40. Bien está lo que bien acaba

Como aficionado y socio del Club Joventut de Badalona, no puedo estar más de acuerdo con el refrán que encabeza este post con el que pretendo resumir brevemente la temporada 2017-2018 de la Penya. Y es que, pese a todo, hemos tenido un final de temporada espectacular, histórico, diría yo, porque que uno de los equipos que aspiran a ganar títulos, o que luche por entrar en el playoff, gane ocho de los últimos diez partidos de la temporada es algo que entra dentro de lo esperable, pero que lo haga el último clasificado, cuando se encontraba a cuatro victorias de la salvación deportiva y con un problema de liquidez económica que parecía anunciar la liquidación de la SAD y la desaparición como club de baloncesto, es la repanocha.

Así que, como aficionado y socio del Club Joventut de Badalona, despido la temporada con una sonrisa y más orgulloso que aliviado (a día de hoy los problemas económicos aún no están solucionados, y ya veremos cómo influyen las intrigas políticas que se viven en el ayuntamiento de Badalona en el desenlace de la situación), y con más ganas de baloncesto. Pero para ello, tendré que esperar a la temporada que viene. Ahora es tiempo de analizar el curso baloncestístico, y mirar hacia el futuro, de aprender de los muchos errores que se han cometido para no volverlos a repetir, y de intentar seguir la línea que han marcado las decisiones acertadas que finalmente se han tomado. Eso en el ámbito deportivo, puesto que en el económico hay muchos actores implicados y su resolución va para largo (espero que no demasiado, porque la parcela deportiva, como hemos comprobado dolorosamente esta temporada, está estrechamente ligada a la económica; así que espero que esas personalidades que tan sonrientes aparecen en las fotos hagan el favor de ponerse las pilas, porque a la Penya le va la vida en ello).

Pese a todo lo que hemos sufrido, y aunque pueda parecer mentira, creo que todos empezamos la temporada con bastante optimismo. Se pretendía renovar la columna vertebral que tan buena segunda vuelta había hecho la temporada anterior y se consiguió en los casos de Jerome Jordan y Tomasz Gielo, aunque a Albert Sàbat se le dejó marchar al Obradoiro y Luka Bogdanovic se retiró del baloncesto, temporal o definitivamente, sólo él lo sabe, para disfrutar de su recién estrenada paternidad. Diego Ocampo, que había hecho un buen trabajo (con el factor suerte a su favor, siempre tan determinante, porque fue una lesión de Albert Miralles la que propició la contratación de Jordan y el redescubrimiento de Garrett Stutz, para mí clave en el buen rendimiento del Joventut de la segunda vuelta de la temporada pasada), continuaba al timón, y, además, el equipo aceptaba la invitación de la FIBA y después de muchos años volvía a jugar una competición europea (recordemos que alguna negativa a participar en este tipo de competiciones provocó la marcha del equipo, años atrás, de Sitapha Savané, y a lo mejor de algún jugador más o que un determinado jugador no acabase fichando por la Penya al no tener un escaparate europeo donde lucirse y promocionarse), la Fiba Champions Cup. Y con este fin, supongo, porque había que pasar tres rondas previas para llegar a la fase de grupos de la competición y el primer partido se jugaba en Tbilisi el 19 de septiembre, se confeccionó más rápido de lo habitual (para un club acostumbrado a tener que esperar a las gangas de septiembre, claro) una plantilla de doce fichas senior (muy raro en la Penya, que siempre puede echar mano de sus canteranos, santo y seña del club, en un momento determinado) que ya a algunos nos dio mala espina. Sin embargo, si algo ha tenido el Joventut durante los últimos años, además de deudas económicas, ha sido acierto a la hora de fichar, así que si había que confiar en la plantilla, se confiaba, se lo habían ganado a pulso. Eso sí, estaba claro que se corrían muchos riesgos en dos posiciones vitales en el baloncesto, la de base y la de pívot, porque para la primera se contaba con Dominik Mavra, un prometedor base croata que aún no había demostrado nada (bueno, sí, en la liga macedonia) y que, para más inri, se incorporaría tarde a la pretemporada (fue el último descarte de la selección croata antes del Europeo), y Nenad Dimitrijevic, un joven de la cantera que, debido al bajo rendimiento y posterior salida del equipo de Sarunas Vasiliauskas la temporada pasada, había dado el salto al primer equipo del Joventut de Badalona desde el Arenys de la Liga EBA; y para la segunda, con el ya mencionado Jerome Jordan, cuya resistencia física nunca ha sido la mayor de sus virtudes, pero pese a ello se suponía que debía jugar alrededor de 30 minutos por partido de una temporada completa en ACB (para Europa se contaba, supongo, con los otros dos pívots), con Simon Birgander, un prometedor center sueco de sólo 20 años que antes de vestirse la elástica verdinegra era suplente en el Clavijo de LEB Oro, y un desconocido pívot congoleño, Omari Gudul, que se había estado ganando las habichuelas en Bulgaria antes de recalar en Badalona. Sin embargo, parecía que el equilibrio en el resto de posiciones podría solventar cualquier dificultad en esos dos puestos: si Mavra y Neno se cargaban de faltas o arrastraban problemas físicos, siempre podrían ejercer de base en momentos puntuales Sergi Vidal y los norteamericanos Patrick Richard y Alex Ruoff (con experiencia en ACB, en Bilbao, que venía de hacer una muy buena temporada en Alemania y llamado a ser una de nuestras referencias ofensivas); si los suplentes de Jordan tenían un mal día, siempre se podía jugar con Gielo y Kulvietis (debutante en ACB, primera temporada fuera de su país, Lituania), y parchear con Nogués en la posición de 4, ninguno de nuestros rivales directos contaba en sus filas con pívots determinantes. Así pues, todo pintaba de maravilla para encarar una temporada que, además, se iniciaba con excelentes noticias en el terreno económico consistentes en condonaciones, renegociaciones y acuerdos de patrocinio… ¡Albricias, por fin veíamos la luz al final del túnel!

