49. Bolaño y yo

El diablo quiere compañía y es un corruptor de voluntades que planea la caída de los otros[1].
 
 
Claudia CARD
 
 
 
 
 
Si mi vida como estudiante hubiese transcurrido con normalidad, la muerte de Roberto Bolaño me habría cogido fuera de la universidad, o cerca de licenciarme[2], y por lo tanto, ya habría leído alguna de sus novelas, como mínimo una de ellas. Pero, si no me equivoco (¿podéis creer que no recuerdo cuándo empecé la carrera ni cuándo me licencié?; diagnóstico: envejecimiento), aquel 15 de julio de 2003 aún esperaba las notas de las Pruebas de Acceso a la Universidad, o hacía poco que me consideraban apto para cursar la titulación que me viniera en gana o, como mucho, aunque me inclino más por las dos primeras opciones, disfrutaba de mis primeras vacaciones como universitario[3].
 
Sea como fuere, para mí la muerte de Bolaño no supuso nada extraordinario. El suyo era un nombre que conocía y que tenía clasificado como “novelista y poeta” en mi lista de futuras lecturas (aunque estoy seguro de que él hubiese preferido invertir el orden de la cópula anterior, como supongo que les ocurre a todos los novelistas superlativos), pero poca cosa más. Nada sabía, salvo de oídas, de su biografía, ni de sus novelas y relatos, ni mucho menos de sus poemas, desconocidos para el gran público. Eso sí, me había topado con él como personaje en la novela Soldados de Salamina, de Javier Cercas (Tusquets Editores, 2001), lectura obligatoria de la asignatura de Literatura española en Bachillerato[4].
 
Así las cosas, no fue hasta el segundo o tercer año de licenciatura cuando leí por primera vez a Bolaño, en el contexto de una asignatura llamada Narrativa Hispanoamericana II o algo así, y la primera toma de contacto fue, ni más ni menos, Estrella distante, “una aproximación, muy modesta, al mal absoluto[5]”, que a mí personalmente me fascinó tanto como me repugnó, que al fin y al cabo es lo que habitualmente nos sucede con el mal cuando se presenta en estado puro, si es que es lícito aplicarle tal adjetivo al mal. Sin embargo, pronto descubrí que había algo que me chirriaba de todo lo relacionado con la figura de Bolaño, hasta el punto de hacerme enfadar: la fijación de quienes escribían o hablaban sobre su vida (editores, críticos, articulistas, profesores) por destacar la multitud de trabajos que había desempeñado el chileno hasta que por fin llegó el reconocimiento (más de crítica e iguales que de lectores), y con el reconocimiento, el dinero, y se pudo dedicar full time a la literatura (cosa que no es cierta, desde que Bolaño decidió ser escritor, se pasaba el tiempo escribiendo, hiciese lo que hiciese para ganarse la vida; de hecho, como él mismo decía, todo aquello le había servido, y le servía, para ganar algo de dinero con el que comprar tiempo para poder escribir[6]).
 
Fotografía de Manolo S. Urbano. El País.
 
