36. La grandeza de las pequeñas cosas

Estoy seguro de que todos hemos dicho alguna vez eso de que el dinero no da la felicidad, aunque ayuda, claro está (las redes sociales están repletas de memes que hacen chistes sobre esta cuestión, ya lo sabéis); que la felicidad, en última instancia, consiste en saber apreciar la grandeza de las pequeñas cosas. Incluso en alguna ocasión, o tal vez en muchas, quién sabe, habremos defendido ante otras personas que lo nuestro no es una pose, que lo pensamos realmente, que vamos en serio y somos así, y a Dios ponemos por testigo de todo ello [venga, valiente, ves tú a preguntarle a Dios si es verdad lo que te estoy diciendo, y cuando tengas su respuesta seguimos la discusión].

Pero nada de esto es del todo cierto, en el fondo lo sabemos demasiado bien: sin dinero, a día de hoy, no se puede ser feliz; no al menos en este mundo, porque el dinero es esencial para nuestra supervivencia y para poder vivir con un mínimo de dignidad. Si escasea, nos encontramos con que carecemos de alimentos que llevarnos a la boca, de higiene y de descanso. Y cuando nos vemos privados de estas tres cosas indispensables (siendo la salud el resultado de su suma y combinación), se hace imposible vivir, y conditio sine qua non para poder ser feliz es no morir en el intento, es evidente; a lo sumo, sin estas tres cosas, malvivimos[1].

¿Y ya está? ¿Una vez satisfechas estas tres necesidades básicas ya somos felices? De sobras sabemos que la respuesta es no, aunque deberíamos darnos con un canto en los dientes por gozar de una vida más o menos digna. Sin embargo, tener una vida de una calidad aceptable no significa necesariamente tener una vida feliz, ni mucho menos; incluso es probable que la felicidad no sea un requisito indispensable para acabar teniendo una vida plena, ahí lo dejo.

Además, hay que tener en cuenta que vivimos en un mundo capitalista, y que la publicidad, los medios de intoxicación y las redes sociales (hace poco un buen amigo me dijo que la envidia es uno de los pilares de la sociedad, y cada vez estoy más de acuerdo con él; las redes sociales, por descontado, la explotan como nadie) se dedican, en buena parte, a alimentar nuestros deseos, a generarnos la necesidad de adquirir productos a cambio de nuestro dinero (en ocasiones, así de inteligentes somos, con un dinero del que no disponemos, hasta el punto de llegar a comprometer una parte de esas necesidades básicas que antes mencionaba), y eso hacemos: televisores, ordenadores, tabletas, móviles, coches, viajes, restaurantes, zapatos, pisos de lujo y un larguísimo etcétera del que no nos desprenderíamos por casi nada del mundo (y creo que estoy siendo muy generoso con el cuantificador) se convierten, casi por arte de magia, en aparentes garantes de nuestra felicidad. Pero ¿es eso cierto? ¿Ya somos felices? Tal vez sí, pero sólo hasta el lanzamiento del nuevo modelo, o hasta las próximas vacaciones, o hasta que veamos lo bien que vive aquél o lo que se acaba de comprar ese otro al que llamamos amigo, o simplemente hasta que nos acabemos aburriendo (y esta cadena no se detiene, nunca lo hace… muy schopenhaueriano todo, ya lo sé).

Sí, de acuerdo, estoy haciendo trampa. La felicidad es una emoción, un estado de satisfacción física y espiritual cuya duración es finita, no permanente; por fortuna, añado yo. De hecho, si la felicidad fuese perpetua, no sería tal, pues la felicidad per se es un estado excepcional, algo que se sale de la norma. ¡Joder, reivindiquemos nuestro derecho a no ser felices! ¡Abracemos nuestra tristeza con la misma intensidad con que intentamos aferrarnos en vano a nuestra huidiza felicidad! ¡Ignoremos esos mensajes que nos dicen una y otra vez que debemos ser felices por y para siempre! ¿No nos damos cuenta de que se trata de una perversión más para llevarnos a buscar la felicidad donde en realidad no se halla o es menos duradera? Porque lo más habitual es no ser felices; de hecho, no ser felices es lo que necesitamos para poder saber qué es la felicidad y cuándo tiene a bien venir a visitarnos.