¿Qué pasó después? Pues que la realidad se encargó de ir derribando poco a poco todo lo planeado: nos elimina de la Fiba Champions League un equipo finlandés de media tabla; nuestro fichaje estrella, el pegamento que iba a hacer que todo lo demás funcionara, Ruoff, nunca llega a debutar porque en el momento de su fichaje no se detectó una lesión en sus rodillas que lo tendría en el dique seco, como mínimo, hasta febrero (de hecho, a día de hoy el club no ha explicado qué ha pasado con él, pero todo parece indicar que el jugador, como es lógico, ha cobrado todo lo que había firmado); Mavra, llamado a ser el base titular del equipo, al parecer con problemas de indisciplina y extradeportivos, es condenado al ostracismo a las primeras de cambio por Ocampo y a las pocas jornadas (tras la sexta, para ser exactos; es reemplazado por Maalik Wayns, un base estadounidense que ayudaría en la anotación) se llega a un acuerdo con él y vuelve a Macedonia; Neno se ve sobrepasado por la situación y de repente es incapaz, incluso, de llevar el balón con relativa seguridad al campo contrario; Richard y Vidal, que no son bases y nunca lo han sido, hacen lo que pueden, pero el equipo se queda sin la anotación exterior del estadounidense, única referencia clara y más o menos constante durante esos primeros partidos, y pasa a ser muy fácil de defender: los rivales no tienen más que cerrarse sobre Jordan porque el resto es incapaz de meter un balón en una piscina; además, somos un regalo para el base rival, que jornada sí y jornada también nos hace un hijo; Birgander demuestra ser muy blandito y estar aún muy verde para darle descanso a Jordan, que ya de por sí es una hermanita de la caridad en defensa; sobre Gudul, la verdad, es que no sé qué decir, porque apenas ha jugado algo, pero debe de ser muy malo para que tal y como estaba el patio no rascase unos minutitos; Gielo, que tenía que ser nuestro Bogdanovic de este año, no es que parezca que haya perdido su mejor arma, el tiro exterior, sino que está tan perdido y tan falto de confianza que parece un chiste que tardase en renovar por aspirar a ser contratado por algún equipo de Euroliga; Ventura es Ventura, y no se le puede exigir nunca lo que nunca va a ser; Xabi López-Arostegui es la única buena noticia, pero es joven y juega su primera temporada con ficha del primer equipo, no se le puede pedir más; Sergi Vidal parece que sigue siendo nuestro jugador más consistente, pero es insuficiente y el tiempo que pasa jugando de base también le pasa factura; y Diego Ocampo, que la temporada pasada cerró muchas bocas e hizo un muy buen trabajo con una plantilla bastante limitada, parece perdido: el equipo es un coladero en defensa, raro en todos aquellos que han sido alumnos del maestro Aíto, y sus rotaciones sin sentido y sus castigos desquician por igual a aficionados y jugadores.

