39. ¿Lecturas para el verano?

¡¡¡PAREN EL MUNDO, QUE ME QUIERO BAJAR!!!
Mafalda
 
 
 
Si algo tiene la actualidad es que, con demasiada frecuencia, nos proporciona motivos de sobra para desear empaquetarlo todo y mudarnos a algún lejano y recóndito rincón de la galaxia, apartado de todo aquello que nos parezca, ni que sea remotamente, humano (hoy mismo sería un buen momento para hacerlo: la [in]justicia española, la sentencia por abuso en lugar de por violación en el juicio de La Manada, el escándalo de abusos y violaciones que salpica a alguno de los encargados de otorgar el Nobel de Literatura… vale, no sigo). Por desgracia, no está a nuestro alcance poner tierra de por medio de este modo, así que lo único que nos queda es refugiarnos en la ficción; en la literaria, en mi caso concreto.
Y en esta tesitura me encontré yo el pasado mes de agosto, cuando a la paternidad recién estrenada, a los (demasiados) días de hospital, al primer mes de convivencia con ese ser menudo que irrumpe con la fuerza de un huracán en tu vida y al terrible calor estival, les tuve que sumar las reacciones y comentarios xenófobos a raíz del atentado en Barcelona del día 17 y la matraca a favor o en contra de una independencia que ya se intuía que iba a acabar tomando un derrotero poco agradable más pronto que tarde. Y aunque para lo primero estaba preparado, porque todo lo relacionado con la paternidad era sabido y deseado (bueno, no todo era deseado ni sabido, ya se entiende, pero todo supone parte del precio a pagar por ser padre), y contra el calor no se puede hacer nada salvo conectar el aire acondicionado, vestirte con ropa fresquita y tirar de comidas y bebidas refrescantes, lo segundo ya me fue del todo intolerable, y el asco que me dan los xenófobos y la modorra que me provocan tanto los independentistas como los unionistas unidimensionales hicieron que me plantease abandonar el mundo como se lo plantea Mafalda en esa famosa viñeta con cuya cita inicio este post.
La verdad es que, como cada verano desde que me lo compré, y hará ya tanto tiempo que lo hice que no recuerdo cuánto lleva esperándome en mi mesita de noche (además de los clásicos, en sentido etimológico, de mi época de estudiante, como “El nadador”, creo que únicamente he leído los tres o cuatro primeros relatos), tenía pensado leerme los Cuentos completos de John Cheever[1], máxime teniendo en cuenta que aún me quedaba un mes de vacaciones (cosas de que se solapase la baja por paternidad con las vacaciones de verano). Y es que el volumen es tan completo, que me resulta imposible transportarlo cada día de casa al trabajo y del trabajo a casa, y se me cansa el brazo cada vez que me pongo a leerlo en la cama o en el sofá, razón por la cual ha pasado a ser “un libraco para el verano”; cosas de la edad, que no perdona, pues siendo adolescente seguí el mismo método de lectura con El Señor de los Anillos en una edición parecida, la de Círculo de Lectores, quizá más larga y más pesada, y no tuve estos problemas. Sin embargo, dado que lo que buscaba por aquel entonces era escapar de este mundo, poco útil me iba a resultar alguien cuyos relatos se centran, en su inmensa mayoría, en la vida y las miserias de la burguesía acomodada estadounidense. Para eso, mejor seguir sintonizando las noticias. Unas vacaciones más, “el Chéjov de los barrios residenciales” (qué mentes tan privilegiadas las que se inventan estos sobrenombres) tendría que esperar…
Así las cosas, creo que no volví a pensar en qué lectura podría ser el Leteo adecuado donde saciar mi sed hasta pasados unos días (con un bebé de un mes en casa no es que dispongas de demasiado tiempo libre, ni siquiera para pensar, y no creáis a quien os diga lo contrario), y ese pensamiento se abrió camino de la forma siguiente: andaba yo en plena adoración contemplativa[2]de mi hija cuando me puse a imaginar cómo serían las Navidades con ella, y el Carnaval, y el día de Sant Jordi… en definitiva, todas esas festividades que siempre me han gustado pero que, con el paso de los años, no sabría decir por qué (¿desilusión?, ¿pérdida de la capacidad de sorprenderme?, ¿imbecilidad profunda crónica y degenerativa?), van perdiendo un poco de chispa. Y tener una hija supone, en buena medida, volver a vivir esas fiestas con la ilusión de cuando eras niño: harás lo posible (ya lo hemos hecho durante sus primeros meses de vida) por que tu hija se encuentre con la atmósfera adecuada para que esos días formen parte de los mejores de su vida (no importa que no se vaya a acordar, las bases ya han quedado sólidamente sentadas este año, y habrá testimonios que así se lo atestigüen en un futuro), y, de paso, y esto quizá es lo mejor porque sucede sin ser consciente de que también lo haces por ti, de la tuya. Y así estaba yo, imaginando que volvía a ser un niño que hacía cagar al Tió de Nadal o que se disfrazaba de superhéroe, cuando me acordé de una colección de novelas de ciencia ficción, Albedo creo que se llamaba, que mis padres me compraron siendo yo un preadolescente (si hay algo que motiva a un joven ávido de lecturas, son esos “libros de adultos” que caen en sus manos mientras sus compañeros y amigos, con suerte de que lean, aún se entretienen con El Barco de Vapor[3]). En principio, pese a que no recordaba exactamente de qué iba cada una de ellas, todas cumplían los requisitos esenciales que buscaba; a saber, una acción que se desarrollara en mundos lejanos o en un planeta Tierra postapocalíptico (¡libre de xenófobos y miopes sociopolíticos!) y que, además, tuviesen cierta entidad literaria: con el tiempo, pero no así en el momento en que los leí por primera vez, qué curioso es el diálogo que mantenemos con los libros que nos pertenecen a lo largo de nuestra existencia, supe que ocho de los nueve escritores cuyas novelas formaban parte de la colección eran grandes tótems de la literatura de ciencia ficción[4](a mí me faltaban Asimov y sus novelas dedicadas a la Fundación[5], Philip K. Dick y, sobre todo, esto lo dice la persona y el editor que soy hoy, alguna voz femenina como la de Ursula K. Le Guin, de quien pienso comprarme, cuando baje el precio desmesurado que tiene la nueva edición de Minotauro, Los desposeídos). ¿Qué más podía pedir?
 