Así pues, lo que nos queda y lo más recomendable, según mi opinión, y he aquí esas pequeñas cosas que encabezan este texto, es buscar la felicidad, porque la ansiamos, porque nos hace sentir de maravilla, allí donde sea más duradera (aunque no mucho, no sea que nos inmunicemos; que de todo hay en la viña del Señor, incluso gente incapaz de ser feliz alguna vez, por propicias que sean sus circunstancias), más barata (a poder ser que no nos cueste dinero o que su precio no sea excesivo) y, sobre todo, donde sintamos que siempre estará esperándonos, a nuestra disposición para cuando la necesitemos, dispuesta a ser invocada sin necesidad de esfuerzo sobrehumano alguno por nuestra parte.

¿Cómo identificar, entonces, esas pequeñas cosas que nos hacen felices? Sobre todo, mediante la práctica y el descarte. A fin de cuentas, nuestra existencia es un campo de entrenamiento donde vamos experimentando todas aquellas cosas dotadas de potencial para hacernos felices: nos ejercitamos en el amor con distintas parejas hasta que finalmente topamos con aquélla de la que pensamos que será la definitiva; practicamos diferentes deportes hasta que nos damos cuenta de que hay uno en especial con el que disfrutamos más (y no tiene por qué ser el que mejor se nos dé, aunque ayuda sentirse uno de los buenos, desde luego); leemos diferentes géneros literarios y a diferentes escritores hasta dar con aquellos que conformarán nuestro canon particular (siempre mucho más interesante que los oficiales, sin duda); nos decidimos por un tipo de vino u otro, por un animal de compañía y no otro, por una carrera u otra o ninguna en absoluto; optamos por ser de amaneceres o de anocheceres, de mar o de montaña, de pueblo o de ciudad, de estaciones de frío o de calor… En definitiva, se trata de experimentar, dentro de las posibilidades de cada uno (yo, por ejemplo, creo que nunca viajaré al espacio, así que por mucho que los silencios eternos de los espacios infinitos de los que hablaba Pascal pudieran hacerme feliz, jamás lo sabré porque no tendré oportunidad de experimentarlos, es así de simple), el mayor número de cosas, y quedarnos con aquéllas que verdaderamente nos hagan felices. El resto, pues directas a la papelera de reciclaje; ya han cumplido su cometido.




Pero si aún nos quedan dudas después de la práctica y el descarte, y es probable que así sea, siempre podemos recurrir a la pérdida para cerciorarnos de cuán felices éramos antes de que X (llamémosle así a cualquiera de esas pequeñeces) desapareciese de nuestra vida. Y es que, aunque tan diferentes entre sí, esas pequeñas cosas suelen tener en común que sólo somos conscientes del papel capital que desempeñan en la obtención de la felicidad cuando las hemos perdido por el motivo que sea. Así sucede con el amor en cualquiera de sus formas (sin duda, uno de los productores cuya felicidad –e infelicidad, sí– resulta más duradera, barata y accesible); o con la soledad; o con el sol cuando hemos tenido que emigrar a latitudes donde no brilla en demasía su presencia; o con el canto de los pájaros si nos hemos mudado a la gran ciudad…

Así las cosas, narro la anécdota que ha dado lugar a esta disertación: el pasado 2 de enero me reincorporaba al trabajo después de las vacaciones de Navidad, y como cada día desde hace ya unos años, me unía a mis compañeros en la puerta de la editorial para comentar lo que hubiese que comentar antes de empezar la jornada laboral (la verdad es que parecemos los protagonistas de un chiste: una secretaria, una teclista, un recepcionista, un mensajero, un informático y un editor se reúnen a la puerta de…). En esta ocasión, y una vez dados los besos y abrazos característicos de los reencuentros tras el parón navideño, la conversación giró en torno a cómo nos habían ido las vacaciones y, he aquí la pregunta estrella, si nos había tocado la lotería.