Sin embargo, a falta del partido aplazado contra Estudiantes, el equipo se planta en la jornada 13 con 4 victorias (las mismas que conseguimos en toda la primera vuelta de la temporada anterior) y 7 derrotas, y recibe en Badalona al recién ascendido Burgos, uno de esos rivales a los que hay que ganar como sea para garantizar cierta tranquilidad en lo que resta de temporada. Pero como sucedió en el campo del Fuenlabrada, después de unos minutos brillantes la Penya deja escapar una renta importante a su favor y se disuelve cual azucarillo en vaso de agua sin que haya ni el más mínimo atisbo de reacción en la cancha ni en el banquillo. Ése es el principio del fin, el equipo entra en barrena. Recuerdo que nada más finalizar el encuentro le digo a mi pareja “acabamos de descender”. Bien es cierto que quedaba mucha liga, pero el equipo que perdió contra el Burgos era un equipo muerto. A partir de ahí, es de sobras conocido lo que ocurre: el equipo encadena la friolera de 13 derrotas consecutivas y se convierte en el farolillo rojo de la competición, y a la pésima situación deportiva se une la delicada situación económica, que se traduce en impagos a jugadores y empleados del club. Eso sí, después de la derrota frente al Murcia en Badalona, se consigue la cesión de Nico Laprovittola, que estaba apartado del primer equipo en el Zenit de San Petersburgo, a coste cero. Dos derrotas más (frente al Barça y el Estudiantes) provocan el cese de Diego Ocampo y la contratación de Carles Duran, cesado a su vez un par de meses antes en Bilbao (curiosamente dos meses son los que hay que esperar para poder contratar a un entrenador que haya entrenado en ACB esa misma temporada, y dos meses de más son los que estuvo Ocampo en Badalona), el entrenador que yo deseaba para la Penya ya al final de la etapa Maldonado (ver en este mismo blog Tanquem la paradeta, del 25 de mayo de 2016). La siguiente derrota, la primera de las cinco que encadenará Carles al frente del Joventut, propicia que Baspenya, grupo de accionistas mayoritario del club, ante la congelación del dinero pactado con la alcaldesa de Badalona debido a una posible utilización fraudulenta de los fondos recibidos por la Fundación en la época Albiol-Villacampa, preste el dinero necesario para contratar a Demitrius Conger, un alero norteamericano que viaja desde Australia para ocupar la plaza de extracomunitario que deja libre el lesionado Wayns[1]. Pero el debut de Conger no puede llegar en peor día, porque el Joventut cae en Sevilla en uno de esos partidos marcados en rojo en el calendario y, para colmo de males, deja que el Real Betis le iguale el average particular en una serie de malas decisiones finales. Los aficionados empezamos a pensar que, pese a que la solución Duran es la buena, ha llegado demasiado tarde. El tiempo mínimo y necesario para recuperar anímicamente a una plantilla hundida no existe. El fantasma del descenso y la desaparición empieza a materializarse.

