35. ¿Pienso luego existo?

Conócete a ti mismo es uno de los aforismos que daban la bienvenida a todas aquellas personas que, independientemente de su condición, acudían al templo de Apolo, en Delfos, para consultar el oráculo de la pitia en la antigua Hélade. Y ese mismo aforismo es utilizado por Julian Baggini, autor del “oscarizado” El cerdo que quería ser jamón[1], y Jeremy Stangroom para marcarnos el camino de entrada a ¿Pienso luego existo? El libro esencial de juegos filosóficos[2].
 
Como ya indica el título del libro, Baggini y Stangroom cuestionan la primera verdad indudable a la que llega el método cartesiano, el cogito[3], pero no para refutar nuestra propia existencia, sino para demostrar cuán ficticios pueden ser nuestros pensamientos, nuestros valores y nuestras opiniones. Y a todo ello se llega, no hay nada como edulcorar la píldora, a través de una serie de divertidos e ingeniosos juegos filosóficos[4]. No sé, en un mundo como el nuestro, donde proliferan los pensamientos únicos, no debería parecernos una cuestión de poca importancia.
 
En efecto, sumergirse en las páginas de ¿Pienso luego existo? es como ser Luke Skywalker adentrándose en la Cueva del Mal del planeta Dagobah[5], mítica secuencia de la saga galáctica que se nutre del mito de la caverna platónico, aunque se trate, en este caso, de un Platón invertido: tras completar los juegos que nos propone, lo único que encontraremos en su interior será lo que ya llevemos con nosotros. Por desgracia, su lectura no completará nuestro entrenamiento Jedi, pero sí que nos ayudará a tener un poco más claro qué pensamos en realidad y cómo pensamos.

Fotograma de Star Wars: Episodio V. El imperio contraataca.

Sin embargo, Baggini y Stangroom no se ocupan de toda la complejidad de eso que solemos llamar identidad personal. Se centran en la idea (errónea) de la incorregibilidad de lo mental, aplicada a la definición de nuestro yo. Los 12 juegos que conforman ¿Pienso luego existo? ponen a prueba los sólidos cimientos sobre los que creemos que se sostienen nuestras opiniones, analizan cómo funciona nuestra lógica de pensamiento y cómo construimos los silogismos de los que emanan nuestras deducciones, y examinan nuestras actitudes frente a Dios, nuestros tabús, y todo lo referente a la ética, la moral, el arte, nuestra propia existencia y nuestra libertad. En definitiva, se pone en duda todo aquello de lo que decía Descartes que no se podía dudar porque justamente dudamos, todo el material al que recurrimos habitualmente para decirnos a nosotros mismos y a todo aquél que nos preste oídos “así soy yo”.

Vale la pena preguntarnos, una vez llegados a este punto, si era necesario un libro como ¿Pienso luego existo?. De hecho, deberíamos formularnos esta pregunta ante todo libro que se publica, pero ésa es otra historia. En el caso que nos ocupa, el libro de Baggini y Stangroom, está claro que mi respuesta es afirmativa (de lo contrario, no le estaría dedicando un post en mi blog personal). Y es que, aunque parezca mentira, porque al fin y al cabo yo siempre es la persona de la que tenemos más información (aparentemente lo conocemos todo de yo: sus pensamientos más ocultos, sus fobias y sus filias, sus anhelos, sus miedos) y con la que más tiempo pasamos durante toda nuestra vida (¡nos entierran con él!), eso de conocernos a nosotros mismos no resulta nada fácil. Pensadlo bien, si lo fuera, quienes se dedican a la buenaventura hubiesen desaparecido hace tiempo de la historia de la humanidad, del mismo modo que los libros de autoayuda no inundarían las librerías ni figurarían entre los más vendidos del panorama literario (iba a escribir “de no ficción”, pero no sé yo…), por no hablar de los psicólogos, psicoanalistas y otros terapeutas de la mente humana que pagan sus facturas gracias en buena parte al desconocimiento de ese yo que a todos nos es tan familiar. Así que, ¡bienvenido sea el libro de los juegos filosóficos!