Ya sabíamos que algo habíamos pillado, porque el número que se jugaba en la editorial fue premiado con 100 euros por décimo, pero la pregunta no era ésa. Cuando alguien pregunta si te ha tocado la lotería, en realidad quiere saber si has sido premiado con el dinero suficiente como para dejar de trabajar (qué triste la vida de la clase obrera, ¿verdad?) o, como mínimo, para aquello tan socorrido de “tapar agujeros”: liquidar la hipoteca o el préstamo para el coche, pagar la universidad del nene o la nena, hacer esa reforma del hogar más que necesaria para la que nunca se dan las condiciones adecuadas, dar la vuelta al mundo, etc., es decir, si ya dispones del dinero suficiente y necesario para no tener que preocuparte por lo más básico de tu existencia y puedes lanzarte a la maravillosa aventura de ser feliz.

Por supuesto, porque en caso contrario el afortunado no hubiese estado allí (siempre digo que si algún día doy el petardazo, mi paso por la empresa se verá a reducido a un rumor muy, muy dudoso, y muy, muy lejano), no ha habido suerte. Pero esa desdicha sirvió para que cada uno de nosotros diera rienda suelta a sus fantasías, y la conversación se centró entonces en “esto es lo que yo haría si de repente fuese rico”. Así que uno a uno fue narrándole al resto de los allí congregados el día a día de su nueva y venturosa vida. Reconozco que cuando me llegó el turno de hablar, estaba embelesado con tanto lujo y opulencia como había brotado de la imaginería de mis compañeros y con tanto plan futuro trazado con maestría, de modo que a bote pronto me dio cierta vergüenza confesar el tipo de vida que había imaginado para mí en caso de tener, como se suele decir, la vida resuelta[2]. Pero justo en ese momento Lápiz y tinta, mi canción preferida (tal vez porque la considero una de las más cargadas de poesía) de El Último de la Fila, empezó a sonar en mi cabeza, y ya cuando llegué a mis versos favoritos (“Libro, nube, ése es mi descanso”) había encontrado el arrojo necesario para decir: “Pues yo me levantaría temprano, desayunaría, llevaría a mi hija al colegio, daría un paseo y aprovecharía para leer y escribir (o para escribir y leer, aunque me gusta más la primera opción). Y viajaría cuando el calendario de mi pequeña me lo permitiese (no soy persona de grandes viajes, no sueño con visitar Nueva York ni Egipto ni atravesar a pie el desierto de Gobi, aunque no me disgustaría ninguna de esas aventuras, también es cierto; sólo tengo un “viaje de mi vida”: ir a Uganda, a Ruanda o a la República Democrática del Congo, o a los tres países, para ver en su hábitat natural a los pocos gorilas de montaña que quedan). Poca cosa más, la verdad. Ir a comer o a cenar a buenos restaurantes cuando se terciase, adquirir nuevos vinos para mi vinoteca y tomarme una copita, o tal vez un gin-tonic, antes de irme a dormir. Y consumir cine y teatro, claro, pero no cambiaría de domicilio ni nada de eso; aunque si me tocase tantísimo dinero que no supiese en qué gastarlo, me compraría una casa en la montaña para ir en verano y una en la playa para ir en invierno (no es broma, esto se lo he dicho a mi pareja hace relativamente poco tiempo en uno de esos días en los que nos pusimos a soñar, así que ya veis por dónde van los tiros)”. Risas, claro. Pero el dinero, como decía el joven Bolaño, sirve esencialmente para comprar tiempo con el que hacer cosas (cosas que te hagan feliz, añado yo), y a eso lo dedicaría mi yo rico.