 
 
Así que, en tandas de dos, y aprovechando cualquier visita que les hiciera, fui trasladándolos de casa de mis padres a la mía (mamá, algún día acabaré de llevarme todos mis libros, lo prometo, aunque tenga que comprarme otra casa para poder meterlos todos). Y desde entonces, he dedicado mi tiempo de lectura[6]a la perturbadora serie de relatos que conforman las Crónicas marcianas, de Ray Bradbury; a Ender el Xenocida, de Orson Scott Card, tercera novela publicada de la saga de Ender y que significó mi iniciación en el universo de los protectores de la Tierra; a la censurada por las leyes franquistas Forastero en tierra extraña, de Robert A. Heinlein; a la conmovedora Flores para Algernon, de Daniel Keyes; a la clásica entre las clásicas Dune, de Frank Herbert; a Neuromante, de William Gibson, fundadora del subgénero del cyberpunk y primera de las tres novelas que forman parte de la llamada Trilogía del Sprawl, cuyo germen hay que buscarlo en el relato anterior “Johnny Mnemonic” (algunos habréis tenido la mala suerte de ver la versión cinematográfica protagonizada por Keanu Reeves…); a la apocalíptica Cántico por Leibowitz, única novela publicada en vida por Walter M. Miller; y a Pórtico, de Frederik Pohl, una de las grandes novelas de ciencia ficción de todos los tiempos y primera de la saga de los Heechee.
Y a la primera conclusión a la que llego después de volver de mi retiro narrativo y poner los pies en este mundo es que, sin ser plenamente consciente de ello, siempre he tenido muy buen gusto literario (¡bye, bye, modestia!). Es evidente que no soy el mismo lector ni la misma persona hoy que aquel joven yo que leía por primera vez las novelas en cuestión, y que ahora soy capaz de fijarme en cosas que entonces no sabía ni que existían, por eso mi juicio es mucho más severo y está mejor fundamentado, y la posibilidad de que una novela me sorprenda o me atrape es mucho menor (vamos, que no pierdo el tiempo con cualquier chuminada). Y aun así, puedo decir que he disfrutado como un chiquillo con la relectura de todas ellas.
La segunda conclusión a la que llego es que, por mucho que se quiera escapar de este mundo, estamos atrapados en él, y no hay salida. La ciencia ficción, la buena ciencia ficción, es narrativa de calidad (sí, ya sé que los puristas ahora mismo estarán mesándose los cabellos… pero que tengan en cuenta que un don nadie de esto de la literatura como Borges ya se encargó de dignificar este “subgénero de género menor” hace unas cuantas décadas…), y como tal narrativa de calidad, se dan en ella múltiples capas significativas, desde las más superficiales (como puede ser una invasión extraterrestre o alguna guerra interplanetaria por el control de la galaxia) hasta las más profundas (como podría ser un esclarecedor análisis de la condición humana). Y es que no hay nada como elevarse hasta las alturas infinitas y tomar distancia para estudiar eso que se ha dado en llamar el género humano. Así, en las novelas de la colección Albedo que hoy os recomiendo, se experimenta la soledad y la pequeñez del ser humano; se sobrevive a la guerra y se perece en ella; se siente el impulso autodestructivo que siempre nos ha caracterizado y que, al parecer, siempre nos caracterizará, hasta que acabemos por destruirnos a nosotros mismos y al planeta que nos da la vida, víctima inocente de nuestra voracidad insaciable; nos aplasta el sentimiento de culpa; nos acongoja lo desconocido; nos abruma nuestra responsabilidad personal en el devenir de la historia; vislumbramos las consecuencias de la ultratecnología y la informática; y reflexionamos, sobre todo reflexionamos, sobre la religión, la política, la familia, la sexualidad, el racismo y la xenofobia, el poder, el medio ambiente, la experimentación científica con seres humanos y la eugenesia…
Supongo que debo darme por vencido, no hay isla en este mundo ni rincón en la galaxia donde encontrar escapatoria. Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo, como dijo el primer Wittgenstein, y el mundo es el límite de toda narración. Como producto humano que es, la literatura sólo puede hablar de lo humano, y así debe ser. Hasta que podamos viajar más allá de las palabras.


