45. A ti, otoño, alondra permisiva

 

No temas al otoño, si ha venido.
Aunque caiga la flor, queda la rama.
La rama queda para hacer el nido[1].
 
 
 
 
 
Quienes me conocen ya saben de mi gusto por todo aquello que habita en los márgenes de lo que se suele llamar normalidad, de mi interés por todo lo que escapa a lo canónicamente establecido, de mi admiración por lo poco admirado, lo desconocido, lo marginado, lo ignorado o lo silenciado. Y esta tendencia, o defecto (¡uno más!), o virtud, no sé por qué opción decantarme, es extrapolable a mi interés o desinterés por el resto de seres humanos. Supongo que, como buen cronopio que soy, me paso la vida en pos de otras criaturas que, como a mí mismo me ocurre, se ahogan entre los famas y las esperanzas se les deshacen en las manos mucho antes de comprobar su insipidez[2].
 
Dejando de lado a las personas y volviendo a mis filias “raritas”, hoy quiero romper una lanza por el otoño, el patito feo de las estaciones para la mayoría de los mortales (¿cómo va a poder competir con la floreada primavera[3], con el vacacional verano o con el familiar invierno?). Sí, ya sé que es el pinchaglobos que cada año marca el fin de la fiesta, el reloj que convierte carrozas en calabazas, quien clausura las terrazas y guarda en las despensas las cervecitas y las tapas al raso a la espera de tiempos mejores. Con su llegada, además, se acortan los días y se inicia el seguro derribo de nuestras defensas frente a los implacables ejércitos víricos (no en vano, winter is coming), se abona el campo de las depresiones y la melancolía, y la energía, que ni se crea ni se destruye, parece abandonarnos…
 
Europapress.es
 
De acuerdo, visto así, a priori no parece que el otoño tenga nada atractivo que ofrecernos, pero yo me inclino por pensar que toda la negatividad que se le atribuye se debe antes a la pérdida del verano y a la inmediatez del invierno que al otoño en sí mismo. Así, si hacemos el esfuerzo imaginativo de considerarlo aislado de su contexto, estoy convencido de que su valoración será muy diferente. Sí, es evidente que el otoño es mi estación del año preferida, precisamente porque no tiene nada de floreado, de caluroso ni de familiar (considerada la familia en un sentido amplio y extenso, la generadora de compromisos poco apetecibles, para que me entendáis), aunque no necesito echar mano de odiosas comparaciones para ponderar sus virtudes.
 
Para mí, el otoño es un campo de metáforas; una alondra permisiva; una invitación a recuperar la calidez de los cuerpos; un coito tierno con la cama; un ménage à trois con el sofá y la manta; un chapoteo que se abre camino bajo la lluvia; la victoria de la noche; un murmullo susurrado por las hojas secas; un sol a medio gas; el sabor que tiene el olor crepitante de las castañas; un bosque que nos viste con su manto húmedo; una chimenea útil; un suspiro que toma cuerpo; un hogar por fin habitado; una nueva vida que nos saluda desde la tumba; un cigarrillo que se consume entre los dedos del exfumador; una aurora perezosa; un crepúsculo precoz; un instante que invita a la reflexión; el otoño es (fue), hoy y para siempre, el momento de tu concepción. Cayó la flor, pero con la rama hice mi nido.
 
 

 


 

[1]Leopoldo LUGONES: “Amor eterno”, en Las horas doradas (1922).
[2]Para los que no estéis familiarizados con el universo creado por Cortázar, cronopios, famas y esperanzas son unas criaturas que vieron la luz en los relatos que componían Historias de Cronopios y Famas (1962). Grosso modo, los cronopios son seres candorosos, idealistas, sensibles, que viven al margen de las cosas y carecen de brújula existencial (“un dibujo fuera del margen, un poema sin rimas”, dijo Julio de ellos); los famas, en cambio, son seres rígidos, cuyas vidas son dirigidas por el orden y la organización, [¿pseudo?]virtuosos y sentenciosos (ya la primera vez que supe de ellos los identifiqué con aquellas personas cuyas bibliotecas personales están perfectamente ordenadas por géneros y por el tamaño y el color de sus libros); las esperanzas, por último, son seres a mitad de camino de todo (ni chicha ni limoná): desaboridos, insensibles, ignorantes y profundamente aburridos (peixos bullits, que decimos en catalán).
[3]Aunque ya Eliot nos la desmitificara en 1922 con aquello de April is the cruelest month
 

Autor: Alfredópolis

Padre, por encima de todo. Filólogo de formación (Premio Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona) y editor de profesión. He publicado artículos, reseñas, críticas y relatos en diversas revistas literarias (todos ellos disponibles en este blog).

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