Entendedme, por aquel entonces yo era joven (aunque no tanto), e inmaduro (mucho más que joven), y aquel énfasis que se ponía en las penurias económicas y en lo variopinto de su currículum (que si fue vendedor de billetes de autobús, de lámparas, de bisutería, lavaplatos, botones, camarero, vigilante nocturno en un camping, mozo de carga y descarga de barcos, vendimiador…), así como en lo alejadas de las letras que transcurrieron su niñez y su primera juventud (que si su padre fue camionero y boxeador, y su madre, una profesora de matemáticas que leía best sellers como si no hubiese un mañana; que si era nieto de un militar, y bla, bla, bla), me olía, y perdonadme la expresión, a mierda clasista. Me parecía que todos y cada uno de aquellos comentaristas autorizados, y acomodados, señalaban con dedo acusador a ese nuevo Sorel llegado allende los mares porque intentaba incurrir en un mundo que no era el suyo, por nacimiento y clase social, y había que bordarle una letra escarlata en el pecho porque, además, tenía la desfachatez de irrumpir bajo la bandera del talento y la inteligencia… Hasta tal punto me preocupaba este asunto, ahora veréis la poca humildad de mi yo estudiante (como la de todos los estudiantes, que pensamos que el mundo está ahí, entre tinieblas, a la espera de que lleguemos nosotros a dejar la impronta de nuestra grandeza[7]), que me preguntaba si a mí me pasaría lo mismo en caso de que algún día publicara algo: ¿dirán (así, en futuro simple de indicativo, porque tenía que pasar) que he trabajado como operario en una fábrica, como mozo de almacén, en una cadena de montaje, pesando y empaquetando tornillos de acero inoxidable, limpiando unas cubas que de lunes a viernes contenían todo tipo de ácidos nocivos (cosa que me negué a hacer, pero a mi leyenda se le sumaría también este trabajo), reponiendo artículos en un supermercado, en la construcción, moviendo con una grúa tubos que pesaban cientos de kilos…? ¿Dirán que soy nieto de mineros? ¿Y que mi padre fue albañil durante muchos años? ¿O que es un lector voraz de novelas ambientadas en el salvaje Oeste? ¿O que mi madre es una fanática de las sopas de letras? ¿Se preguntarán, en definitiva, qué hago yo aquí? ¿Qué derecho tengo? ¿Quién me permitió estudiar?
 
Supongo que no hace falta decir que estaba puerilmente equivocado. Bolaño no hubiese sido Bolaño, precisamente, sin todo ese bagaje que se encargaban de señalar quienes habían llegado a él mucho antes que yo[8]. En aquella versión de mí mismo, como ya he dicho, confluían dos patologías: juventud e ignorancia, de las que por fortuna he ido sanando con el paso del tiempo y la profundización en el universo literario bolañesco[9]. Y es que con Bolaño, tenía que ser él, a medida que mi capacidad adquisitiva mejoraba (el pasito cualitativo y cuantitativo que separa ser muy pobre de ser pobre a secas), inicié una práctica recurrente en mis primeros años posuniversitarios: comprar, casi siempre en orden cronológico, todo lo que había publicado en vida el escritor o la escritora “a estudiar”, en aquella primera ocasión, Bolaño. Por descontado, el espacio disponible en casa y esa sensación de que el tiempo es precioso y cruelmente finito, que se acrecienta a medida que acumulamos primaveras, me ha hecho cambiar de modus operandi: ahora, cuando me interesa un escritor, ya no lo compro ni lo leo todo, sino que bebo de fuentes fiables y compro sólo aquello que realmente “tengo que leer” (con los riesgos que comporta todo canon, es evidente). Bastante me pesa ya tener que morir sin haberlo leído todo como para seguir entreteniéndome con obras de juventud, o menores, o intrascendentes (total, para dármelas de gran lector en una red social cualquiera ya me basta y me sobra con lo hecho hasta ahora)… Lo de leer en orden cronológico puede ser útil en un momento determinado para aprender el oficio[10]: no hay nada mejor para eso que mucha gente desea, esto es, saber cómo se aprende a escribir[11], que ver la evolución, o involución, de esos escritores a los que admiras. Entonces, ¿ser un lector de Literatura (con L mayúscula) y estar formado en el florido campo de las letras te garantiza convertirte en un gran escritor? No, en absoluto. Luego, mucho me temo, hay que sumarle talento, y disciplina, mucha disciplina, y trabajo, y comprensión lectora y capacidad de crítica y de autocrítica, y humildad, y constancia, y reflexión, y correcciones, muchas correcciones, y superación de la frustración y del fracaso, y valentía, y sacrificio, y… Pero sin ser un gran lector, esto es seguro, ya te puedes arrojar al río de la escritura con el flotador de tus conocimientos teóricos y tus virtudes concedidas por los dioses, a ver, valiente, si eres capaz de llegar a la otra orilla. Yo no apostaría por ello… y lo sé, no porque sea un gran escritor, sino porque me he ahogado muchas veces.
 