[1] Por cierto, la edición que tengo se vende en Amazon a partir de… ¡372,71€! ¡Válgame Dios!
[2] Adorar y contemplar son dos verbos que se adueñan de tu cotidianidad una vez que eres padre o madre, y la verdad es que no encontrarás una ocupación mejor que la de adorar y contemplar a tu bebé.
 
[3] Sin ninguna intención de menospreciar, en absoluto, una colección de libros que ha alimentado los sueños de la infancia de muchos niños, entre los que sin duda me cuento. Aún recuerdo perfectamente lo enganchado que me tuvieron, por ejemplo, Kavik, el perro lobo y Assassinat a la casa de nines, ambos de la serie roja y leídos cuando me correspondía por edad, diría yo, la serie azul o la naranja, y que si no están todavía por casa de mis padres, significa que acabaron en la bolsa que le preparé al nieto de mi vecina con todas las lecturas de mi infancia y juventud hará ya unos años (¿error?).
 
[4] El noveno en discordia es Javier Negrete, contra quien no tengo nada en absoluto, y cuya novela, La mirada de las furias, me gustó (aunque es la única que no he releído, la verdad). Sin embargo, creo que el hecho de que forme parte de la colección se debe más a eso de hacer país que a que en realidad esté a la altura del resto de grandes nombres (todos ellos, ganadores de los premios Nébula o Hugo, o de ambos). Y menos mal que Negrete es madrileño, imaginad por un momento que hubiese sido catalán: ¡la que hubiese liado Ciudadanos en el Congreso con eso del adoctrinamiento!
 
[5] Ya había pensado en las novelas de Asimov, incluso me dije que serían las siguientes una vez que acabase la colección, pero en algún sitio leí que HBO (¿y dirigida por Nolan?) preparaba, por fin, una serie sobre la saga de la Fundación que se estrenaría en breve (¿2018 o 2019?), así que decidí esperar a releerme las novelas hasta que el estreno tuviera fecha. A día de hoy, no he vuelto a leer nada al respecto, y ya pienso, incluso, que lo he soñado. Lo cual me jodería bastante, la verdad, porque procuro que todos mis sueños sean de naturaleza sexual.
[6] En realidad, miento como un bellaco; además de las novelas de la colección Albedo, he leído muchas cosas más, y eso que, como decía antes, mi tiempo de lectura se ha reducido considerablemente; por poner sólo algunos ejemplos: unos cuantos (muchos) relatos y novelas cortas de Lovecraft (¡magnífica la edición de su narrativa completa que puso en el mercado Valdemar y que ahora han vuelto a reeditar!); HHhH, de Laurent Binet; un par de novelas de Houellebecq (¡qué loco está este tío y qué vergüenza da leerlo en el tren!); algún relato de Schwob; El Hobbit, porque Peter Jackson me había robado el recuerdo cándido que guardaba de él; La conjura contra América, una de las novelas que me faltaba por leer de Philip Roth; un libro sobre escritura creativa; El punto ciego, un interesante librito que reproduce las conferencias acerca de su propia literatura y de la literatura en general que dio Javier Cercas durante su estancia en Inglaterra; y ahora tengo entre manos los libros que nos regalamos mi pareja y yo con motivo del día de Sant Jordi… creo que ya estoy listo para crear mi propio club de lectura, ¿no?

Autor: Alfredópolis

Padre, por encima de todo. Filólogo de formación (Premio Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona) y editor de profesión. He publicado artículos, reseñas, críticas y relatos en diversas revistas literarias (todos ellos disponibles en este blog).

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