33. Cuando me hice catalán

Recuerdo perfectamente cuándo me hice catalán. Fue una primavera del ya lejano año 1980. Un sábado 31 de mayo para ser exactos. A las 15 horas.

Sobre la causa principal de mi conversión sólo sé que se debió a que mis padres emigraron a Catalunya, como tantísimas otras personas, en busca de un futuro mejor para ellos y para lo que pudiese venir, que a la postre fuimos mi hermano y yo, y nuestras respectivas hijas. Un futuro, todo hay que decirlo, que no parece que la tierra de la que son originarios fuera capaz de garantizarles. Que esto de Catalunya y los emigrantes poco tiene que ver con el rapto de Helena; aquí había trabajo y se necesitaba mano de obra, y en otras partes de España había desempleo, necesidad y miseria, y no hay que ser una eminencia para darse cuenta de que si no hubiesen emigrado andaluces, extremeños o murcianos, lo hubiesen hecho personas de otras regiones o nacionalidades. Y el proceso de integración hubiese sido exactamente el mismo. Fin del falso mito según el cual ciertos emigrantes han levantado Catalunya o la han tomado sin pegar un tiro.

Y sigo con mis “sorprendentes” confesiones: amo a mi tierra, por muchas contradicciones, incoherencias y disensiones que se den en su seno, como entiendo que todo el mundo ama a la suya; y por tierra supongo que ya se entiende que me refiero a las personas que viven en ella, no a partidos, instituciones ni ideologías de un signo o de otro. Y como creo que es lógico, además de fácil de comprender, tengo más cosas en común con el resto de catalanes que con alguien que vive a mil kilómetros de distancia o en el archipiélago canario.

Sin embargo, esto que parece tan sencillo de entender en el caso de que lo manifieste henchido de orgullo patrio un cántabro, un gallego o un aragonés, cuando lo manifiesta un catalán adquiere tintes sospechosos y es recibido casi con desprecio. Y no es cosa de ahora, no, en pleno fuego cruzado pro- y anti- independencia (cosa que tampoco entiendo, la verdad; lo que resulta sorprendente no es que la mitad de Catalunya desee independizarse de esta España, sino por qué el resto quiere seguir sometiéndose a ella), sino que desde que tengo uso de razón lo he sentido en mis propias carnes. Y no voy a hablar de cosas evidentes como los insultos a la lengua, o el trato, las miradas y los comentarios directos cuando viajas por España[1] (hasta que pagas o dejas una propina, ¿eh?, que Catalunya es deleznable, pero el dinero que se genera allí no, eso siempre se acepta con una sonrisa y un gracias educado), sino de esas cosas minúsculas que se deslizan cotidianamente sin que aparentemente quien las dice se dé cuenta de ello (no sé si será una comparación muy válida, o si voy a frivolizar, pero es algo semejante a esos tics recurrentes, machistas o xenófobos, por ejemplo, que tenemos tan incorporados y que a todos nos salen o nos han salido alguna vez y contra los que hay que luchar). Me refiero a los chistes sobre catalanes (¡que se quejen también los leperos, hombre!) que no tienen ni puta gracia (para que algo sea un chiste, tiene que hacer reír; si cabe la posibilidad, ni que sea del 1%, de que pueda ofender a alguien, ya no entra dentro de la categoría de chiste, sino en la de basura ideológica; y no mueven a la risa sino al odio, ya se pueden hacer todas las fintas habidas y por haber para intentar excusarlos y excusarse quien los cuenta), a los “eres muy gracioso para o pese a ser catalán” o “cómo se nota que tienes raíces andaluzas”, o a “si fueses X (que cada cual sustituya la X por el gentilicio que más gracioso y agudo le parezca) lo habrías pillado, no me acordaba de que eras catalán”, o a los “yo no tengo nada en contra de los catalanes, ¿eh?” de gente que te acaba de conocer, etc. En definitiva, todas esas bromitas y comentarios recurrentes que cuando uno se queja de ellos no recibe otra respuesta que “qué susceptible eres”, “te la coges con papel de fumar” o “es que tienes la piel muy fina”. Eso sí, mejor que no se te ocurra responderle con la misma moneda a quien se dedica a ofenderte, porque se conoce que es mucho más fácil vestirse con el traje de ofensor que con el de ofendido. Y ya verás, ya, qué mal llevan las verdades algunas personas…