Pero dejo ya la digresión y vuelvo a Bolaño, que me he ido por las ramas (por las malas hierbas, mejor dicho): el poso que había dejado en mí Estrella distante me llevó a adquirir Los detectives salvajes (devorado de camino al instituto donde trabajaba en Sabadell y de vuelta a casa, y en la sala de profesores, y en las dos horas que tenía de descanso hasta que empezaban mis clases por la tarde), y luego llegaron el resto de sus novelas y relatos[12]. Por aquel entonces, toda visita a una librería, ya fuera física o virtual, acababa con la compra de 4, 5 o 6 libros por mi parte, preferentemente novelas o cuentos. Así que, como ya podéis imaginar, no tardé demasiado en tener toda su obra en prosa en mi biblioteca personal (con la poesía también pretendía hacerlo, pero Bolaño es un gran novelista…). Claro, con esto no quiero decir que haya que leer todo lo que ha escrito Bolaño, pero sí que hay que leer a Bolaño, y esto significa que si eres lector y puedes leer en español, en tu lista de lecturas no pueden faltar, para mí en el orden que sigue, Estrella distante (1996), 2666 (2004) y Los detectives salvajes (1998). Yo añadiría también Nocturno de Chile (2000) y La literatura nazi en América (1996)[13], pero con los tres primeros títulos ya es más que suficiente para darse cuenta de la importancia capital de la narrativa bolañesca, además de que estoy seguro de que quien los lea acabará por leer también los otros dos (si no más, como me ocurrió a mí en su momento).
 
De hecho, y no exagero, si un nuevo descuido romano dejase mi casa a merced de las llamas, uno de las libros que rescataría del fuego sería Estrella distante. Con esta novelita se inició mi relación con Bolaño, y esta novelita es la única hasta la fecha que he releído de todas las del chileno (y no descarto volver a ella en alguna ocasión si el futuro me lo permite). En esta novela, que marca un punto y aparte con todo lo que había publicado hasta la fecha (no he visto evolución en ningún novelista que tenga parangón con la que experimenta la obra de Bolaño desde sus primeras novelas a la irrupción de Estrella distante), ya se detectan los elementos esenciales, para mí, de la narrativa bolañesca, que resumo a continuación:
1. El diálogo constante que establece con la tradición literaria y cultural, chilena en particular y occidental en general, y con su propia obra.
2. La valentía a la hora de adentrarse en lado oscuro del ser humano y la lucha por mostrar el horror absoluto a través del lenguaje literario. El fracaso de la moral, el triunfo del superhombre nietzscheano y de su voluntad[14].
3. La lucha por la recuperación de la memoria, por evitar que el ser humano siga anestesiado frente a las atrocidades que el propio ser humano comete.
4. El descubrimiento de que la literatura, el medio más adecuado para mostrar el horror, acaba resultando también insuficiente: hay horrores, como los cometidos por los cómplices de Pinochet o por los nazis o por los asesinos de mujeres en la frontera entre México y Estados Unidos, que sobrepasan la medida humana y literaria. Es entonces cuando sobreviene el silencio como único transmisor posible de algo de significado y el lenguaje humano revela su condición de significante vacío de contenido.
5. El hallazgo que supone su ataque certero a la dicotomía que tradicionalmente opone civilización a barbarie. La denuncia de la alianza de la cultura con el poder y, por extensión, con el mal absoluto, el que arruina vidas, o partes significativas de vidas, del que sus víctimas nunca se recuperan (traduzco y parafraseo a Card[15]).
6. La búsqueda, la investigación detectivesca, como motivo literario y existencial (es buscado Wieder, y lo serán más tarde Cesárea Tinajero y Benno von Archimboldi).
7. Lo injusto de la justicia. La inutilidad de la venganza.
8. El triunfo de lo dionisíaco, y la cópula de la literatura y el sexo como intento, infructuoso, de subsanar la derrota que suponen la enfermedad y la muerte.
9. La impostura del doble, la multiplicidad de identidades, la complementariedad de personajes a través del espejo en que se convierten las tramas secundarias.
10. …
 