Mientras releo el texto y pienso en un final adecuado con que concluirlo, me doy cuenta de que casi todo lo que dije que haría si fuese rico ya lo hago habitualmente o está bastante cerca de mi mano poder hacerlo (bueno, debido a mi horario laboral no creo que pueda llevar a mi hija al cole cuando llegue el momento, y no puedo dedicarle todo el tiempo que me gustaría dedicarle, desde luego, pero intento disfrutar al máximo de cada segundo que paso con ella). En todo caso, la lotería sólo me permitiría abundar en ello. Así que puedo considerarme feliz, muy feliz, y todo lo escrito más arriba no es más que el intento de explicarme a mí mismo por qué lo soy.
Te estoy muy agradecido, querido lector (para mí no tienes identidad, eres un número más en el contador de visitas de este blog), si has llegado hasta aquí, siempre es muy satisfactorio que alguien dedique su tiempo a lo que uno escribe. En recompensa por ello, y porque creo que es justo y pretendo establecer una relación contigo basada en la honradez a través de este blog, voy a confesarte algo sobre el proceso de creación de este post.

No te engaño si te digo (creo que ya lo he mencionado en alguna publicación anterior, pero puede ser que me traicione la memoria) que Alfredópolis es algo así como el patito de feo de mis ocupaciones: no es la principal ni la única, ni siquiera la más preciada, y me niego a que así sea. Su concepción se dio bajo esta premisa, y no ha cambiado ni va a cambiar. Esto no significa, sin embargo, que no le tenga cariño y que, en cierto sentido, me sienta obligado a ir publicando de vez en cuando (¡de-vez-en-cuan-do!, la cantidad siempre debería supeditarse a la calidad, y la superficialidad a la profundidad, aunque ya leo que no van por ahí los tiros…). En definitiva, eso es un blog, una actualización más o menos frecuente de contenidos que resultan de interés para su autor o autores (y para sus lectores, espero y deseo).

Así pues, como llevaba sin publicar nada desde el 10 de noviembre del año pasado, sentía cierta necesidad de hacerlo. Me gusta mi blog, me siento cómodo con él y me es útil por muchas razones. Y no es que haya experimentado el famoso y temido (¿y mítico?) bloqueo del escritor, a día de hoy puedo decir que no conozco en persona a tan terrible bestia: no he publicado nada debido a un simple orden de preferencias vitales; de hecho, diría que estoy en un buen momento creativo, que se une al personal y al laboral (hasta 6 posts más aparte de éste aguardan en la bandeja de borradores para ser finalizados, además de un par de cosas que tengo en mente), sin duda, debido a dos espacio-tiempos recientemente reconquistados: he recuperado la hora para comer que tengo cada día (excepto la de los miércoles, que la dedico a jugar al Cluedo o al parchís con mis compañeros Alma y Jordi) gracias a los tuppers con los que, desde que nació Júlia, nos avituallan (y casi desbordan) mi madre y mi suegra, de modo que ese tiempo lo dedico a leer y a pasear. Asimismo, he variado ligeramente el trayecto desde que salgo del trabajo hasta que llego a la estación de Sants, lo justo para arañarle unos tres minutos al reloj sin necesidad de bajar a paso demasiado ligero, y es en ese preciso momento cuando “escribo”.