Pero aviso a hipotéticos navegantes, en ¿Pienso luego existo? nadie descubrirá su gran Verdad, ése es un trabajo que tenemos que hacer a lo largo de toda nuestra vida, pero sí que se encontrará frente a frente con muchas de sus mentiras. Como los propios autores nos advierten en la introducción:
 
[…] tras su lectura, bien puede ocurrir que el lector se descubra pensando que lo que piensa que piensa ya no es lo que pensaba. Y, al igual que esta última oración, esto puede resultar desconcertante, algo confuso, pero a fin de cuentas bastante divertido.
 

Y es cierto que eso es lo que sucede: los juegos te divierten, te desconciertan, te confunden y te sorprenden. Y además, añado yo, lo cual me ha resultado de lo más interesante, es muy posible que el lector-jugador se encuentre luchando consigo mismo para no hacer trampas. Me explico: en todo momento, o al menos a partir del primer juego, “El chequeo filosófico”, uno es consciente (tal es el revolcón que te llevas) de que sus respuestas serán evaluadas al final de la actividad que se plantea, y de que esas respuestas con toda probabilidad dirán algo de uno mismo que irá en contra de lo que piensa que piensa, y de que eso que dirán no será demasiado positivo (a no ser que tengamos algún tipo de problema de salud mental, la imagen que tenemos de nosotros mismos suele ser positiva, y la adornamos y la sustentamos con atributos e ideas que consideramos, y suelen ser considerados, positivos: tolerante, simpático, solidario, etc.). Y como los nombres con que se bautiza cada juego y las citas que los encabezan ya te dan una idea de por dónde pueden ir los tiros en aquel caso concreto, uno tiende a adecuar sus respuestas al resultado que desearía obtener[6]. Ésa es la primera gran lección de ¿Pienso luego existo?, y tal vez la más importante, al menos en mi opinión: somos unos mentirosos contumaces, y la primera víctima de nuestras mentiras somos nosotros mismos. Y si no podemos ser sinceros con nosotros mismos, ¿podremos serlo alguna vez con los demás?

¡Hagan juego, señoras y señores!

 

 


 

[1] Julian BAGGINI: El cerdo que quería ser jamón, Paidós Ibérica (2007).
[2] Julian BAGGINI: ¿Pienso luego existo? El libro esencial de juegos filosóficos, Paidós Ibérica (2008).
[3] No sabemos qué existe en realidad, porque todo es dudoso: nuestros sentidos nos engañan, el mundo en que existimos nos engaña, la misma razón nos hace cometer errores; pero si dudamos, si nos planteamos preguntas, si pensamos, significa que al menos nosotros sí existimos, por medio de nuestra intuición somos capaces de saberlo.
[4] Algunos de estos juegos, como Staying Alive, y otros pueden encontrarse en www.microphilosophy.net. La página de Internet que hace unos años recogía todos los juegos, www.doyouthinkwhatyouthink.com, ha dejado de estar operativa.
[5] Star Wars: Episodio V. El imperio contraataca (1980). Dirigida por Irvin Kershner.
[6] Mi padre siempre dice entre risas, y quizá no le falta razón, que cuando él muera, se muere lo que más quiere de su casa. Y ya sabemos que al objeto de nuestro amor se le perdona (casi) todo, sobre todo sus defectos, que hacemos lo posible por enmascararlos, los ignoramos, los minimizamos o nos convencemos a nosotros mismos de que no lo son en absoluto o de que en todo caso se deben a una percepción equivocada e incompleta de los otros.

Autor: Alfredópolis

Padre, por encima de todo. Filólogo de formación (Premio Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona) y editor de profesión. He publicado artículos, reseñas, críticas y relatos en diversas revistas literarias (todos ellos disponibles en este blog).

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