43. Vacaciones en familia

 

Me siento cómodo con este blog porque la relación que mantengo con él es semejante a la que puedo mantener con un buen amigo: no importa el tiempo transcurrido desde la última vez que coincidimos, bastan unos minutos (una copa o un café) para reanudar todo lo que había quedado aplazado por el espacio y el tiempo. Simplemente necesitamos de unos momentos para ponernos al día y reanudar la amistad allí donde la habíamos dejado. Así las cosas, puesto que desde finales de julio no publico nada aquí, creo me toca hablar de las vacaciones antes de ocuparme de otros temas.
 
Pues bien, ciñéndome al tema vacacional, supongo que todos habéis oído alguna vez, al reincorporaros al trabajo tras las vacaciones, la típica pregunta del típico compañero el típico “primer día después de”: Las vacaciones, ¿bien o en familia? En mi caso, para mi desgracia, la tengo que escuchar cada año… y es que no todo el mundo tiene claro eso de que los chascarrillos tienen gracia una vez, o dos, o tal vez tres, pero estirarlos más es confiar demasiado en la tolerancia de los otros… a lo que voy: sí, en efecto, mis vacaciones han sido en familia, pero, entiendo yo, no con esa familia a la que se refiere el chiste en cuestión.
 
Y es que lo que se dice familias, las hay de muchos tipos; y aunque se puede pertenecer a más de uno de los grupos con que las resumo, de un modo rápido y despreocupado, a continuación, grosso modo las clasifico así[1]: la que siempre ha estado, está y va a estar ahí; la que te buscas (pienso en los amigos, y en los compañeros de viaje); la que vas ganando con los años (por ejemplo, la política; que no tiene por qué ser mala, al contrario, por lo menos en mi caso); la que te ha tocado (personas de las que conoces su nombre, con suerte, y poco más, que a lo mejor no has visto en tu vida, o que hace tanto tiempo que las has visto que ya ni las recuerdas); la lejana (geográfica y/o emocionalmente); la molesta[2]… y la que acaba formando uno mismo, con su pareja y sus hijos, si es que decide y puede tenerlos. Y es con este último tipo de familia con el que he tenido la suerte de pasar las vacaciones.
 
Libre de todo compromiso moral y, por tanto, sin cargo de conciencia alguno que me impela a hacer lo contrario (desde que falleció el último de mis abuelos me siento así, la verdad), hace muchos años ya que no “sacrifico” mis vacaciones estivales con visitas familiares[3]. Al fin y al cabo, la distancia que separa a A de B es exactamente la misma que la que separa a B de A (nota mental: comprobar en Google Maps que esto sigue siendo así), y aunque mis vacaciones y tiempo necesario de descanso y desconexión no son más importantes que el de otras personas, también es cierto que no valen menos. Así que prefiero, una vez que he aprendido a comportarme como todo el mundo se comporta (esto es: hacer caso en exclusiva a mis apetencias e intereses), pasar las vacaciones con quien quiero y de la manera que quiero. Es más, ser padres ya es eso, volver a experimentar “primeras veces” (primer aniversario, primeras Navidades, primer diente, primera palabra, primer paso, primeras vacaciones…), muchas de las cuales ya ni recuerdas. Y la verdad es que afrontábamos las vacaciones con muchísimas ganas e ilusión, no en vano iban a ser las primeras con nuestra hija.
 
Así pues, gracias al impagable trabajo logístico de mi pareja, emprendimos las primeras vacaciones con Júlia, nuestra pequeña de 12 meses de edad por aquel entonces. Y ya desde la misma planificación se notó eso de que un hijo te cambia la vida (eso es así, y a todos los niveles), tanto en el destino elegido y lo que haríamos una vez llegados allí (no muy lejano, apto para un bebé que por aquel entonces sólo gateaba, poco caluroso y con actividades adecuadas tanto para Júlia como para sus papás) como en la cantidad de bultos con que cargar (se trataba de pasar quince días y catorce noches alejados de las comodidades domésticas). Sobre esto último, os digo que llegó un momento en que pensé alquilar un camión, o en hacer dos viajes, tal era la cantidad de cosas que considerábamos necesarias (las vidas de los padres primerizos son fértiles en por si acasos, y el capitalismo, además, se encarga de alimentar tu imaginario con toda nueva necesidad hipotética que se te pase por la cabeza o, directamente, te genera una nueva cada vez. Y, claro está, ¡qué no estamos dispuestos a hacer por nuestros pequeños!). Por suerte, y aunque nunca fui un gran jugador de Tetris, conseguí hacerlo caber todo en el coche… eso sí, sumándole el asiento del copiloto y buena parte de lo que quedaba desocupado en los asientos traseros al maletero.
 