Pese a todo lo dicho, no sea que quede algún despistado en el auditorio o alguien que tenga problemas de comprensión lectora, por muy catalán que sea y por mucho que quiera a mi tierra, no soy independentista. Esto no le sorprenderá a quien me conozca un poco o a quien haya leído las cosas que he escrito en este blog al respecto (ver Triste epístola desde el exilio, por ejemplo). Las patrias y las banderas son un invento muy antiguo, y sólo sirven al poder. Poco tiene que ver con ellas alguien que verdaderamente sea de izquierdas. Y como ciudadano de izquierdas que soy y me considero (la cópula no es baladí, el mundo está lleno de gente que se considera cosas que luego no es), no puedo estar a favor de la sustitución de un Estado para poner en su lugar a otro. El Estado es opresor per se, siempre, es propio de su naturaleza ser así; igual que es propio de las leyes ser punitivas. Y en el caso concreto que nos ocupa, para más inri, hablamos de sustituir la España de PP y PSOE por la Catalunya de Convergència y ERC. Creo que no hace falta que añada nada más al respecto…

Claro, como ya se imaginará, pensar como yo pienso no es fácil si tenemos en cuenta que se trata de un asunto tan polarizado. Hace escasas fechas Jordi Évole se sacaba la equidistancia de la chistera, una suerte de nueva tercera vía que pretende abrirse un hueco entre tanto maniqueísmo, y mirad el chorreo que le ha caído. Al parecer, esto al final se convierte en un si no estás conmigo, estás contra mí, y eso hace que quienes no optamos por ninguna de las dos opciones (¡si existe gente tan loca que se siente a la vez española y catalana!, aunque tampoco es mi caso) sintamos mayor opresión en el pecho que Jon Nieve en la batalla de los bastardos. Eso sí, sin ninguna esperanza de que una carga de caballería acabe sacándonos del lío en el último momento. Sin embargo, pese a todo, defiendo mi causa con fiereza y determinación, y combato sobre todo a esas voces pseudoautorizadas que inundan las redes con información manipulada y ponzoñosa, cuando no directamente falsa (que haberla la hay para todos los gustos y colores, y de un lado y del otro), y contribuyen con más mierda a sembrar un campo que ya cuenta con un excedente de abono. Pero ¿por qué gasto mi energía y mi tiempo enfrentándome a unos voceros impresentables y al coro de orcos palmeros que siempre aplauden sus mentiras y secundan sus insultos y sus amenazas (a mí me han amenazado con un duelo a catana… sí, ése es el nivel…) si sé que discutir con esas personas no sirve de nada? Pues porque creo que me juego bastante, ya que a todo lo dicho anteriormente, por si acaso aún no es suficiente, le sumo el hecho de que dentro del abanico de posibles finales que puede tener esto, existe uno, por remoto o cercano que sea, según quién te cuente la película, que supone que a todos nos va a ir muy mal (incluso es posible que aunque a Catalunya le fuese bien, a mí, por mi formación, no… ¿no lo habías pensado antes de juzgarme? Craso error el tuyo…). Y como dentro de ese todos me encuentro yo y mi familia, y no quiero tener que emigrar para buscarme la vida como tuvieron que hacer mis padres (es aquello de la independencia económica, tal vez la única independencia posible y la única a la que aspiro; aunque sólo sea para no depender de nadie, ni yo ni mi hija, ni ahora ni en un futuro), intento defender algo que cada día se hace más difícil de defender por los palos en las ruedas que van poniendo unos y otros.