Y así, tras caer en Vitoria frente al Baskonia, llegamos al partido en casa contra Obradoiro, que ya sabemos que se acabó convirtiendo en uno de los mayores y más vergonzosos robos de la historia de la ACB[2]. Pero al contrario de lo que pensábamos los aficionados en ese momento, que se había desperdiciado la última bala que guardábamos en la recámara, fuentes internas del club señalan esa derrota como el momento que dio inicio a la que hemos vivido después. Como si la rabia por la injusticia de la que fuimos víctimas fuese la llama que prendió el fuego con el que hemos abrasado a ocho de los once rivales que nos quedaban hasta el final de la liga regular (a esta racha de derrotas aún le faltaba una, en Tenerife, para completar las trece que encadenamos). Y ese cambio tiene nombres propios: Nicolás Laprovittola, Demitrius Conger, Tomasz Gielo, Simon Birgander, Albert Ventura, Patrick Richard y, sobre todo, don Carles Duran, ante quien me quito el sombrero. Y es que no se puede entender lo que ha ocurrido en estos casi tres meses sin el trabajo que el bueno de Duran ha llevado a cabo (¡Dios, que lo renueven ya!), porque aunque la mayoría de los elogios se los está llevando Nico (que ha sido una maravilla verlo jugar, ha anotado y ha hecho jugar a sus compañeros como hacía tiempo que no veía hacerlo a un base; con la minga, vamos), hay que recordar que se pierden siete partidos seguidos ya con el argentino dirigiendo al equipo, y en algunos de ellos las malas decisiones que toma en los instantes finales son decisivas… pero Duran le da confianza, lo hace crecer, y con él crecen el resto de compañeros. El primero, Birgander, un jugador hundido con Ocampo (éste es uno de los mayores errores que figura en el debe del gallego, olvidarse de que, como muy bien decía Aíto, hay que tener a todo el mundo implicado y en dinámica de partido, hasta al último de la rotación, por que si no, el día que lo necesites no te va a responder; al contrario, restará más que sumará), y Gielo, que pasa de ser un simple tirador (no metedor) de tres a aportar en otras muchas facetas. Pero, además, Duran consigue que Jordan y Richard den un paso al lado sin molestarse y, lo que es más importante, aportando en todo momento lo que necesita el equipo de ellos, en su caso concreto, un rol menos importante; aguanta el mes que requiere Conger para aclimatarse a una nueva liga, y que tras no jugar ni un solo minuto en Tenerife, el alero se convierte en un fijo en las pajiplantillas con que todos los verdinegros soñamos de cara a la temporada que viene; recupera la garra de Ventura y lo convierte, además de en el perro de presa en defensa que es, en un tirador muy seguro cuando recibe libre de marca (que le pregunten a los equipos de Euroliga a los que hemos ganado, Valencia y Unicaja, qué opinan de su muñeca de madera); y, lo que parecía imposible, condena a Sergi Vidal, más preocupado por su futuro que por el del equipo, al banquillo, una decisión que no se atrevió a tomar Ocampo en su momento y que se veía de lejos que era lo que había que hacer. Incluso es posible que su falta de determinación en este sentido le acabase costando el puesto al gallego, porque seguir manteniendo en pista a un jugador que renuncia mirar al aro…

Y así hemos llegado al final de la peor temporada de la larga historia de la Penya según su clasificación final, la decimoquinta, pero no en cuanto a número de victorias (se han cosechado 12, mientras que en la temporada pasada, con Ocampo, y en la 2000-2001, con Izquierdo, el ayudante de Obradovic, y la vuelta de Manel Comas a Badalona, se ganaron únicamente 11 partidos) ni en cuanto a juego desplegado, por lo menos en esta intensa recta final del campeonato. Como socio y aficionado del Club Joventut de Badalona aún disfruto del buen sabor de boca que me ha dejado mi equipo, y espero con ansia el inicio de la temporada 2018-2019, con el deseo de que de una vez por todas lo económico y lo deportivo vayan por fin de la mano. Sí, bien está lo que bien acaba, hacía mucho tiempo que no vibraba tanto con el equipo como lo he hecho durante estos tres últimos meses. Feliz verano a todos y Força Penya!, en la ACB nos vemos.


[1] Curioso cuanto menos lo de los médicos del club este año: primero lo de Ruoff, y luego lo de Wayns, que llevaba quejándose de su rodilla unos cuantos partidos y nos hicieron creer, dado que descartaron cualquier tipo de lesión, que se borraba al no cobrar… el tiempo demostró que no fingía, y acabó pasando por quirófano un mes tarde, porque, de haberlo hecho cuando empezaron sus molestias, su baja hubiese coincidido con el parón provocado por la ventana FIBA y la Copa del Rey, de tal modo que no se hubiese perdido casi ningún partido. Eso sí, “gracias a todo ello”, la Penya ha podido disfrutar de un jugadorazo como Conger, vital en la recta final del campeonato.
[2] Ojo al dato con este partido, que ahora, una vez salvados, parece una tontería, pero que de haberse sumado la victoria al casillero de la Penya como tendría que haberse hecho, acumularíamos 13 victorias, y a lo mejor no hubiésemos perdido el posterior partido intrascendente en San Sebastián, de modo que en lugar de decimoquintos, hubiésemos acabado decimosegundos, por delante de Obradoiro, Delteco y Burgos. Y parece una tontería, sí, pero resulta que hay unos cuantos miles de euros de diferencia en derechos televisivos entre una posición y la otra, y para un equipo que no dispone de la cantera del fútbol o algo por el estilo de donde extraer millones de euros, año sí y año también, es bastante importante. Hago baloncesto ficción, lo sé, pero el derecho a soñar no nos fue arrebatado por la victoria de ningún equipo ni por el acierto de ningún jugador, sino por un personajillo gallego silbato en mano, con premeditación y alevosía.

Autor: Alfredópolis

Padre, por encima de todo. Filólogo de formación (Premio Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona) y editor de profesión. He publicado artículos, reseñas, críticas y relatos en diversas revistas literarias (todos ellos disponibles en este blog).

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