Pero no os creáis, no todo han sido flors i violes (me cuesta tanto creerme a la gente que se empeña en vender su vida como perfecta que cualquier imperfección en la mía, por pequeña que sea, tengo que mencionarla): como decía, tener hijos te cambia la vida, y dentro de esos cambios hay que contar con los ritmos, las cosas posibles e imposibles de hacer en tus nuevas circunstancias y un número de variables casi infinitas que sólo echas de menos cuando ya no las tienes (la normalidad anterior a, podemos convenir en llamarlas). De tal modo que la lluvia; las trece horas que suele dormir Júlia repartidas entre la noche, bien entrada la mañana y la siesta; el tiempo lluvioso (cuya temperatura tendría que haber agradecido siempre, pues mientras que el resto del país se evaporaba bajo los efectos de la ola de calor, nosotros dormíamos bien tapaditos y sin pizca de humedad) y tener un montón de senderos por los que no podía transitar se conjuraron para hacerme tener uno de esos días en los que no me soporto ni yo mismo[4] (uno de quince, no está mal; conozco a personas a las que una baldosa mal puesta es suficiente para torcerles el día, cuando no la semana entera, de ésas que por mucho que les sonría la vida nunca estarán bien porque se dedican a buscar excusas para no ser felices). Acostumbrado a ser el tipo de turista que explota hasta la extenuación la zona donde ha decido veranear, me parecía poca cosa lo que Júlia nos “obligaba” a hacer… ¡sí, señoría, culpable de egoísmo e inexperiencia!
 
 
Sin embargo, el cambio de actitud fue relativamente sencillo: sólo había que centrarse en lo bien que se lo pasaba la pequeña, en cómo se ganaba con su simpatía y su sonrisa eterna a los vecinos del pueblo, a los compañeros de desayuno o a los clientes de tal o cual restaurante; en cómo disfrutaba de la compañía de otros niños (todo un acierto escoger como destino una zona de turismo tan familiar); en cómo jugaba con las cabritas o en qué cara puso cuando vio su primer oso y el resto de animales en el parque que visitamos; en cómo se ha ido convirtiendo en una gran gourmet, pues sólo hay que ver lo que come para saber si lo que pagamos en tal o cual restaurante merece o no la pena (y después de años de ir de restaurantes, os podemos asegurar que Júlia tiene el morro fino… en efecto, no nos va a salir barata)… por desgracia, ella no recordará sus primeras vacaciones, pero para nosotros serán inolvidables. Y no las cambiaría por nada del mundo, entre otras cosas, porque nos han servido de aprendizaje: hemos detectado muchos errores (¿os he dicho alguna vez que no somos perfectos?), que nos serán muy útiles de cara a las vacaciones venideras, que esperamos que sean muchas y todavía mejores.
 
Así que, en efecto, querido ser-cansino-que-cada-año-me-preguntas-lo-mismo-y-ya-hace-tiempo-que-has-dejado-de-tener-gracia, mis vacaciones han sido en familia, con mi familia, lo cual no ha sido impedimento para que hayan ido mucho más que bien.
 
 
 
 

 


 

[1] Mi sentido arácnido me advierte de que siempre es mejor guardar silencio sobre estos temas. Sin embargo, voy a ignorarlo, una vez más, por las razones siguientes: 1. No hay nada peor que la autocensura; 2. Escribo desde mi verdad, sin pretender convencer a nadie de lo que digo ni, por descontado, sin intención de que nadie se dé por aludido porque no escribo sobre nadie en concreto; y 3. Escribo desde la asunción de que yo también formo parte de alguno o de varios de los grupos para otras personas, o de las equivalencias que ellas, a su vez, hayan hecho; es del todo normal que así sea. Si yo, con lo zoquete que soy, lo entiendo, ¿qué puedo esperar de personas mucho más inteligentes que yo?
[2] La lejana y la molesta podrían ser subtipos de la que me ha tocado, cierto es. Pero no todos los que me han tocado son lejanos o molestos, ni únicamente son molestos los que me han tocado, ya se entiende. Eso sí, no creo para nada en la importancia determinante de eso que se ha dado en llamar la sangre. Si lo único que comparto con alguien es una parte de mi código genético, me parece demasiado poco, la verdad. En la vida, y en las relaciones humanas en concreto, hay muchas cosas más. Por lo menos para mí.
[3] Durante mi infancia, las vacaciones en el pueblo (en el pueblo de mis padres, en realidad, porque ni es mi pueblo ni es mi tierra, ni nunca lo serán), como les sucedía a muchos hijos de inmigrantes españoles, eran lo habitual. Pero no sólo las de verano: recuerdo alguna que otra Semana Santa e, incluso, haber hecho triplete un año con las de Navidad. Eso sí, como mínimo una vez al año tocaba hacerse los 1000 kilómetros en coche para ir a visitar a la familia. Pero a medida que he ido creciendo y mis abuelos han ido faltando (los paternos, porque los maternos se trasladaron a Barcelona para estar cerca de sus hijas), y no está de más decirlo, he empezado a hacerme esas preguntas que todo lo cambian (sí, las del tipo “¿y por qué yo sí y tú no?”, o “¿por qué siempre yo?”), las visitas se han distanciado hasta casi desaparecer por completo. Eso sí, durante las primeras vacaciones que hice en pareja después de muchos veranos sin disfrutar de un merecido descanso estival (la pobreza del estudiante, ya me entendéis), aún hice un hueco para ir de visita por aquello de “hace mucho tiempo que no los veo”.
[4] Infinitas gracias a mi pareja por aguantarme cuando esto sucede, no conozco a nadie igual. Tolerante, comprensiva, no rencorosa, con una habilidad adaptativa que supera con mucho mis capacidades. Todo un ejemplo a seguir.

 

Autor: Alfredópolis

Padre, por encima de todo. Filólogo de formación (Premio Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona) y editor de profesión. He publicado artículos, reseñas, críticas y relatos en diversas revistas literarias (todos ellos disponibles en este blog).

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