Y así, a lo tonto, nos plantaremos en el 1 de octubre, día del referéndum. Y así, a lo tonto, mientras escribo esto, riguroso directo (por algo soy corresponsal…), el gobierno de España suspende el autogobierno de Catalunya mediante la intervención de sus cuentas y arresta a políticos por sus ideas (mientras seguimos subvencionando, por poner un ejemplo, a la Fundación Francisco Franco… ¡España una, grande y libre!, ¿no?). Y no sé de qué nos sorprendemos, ya hace unos años que la España de las Autonomías se pasó por el forro el pacto constitucional. ¿No os acordáis? Sí, hombre, sí, fue cuando se tumbó el Estatut de Catalunya, que había sido aprobado en mayoría por el pueblo catalán. Ése fue el primer ataque a la soberanía de Catalunya, y es muy probable que de aquellos barros…

Y es curioso -pienso mientras veo cómo los cuerpos de represión del Estado cumplen con sus órdenes y nos conducen a tiempos oscuros, fértiles en prohibiciones-, porque hace poco me hablaban de que esto de Catalunya era un golpe de Estado, cuando en realidad los golpes de Estado siempre los dan gente armada (en España, para más señas: españoles y mucho españoles), y tienen como fin derrocar un gobierno para colocar otro en su lugar. Y los catalanes independentistas no quieren derrocar ningún gobierno, no sé de qué tienen miedo los españoles unitarios, pueden seguir con su Partido Popular y su PSOE y su monarquía heredada del dictador hasta que la corrupción los sepulte. Los independentistas simplemente pretenden romper con un gobierno y pasar a gobernarse a sí mismos, y todo por la vía pacífica y democrática, y nunca golpista (y quizá otra cosa no tenga el movimiento independentista, pero ejemplar y admirable por su civismo sí que lo es, y estaría bien que según quiénes aprendiesen de ello).

Y llego por fin a ese referéndum que tantas ampollas levanta y tantos sarpullidos provoca, y confieso que soy de las personas que no pensaba ir a votar, por varias razones, algunas de las cuales ya las he ido desgranando más arriba. Entre lo que aún no he comentado, está el hecho de que no creía que este referéndum en concreto (leed bien: éste en concreto, con sus pocas garantías y la ausencia de porcentajes para que una de las opciones sea aprobada o de participación mínima, por no hablar de la inexistencia de apoyo internacional) sirviese para nada más que para volver a demostrar lo fuerte que son unos y otros ante los que ya piensan como ellos. Vamos, que si esto fuese la Escocia de William Wallace, se alinearían unos frente a otros para mostrarse sus respectivos culos y penes, y cada uno seguiría riéndose de sus propios chistes. No creo que nadie pensase que el día 2 de octubre, fuese cual fuese el resultado, fuera a cambiar algo. Por mucha ilusión que se tenga o por mucho ímpetu prohibitivo que te impulse, un Sí no iba a suponer la independencia de Catalunya y, de la misma forma, un No no iba a acabar con el independentismo catalán. Pero todo esto ya lo sabe el poder, quienes hemos decidido ignorarlo somos la gente de la calle.

Además, me niego a seguir a quien ahora me cita a las urnas recordándome en su campaña que nací con el derecho a decidir. Claro que sí, ya lo sé, y ese derecho a decidir también lo tenía cuando los ahora convocantes y defensores de derechos se dedicaban a recortar en Sanidad o Educación, competencias de la Generalitat, y mandaban a los Mossos d’Esquadra a desalojar a golpes a quienes se manifestaban en la plaza Catalunya, por ejemplo. Pero en aquella ocasión nadie me preguntó si estaba o no estaba de acuerdo con una política económica que castigaba a los más débiles ni con unos porrazos contra personas que también manifestaban su derecho a decir No a unas políticas concretas. ¡Maldita memoria y malditos principios!, ¿verdad?