Iniciaba este post escribiendo que la muerte de Roberto Bolaño Ávalos no supuso nada extraordinario para mí. Y no mentía. Como no miento ahora si digo que desde hace unos años sí que se ha convertido en una gran pérdida, tantos como hace que me dejé atrapar, pese a mis reticencias iniciales, por el universo Bolaño. Si me hubiese conformado con leerlo, le profesaría la misma admiración como escritor que ya le profeso, sin duda, pero no lo consideraría, como lo considero, un amigo. Sí, ya sé que parece una locura considerar un amigo a alguien de quien no supe algo más que su nombre y su profesión cuando llevaba ya unos años muerto y con el que nunca he intercambiado palabra alguna. Pero ¿no hay gente que ha hablado una sola vez conmigo y ya cree conocerme? ¿O con la que coincido una vez por semana en el parque con los niños y ya me está proponiendo salidas en grupo para el fin de semana siguiente? Pues yo, con Bolaño, con sus novelas y relatos, y con su biografía, he intercambiado muchas más palabras y he pasado mucho más tiempo y mucho más fructífero que con el matrimonio del parque que tiene un hijo de la misma edad que mi pequeña o con el vecino del sexto las veces que coincido con él en el ascensor. Así que, en efecto, en ocasiones converso con muertos y entablo amistad con ellos.
 
Con Bolaño es natural iniciar una relación amistosa una vez que empiezas a leerlo. De hecho, creo que es necesario que así sea. Él, al menos, no se guarda nada, todos los episodios significativos de su vida están allí, en su ficción: su juventud mexicana; el nacimiento y la muerte del infrarrealismo; su vuelta a Chile; su paso por una cárcel fascista y su liberación; su vida en Catalunya, con sus luces y sus sombras; sus lecturas, entre las que destaca siempre la poesía; los concursos literarios; la ausencia de identidad patria; el sentimiento latinoamericano; sus oficios; sus amigos y él mismo, siempre él mismo… con la excepción de la enfermedad que le provocó la muerte once años después de que le fuera diagnosticada. Sólo una vez escribió sobre ella[16] y quienes lo conocieron en vida siempre manifestaron que nunca la mencionaba. Bolaño estuvo siempre demasiado ocupado con la literatura como para prestarle atención a semejante nimiedad (opinaba, y estoy completamente de acuerdo con él, que quienes se pasan la vida con sus desgracias y sus dolencias en la boca acaban haciendo pornografía). Que no le extrañe a nadie, porque la literatura fue su vida y también su muerte (es de sobras conocido que, desde 1992, se saltó numerosas revisiones médicas simplemente porque estaba escribiendo). En él se cumple, sin que sirva de precedente, esa idea un poco tonta y romántica que siempre tiene el vulgo sobre el escritor: ese ser bohemio que duerme y respira y come y caga y folla literatura. Por decirlo a la manera de Bracque: “Con la edad, el arte y la vida se funden en una sola cosa”[17]. Y en Bolaño siempre fue así.
 
