de mi pequeña Júlia, siempre ganador. Ella aún me esperaba a la vuelta del trabajo.


[1] Mónica MARISTAIN: Playboy, 9, ed. mexicana (2003), y en “Estrella distante”, Página 12, Buenos Aires (2003). Recogida en Entre paréntesis. Ensayos, artículos y discursos (1998-2003), Anagrama (2004), donde, curiosamente, el editor Ignacio Echevarría elimina esta respuesta de Bolaño y la pregunta que la origina (“¿Cuándo ha sido más feliz?”). Al menos yo no he sido capaz de encontrarla en la edición que manejo.

[2] También es cierto que para mí es muy sencillo: sólo tengo que bajar del tren cada día para ser recibido por mi pareja y mi hija, que es la niña más guapa, simpática, cariñosa e inteligente del mundo. O ponerme a jugar con Júlia, o simplemente mirar cómo juegan ellas, madre e hija, para sentirme la persona más feliz y afortunada del mundo.

Autor: Alfredópolis

Padre, por encima de todo. Filólogo de formación (Premio Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona) y editor de profesión. He publicado artículos, reseñas, críticas y relatos en diversas revistas literarias (todos ellos disponibles en este blog).

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