Se vierte mucha tinta sobre el proceso de creación de quien escribe. Los propios escritores lo hacen y lo seguirán haciendo, y aunque no sé si es verdad todo lo que cuentan, no tiene nada que ver con mi propio ritual (normal, ¿no?, pocas cosas hay tan íntimas como la escritura). Como podéis ver, yo necesito dinamismo, movimiento, y una vez puesto en marcha y sin distracciones, se pone en funcionamiento mi mecanismo creativo: conjuro la memoria (reviso conversaciones y gestos, experimento sentimientos, revivo versos o fragmentos literarios, visiono mentalmente escenas de series o películas y canto canciones; explícale tú ahora a quien se cruza en mi camino que hago morisquetas, hablo solo o tarareo porque voy “escribiendo” mientras avanzo con mi mochila a la espalda) y sobrevienen las asociaciones (según mi experiencia, cuanto más extravagantes e inesperadas, mejor) que anteceden a las ideas. Por supuesto, esas ideas hay que revisarlas[3](ya se sabe: cuando tengas una idea que te parezca genial, cuéntasela a alguien cercano y verás que ya no lo es tanto; y cuando finalmente la pongas por escrito, te darás cuenta de que es una puta mierda), pero lo importante es tenerlas. Luego, cuando te pongas delante del papel o del ordenador, ya tendrás tiempo de estrujarte la cabeza sobre cuál es la mejor manera de contársela a los demás (y éste es el secreto de la escritura: el cómo y no el qué, querido Watson). Sin embargo, al menos en mi caso, es imprescindible ese “escribir” previo en el que vengo abundando desde hace unas líneas.

¿Qué pretendo con todo esto? Pues considéralo una confesión, porque debido a la necesidad (autoimpuesta, sí) de publicar algo, y viendo que la elaboración de los otros posts que antes comentaba me iban a ocupar más tiempo y esfuerzo del que esperaba (para mayor alborozo mío, que quede claro), pensé que un texto sobre aquella conversación del día 2 de enero me sería fácil de escribir y me permitiría insuflarle algo de vida a mi blog (¡como una suerte de McGuffin!). Pero claro, me pongo a escribir sobre una conversación de lo más tópica y acabo rebasando las 3000 palabras… ¿No es maravillosa la grandeza que se puede encontrar en las pequeñas cosas?


[1] Quien desee profundizar en este aspecto debería adentrarse en el mundo de la justicia distributiva (cosa que no haré yo por una cuestión de espacio y por no abusar de la paciencia de las personas que leen este blog), es decir, en cómo repartir bienes (cosas que las personas deseamos; son especialmente importantes, y entre ellos se encuentran las tres necesidades básicas anteriormente comentadas, los relevantes) y cargas (aquellos sacrificios necesarios para el mantenimiento de la sociedad; por ejemplo, los impuestos –a la vista está que las políticas económicas de PP, Ciudadanos, PNV o Convergència y sus mil nombres de seda, y las de aquéllos que les dan su apoyo para que las lleven a cabo, tienen poco en cuenta esto del reparto justo de las cargas–) en una sociedad de forma equilibrada.
[2] Sí, papá, soy pobre hasta para pedir, ya lo sé. Mi padre es de esas personas que siempre desea a lo grande, así que si en lugar de dos millones de euros, pongamos por caso, le pueden tocar trescientos, mejor que mejor; pero no para él, no, sino para solucionarle la vida al resto: a sus hijos y nietas, por supuesto, pero también hasta a la última manzana de su árbol genealógico. Y yo siempre le digo que si alguna vez le toca algo, lo que tiene que hacer es pulírselo con mi madre (igual que con lo que pueda tener después de una vida entera trabajando ambos), que ellos han salido adelante sin la ayuda de absolutamente nadie, y lo mismo podemos (y debemos) hacer el resto. Es un bonito deseo altruista el suyo, sin duda, pero no lo comparto en absoluto.
[3] Yo no soy Flaubert, ya me gustaría, pero dentro de la revisión de cualquier texto incluyo siempre su lectura en voz alta. Si no me suena bien a mí, que sé exactamente cuál es el tono y el ritmo que debe tener, difícilmente le parecerá bien acabado a otra persona.

Autor: Alfredópolis

Padre, por encima de todo. Filólogo de formación (Premio Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona) y editor de profesión. He publicado artículos, reseñas, críticas y relatos en diversas revistas literarias (todos ellos disponibles en este blog).

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