No puedo negar que Bolaño es un personaje por el que, más allá de mi admiración como escritor, ya va quedando claro, siento una profunda simpatía, hasta tal punto que, en ocasiones, llego a identificarme con él (es posible que sólo esté proyectándome, lo sé, yo también soy psicólogo de bar). Y esta identificación se basa en una serie de coincidencias para mí extraordinarias, de ésas que te hacen creer que en el universo hay cierto orden entre tanto caos y que el hado tiene su papel en nuestro paso por la vida. Vaya, que parece que tenía que encontrarme con él de modo irremediable. Desde luego, coincido con el canon literario que a lo largo de su narrativa, pero también en sus entrevistas, artículos y conferencias, va creando (de hecho, me alineo más con los expulsados que con los añadidos, porque a veces disiento de la inclusión de estos últimos o porque simplemente no los he leído); aplaudo su concepción de la literatura como un hecho valiente y arriesgado, y no apto para cobardes (que suelen coincidir con los expulsados de los que hablaba antes, es evidente); como él, no gasto flores en quien no las merece (en una ocasión lo hice y aún tengo la sensación de haber ayudado a crear un monstruo: tremendo será su batacazo si el despertador de la vida no cumple pronto su función), razón por la cual tengo tantos amigos como enemigos, todos gratuitos; no experimento ningún sentimiento patrio, y rechazo cualquier tipo de nacionalismo (me gustaría decir que me siento europeo como Bolaño se sentía latinoamericano, pero esta Europa de ricos y pobres y de refugiados enjaulados me da bastante asco), así que busco asilo en mi hogar y en la literatura de calidad, que también son mis únicas patrias; como Bolaño, juego al fútbol con la pierna izquierda mientras que para el resto de cosas suelo ser diestro (él decía que su caso se debía a una dislexia jamás diagnosticada, yo digo que el mío se debe a un modelo equivocado de aprendizaje a través de la imitación: debería haber sido zurdo en todos los sentidos); me interesa la política, y me considero de izquierdas, pero rechazo de plano la unanimidad; me gusta llevarle la contraria a la gente, pero siempre lo negaré ante quien así me defina; como a Bolaño, y para desgracia mía, diría que esta es la única cosa en la que estoy a su altura y con toda probabilidad lo supero, la salvaje Ciudad de México me robó la vida de un amigo… Por último, y con esto me voy despidiendo, diré que como padre y enfermo que soy, puedo imaginar sus últimos días entre los vivos, con la espada de Damocles de la enfermedad sobre su cabeza mientras intentaba concluir 2666, novela con la que pretendía, y al final consiguió, salvaguardar el futuro de sus hijos, Lautaro y Alexandra, a quienes estoy seguro de que les dedicó el tiempo que no le concedía a la escritura. Olvidándose, una vez más, de su condición mortal.
 
“Pero todo llega. Los hijos llegan. Los libros llegan. La enfermedad llega. El fin del viaje llega[18]”.

*Artículo publicado por la revista Letralia. Tierra de Letras el 1 de agosto de 2019.
 

 

 


 