Y es verdad que la situación es excepcional y que parece que el gobierno de España nunca va a propiciar un referéndum pactado y vinculante. Y es cierto que parece que no hay otra alternativa que la desobediencia civil y la convocatoria de una consulta “oficiosa”. Pero también es verdad que la desobediencia civil se origina y se promueve entre los ciudadanos, de ahí el adjetivo civil que complementa al sustantivo desobediencia. Lo que es raro, y sospechoso, y alarmante, es que sea una institución la que adopte el papel que le corresponde a los ciudadanos e incite a llevar a cabo tal desobediencia. Y creo que ya ha quedado claro qué opino de las instituciones…

Sin embargo, hace ya unos días que decidí que haría lo posible por votar, aunque fuese No, en el referéndum. Escuchar y leer a personas de todo tipo decir que votar era ilegal y antidemocrático ha sido demasiado. Entre traicionar los principios que hasta aquí vengo exponiendo y abrirle la puerta de mi casa a la censura, la prohibición y la opresión, decido participar en la votación de algo que sé que no servirá para nada más que para afianzar en su sitio a cada uno de los bloques. Es más, por si aún me quedaba un atisbo de duda, la intervención de la Guardia Civil en Catalunya ha acabado de despejarla. Quienes dicen que los catalanes quieren romper España no se dan cuenta de que quienes la han roto, acaso definitivamente, son Mariano y su partido y los poderes a los que representan. Y esto es lo que pasa con la inflexibilidad, que cuando se produce una oscilación, por pequeña que sea, acaba propiciando la ruptura.

Esta lucha de poderes, porque a fin de cuentas se trata de eso, del control y la administración del poder, ya tiene un ganador. Y sin necesidad de dar ningún golpe. El independentismo catalán puede seguir esgrimiendo el argumento de la víctima, y seguramente haya sumado algún adepto más a su causa. Las hordas de Rajoy habrán gritado de júbilo con la suspensión del autogobierno de Catalunya, pero han perdido. Aquí y en el resto del mundo civilizado.

Y lo triste de todo esto es que a partir de ahora se empezará a hacer política y a negociar. Y es muy posible que la situación política se arregle, para estas cosas el dinero es cojonudo, pero tengo serias dudas de que la fractura social, que ya existe, no nos engañemos, pueda llegar a recomponerse. Hay cosas que el dinero no las puede.

Y al final, si el gobierno sigue utilizando el Estado de derecho para privar a una parte de sus ciudadanos de sus derechos, lo que conseguirá es que gente como yo acabe posicionándose también. Por muchos principios que tenga, ahora mismo en lo primero que tengo que pensar es en el futuro de mi hija. Y si tengo que reconducir mi carrera y empezar de cero, lo haré. Prefiero eso a que mi hija tenga que crecer donde no tenga garantías de que se vayan a respetar sus libertades.

Personalmente lo tengo claro, si al final tengo que elegir, te lo avisaba al principio de este post, soy catalán. Y entiendo que te sorprenda, sólo has tenido 37 años, 3 meses y 21 días para ser consciente de ello. Y a quien no le guste, las puertas de entrada y salida a mi vida son grandes. Ancha es Castilla.


[1] Ojo, no quiero decir que todos los españoles sean así. Gente maja hay en todas partes, incluso me arriesgaría a decir que son mayoría frente al número de imbéciles que la vida te va poniendo por delante. Eso sí, siempre que he viajado por España, y lo he hecho muchos veranos, me he encontrado como mínimo con un par de ellos: el dependiente de una gasolinera, el camarero de un restaurante, el director de un hotel, la dueña de una tasca, la taquillera de un museo, un familiar, la señora que te cobra en un peaje…

Autor: Alfredópolis

Padre, por encima de todo. Filólogo de formación (Premio Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona) y editor de profesión. He publicado artículos, reseñas, críticas y relatos en diversas revistas literarias (todos ellos disponibles en este blog).

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