[1]The Atrocity paradigm: a theory of evil. Oxford University Press (2002). Por desgracia, no disponemos de traducción al castellano ni al catalán de la obra de Card, y no es que nos haya dejado poca cosa o no esté en sintonía con estos tiempos: Feminist ethics (1991), Lesbian choices (1995), The unnatural lottery: character and moral luck (1996), Confronting evils: terrorism, torture, genocide (2010) y Surviving atrocity, aún inédito, creo.
[2]Me doy un margen de un año, aunque es muy probable que hubiese necesitado de más tiempo si hubiera iniciado los estudios universitarios cuando se supone que debía hacerlo: soy un hedonista incorregible, y entre los 18 y los 22 o 23 años de edad no consideraba que el estudio fuera capaz de aplacar por completo mis ansias de placer.
[3]Que de vacaciones, todo sea dicho, tuvieron poco: sin dinero, teniendo que pagar una hipoteca firmada tres años atrás (y que iba siendo amortizada gracias, entre otros trabajos eventuales, a los adinerados padres de los niños de Sant Cugat del Vallès a los que les daba clases particulares de lunes a viernes… ¡han tenido que pasar muchos años para superar lo que me pagaban entonces por hora trabajada!), con muchos planes de futuro y con muy pocas ganas de hipotecar más mi presente…
[4]Que, por cierto, no me gustó demasiado, para sorpresa de mi profesor de castellano de entonces (tendré que volver a leerla cuando tenga tiempo, de aquí a unos 400 años, calculo…). Aunque de Cercas se dice que es uno de los mejores escritores en lengua española del presente (el mismo Bolaño lo decía, aunque él era muy amigo de sus amigos), y a mí me parece muy interesante y acertado todo lo que dice cuando se viste de crítico y habla de literatura en general (me refiero, por ejemplo, a El punto ciego), confieso que como novelista (y como persona, si os soy sincero: por si no lo sabéis, Cercas y Bolaño, que fueron muy amigos hasta la publicación de Soldados de Salamina, dejaron de serlo a partir de entonces. La razón: que Cercas utilizase, sin permiso y sin aviso, una vivencia del propio Bolaño para solucionar el callejón sin salida en que se había convertido su novela. En efecto, hablo de cierto exmilitar republicano al que Bolaño conoció en el camping donde trabajó como vigilante y que pudo haber estado en aquel fusilamiento del santuario del Collell… Según Cercas, al final limaron asperezas, y no lo dudo, pero, claro, siempre nos faltará la versión del chileno) no le he vuelto a dar una oportunidad desde aquella novela sobre Sánchez Mazas, fundador de Falange (del personaje histórico opino como Bolaño: no creo que hiciese nada bueno en su vida, salvo poner la semillita para que Sánchez Ferlosio viniese al mundo). No sé, ya entonces el tema de la Guerra Civil me aburría bastante (¡como si en España no se pudiese escribir sobre otra cosa!), y tanto detalle, real o ficticio, qué más da, sobre la vida del falangista me provocaba una mezcla insoportable de aburrimiento y náusea. De hecho, lo que mejor recuerdo de los Soldados de Cercas es una pregunta del examen sobre el libro y la respuesta que di: “Valora el personaje de Conchi (la novia del Javier Cercas personaje) y explica qué función cumple en la novela: Para mí (rememoro y falseo, casi con total seguridad, pero no traiciono la esencia de lo que allí escribí; mi antiguo profesor quizá podría añadir algo a estas líneas, contando con que las lea, que me recuerde y, lo que es aún más improbable, que recuerde aquel examen y aquella respuesta), el personaje de Conchi es un soplo de aire fresco que permite oxigenarnos del sopor del que somos víctimas durante muchos tramos de la novela de Cercas… Y es que Conchi, uno de los personajes que no tiene una base real en Soldados de Salamina, me parece el más creíble de todos ellos”… ¡así era y así soy yo! Adorable, ¿verdad?
[5]Roberto BOLAÑO: “Preliminar. Autorretrato”, en Entre Paréntesis. Ensayos, artículos y discursos (1998-2003), Anagrama (2004).
[6]“[…] prisas, urgencias, pero sobre todo carencia de dinero (ya sabes, para comprar tiempo)”, le decía Bolaño a Antoni García Porta en 1982 a propósito de la novela que estaban escribiendo a cuatro manos. A.G. PORTA: “La escritura a cuatro manos”, en Roberto BOLAÑO y A. G. PORTA: Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce. Acantilado (2008).
[7]¿Para qué soñar si no lo hacemos a lo grande? Los sueños, sueños son, y casi todos acabamos espabilando; la vida, que se empeña en ser un despertador implacable.
[8]Muy a su pesar, claro: “[…] también me encantaría encontrar a una marquesa para ir a actos sociales y no tener necesidad de trabajar, como le pasó al escritor Truman Capote”. En Almudena MONTAÑO: “L’entrevista. Roberto Bolaño Ávalos”, Actual, 46 (1998).
[9]Aunque no me avergüenzo de ellas, al contrario; sólo me avergüenzo de las cosas que no he hecho, o de las que no he dicho y tendría que haber verbalizado, o de las que no he pensado y tendrían que habérseme ocurrido. “Recuerda la persona que fuiste para saber la persona que quieres llegar a ser”, le dice Claire Bennet (Hayden Panettiere) a Noah (Jack Coleman), su padre adoptivo, en el episodio 4 de la cuarta temporada de la serie Héroes (2006-2010); máxima que tengo grabada a fuego.
[10]Bueno, eso y estar formado en filología, teoría de la literatura y literatura comparada (lo que supone leer mucha Literatura, aquí sí es imprescindible la mayúscula, y mucha metaliteratura, casi tan importante ésta como aquélla). Una formación, regulada o autodidacta, por cierto, que nunca acaba…
[11]Pues leyendo, y no a zafonesallendescoelhos o etxebarrias precisamente… la gente que lee estas cosas, y las cita, y las pondera, y las analiza como si tuviesen el Ulises entre manos, me saben a cerdo en salsa agridulce: por una parte, me enerva que haya voceros de tales artefactos (plagios, como concepto, los llamaba Bolaño; a algún poemario de juventud de Etxebarria también lo llama así la Justicia…); y por otra, me muero de la risa por la distancia existente entre el tono de entendido en la materia que pretenden darle a su discurso y la boñiga que tienen entre manos. Vamos, que es como si yo me las doy de cinéfilo consumado pero me paso la vida viendo culebrones y elaborando brillantes teorías sobre ellos. ¿Que es lícito? Pues claro que lo es, pero los culebrones son lo que son y tú eres lo que eres. ¡Espabila, el despertador hace un rato que está sonando!
[12]De todo lo que se ha publicado póstumamente, sólo he comprado y leído las novelas 2666 y El Tercer Reich, y los cuentos de El gaucho insufrible, que se publicaron junto a Llamadas telefónicas y Putas asesinas en R. BOLAÑO: Cuentos, Anagrama (2010). Aunque no me gusta demasiado la idea de las publicaciones póstumas (por aquello de qué pensaría el escritor, si hubiese hecho cambios, si era su deseo que se publicaran, y el hecho de que a lo mejor crees que estás leyendo a Bolaño y te encuentras leyendo a un negro o a su editor o vete-a-saber-a-quién), me estoy pensando adquirir también El espíritu de la ciencia-ficción, pero más por el título y por las posibles imbricaciones con Los detectives salvajes, ¡ay, la nostalgia!, que por un interés real por mi parte.
[13]Todas ellas fueron publicadas por Anagrama y Jorge Herralde, salvo la última, que fue publicada por Seix-Barral, pero que finalmente fue eliminada de su catálogo debido al escaso éxito de la primera edición (otro traspié de la editorial, que años antes ya se había quedado sin Cien años de soledad, de García Márquez). La literatura nazi en América fue reeditada, en 2010, por Herralde en Anagrama.
[14]En este sentido, y en el caso del personaje de Carlos Wieder, me sorprende que ningún estudioso de la obra de Bolaño tenga en cuenta el influjo de la figura de Kurtz, de El corazón de las tinieblas. Las voluntades de hierro de ambos personajes son causantes del horror absoluto, si bien Kurtz carece de la finalidad estética de Wieder. Ambos son tan sólo una presencia, una voz, una leyenda, un dios, lo que un tercero nos cuenta, generalmente horrorizado, sobre ellos, hasta que finalmente acaban corporeizándose: Kurtz, después de que remontemos el río Congo a lomos de los recuerdos de Marlow, y Wieder, en la localidad costera catalana de Blanes tras acompañar en su búsqueda a Abel Romero y a Arturo Belano. Durante ambos viajes somos testigos de la atrocidad de sus obras.
[15]Ver nota 1.
[16]Ver nota 18.
[17]Georges BRAQUE: El día y la noche. Acantilado (2001).
[18]Roberto BOLAÑO: “Literatura + enfermedad = enfermedad”, en Cuentos, Anagrama (2010).
 

Autor: Alfredópolis

Padre, por encima de todo. Filólogo de formación (Premio Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona) y editor de profesión. He publicado artículos, reseñas, críticas y relatos en diversas revistas literarias (todos ellos disponibles en este blog).

2 comentarios en “49. Bolaño y yo”

  1. Te agradezco la lectura, Paulo, y me alegro de que te haya gustado. Disculpa por no responderte antes: 1. He estado disfrutando de unas merecidas vacaciones; y 2. Hasta hoy mismo no he visto tu comentario en espera de moderación (no he recibido ningún tipo de notificación al respecto). En efecto, Bolaño te llega o no te llega, pero si te llega, ya está contigo el resto de tu vida. Te animo a ponerte con su prosa, aunque tengas alma de poeta.¡Saludos!

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