32. La séptima función del lenguaje

Hace relativamente poco tiempo le dije a alguien que el mejor regalo material que se puede hacer es un libro. Y no lo decía de cara a la galería, como se dicen hoy muchas cosas y se adoptan muchas poses en ese gran escaparate mundial que son las redes sociales. No, lo decía porque lo creo a pies juntillas. De hecho, lo que más he regalado en toda mi vida han sido libros: porque creo que es un gran regalo para quien lo recibe y una actividad más que interesante para mí, que soy quien los regala.

Porque regalar un libro supone (a mí me lo supone), en efecto, hacer el esfuerzo de conocer a la persona destinataria del regalo, supone haberle prestado la atención necesaria como para saber sus gustos e intereses mucho más allá de lo que la persona en cuestión diga que le gusta o le interesa. Al fin y al cabo, se trata de un regalo, y por lo tanto debe ser algo que no se espere quien lo recibe (claro, si te conoce lo suficiente, ya sabrá que se trata de un libro, pero la cosa es que no sepa de qué libro se trata, supongo que se entiende lo que quiero decir).

Sin embargo, y aunque me encantaría que a mí me regalasen libros sobre todo, no tengo esa suerte. Mi ya extensa biblioteca (gracias a mis padres por seguir soportando las estanterías y cajas que siguen en su casa repletas de ellos; prometo que algún día acabaré por llevármelos todos a mi casa) me la compro yo. ¡Qué le vamos a hacer, cargo con el estigma de ser un lector voraz!, así que al parecer es difícil regalarme libros por tres razones básicas: porque debido a mi formación y a mi afición (afortunado que soy, he podido formarme y sigo haciéndolo sobre la mayor de mis aficiones, y además me gano la vida con ello) mis gustos no coinciden con los de la mayoría, signifique lo que signifique eso, porque he leído mucho y quien regala teme que el libro que ha pensado regalarme ya lo tengo o ya lo he leído (sí, tengo muchos libros, y he leído muchos más, y de esos muchos que ya he leído y que no tengo, el dinero y el espacio son limitados siempre, no me importaría tenerlos; mis libros son el mejor legado que puedo dejarle a quien ya viene por detrás, o eso creo) o por pereza de quien regala. Así que desde hace años confecciono una lista con libros que me gustaría tener (para comprármelos cuando pueda o para quien quiera regalarme algo que de verdad me guste y me ilusione).

Así las cosas, por recomendación de mi compañero y buen amigo Jordi, que además de ser una eminencia en su campo, la filosofía, es un muy buen lector, se introdujo en mi lista La séptima función del lenguaje, de Laurent Binet, segunda novela del autor de la premiada HHhH (que no he leído pero que ya tengo en casa, a la espera de ser devorada cuando le toque su turno), y de esa lista fue escogida como mi regalo con motivo del pasado día de Sant Jordi por mi pareja. Y si tengo que ser sincero, me ha parecido una de las dos mejores novelas que he leído durante el último año (la otra es Ànima, de Wadji Mouawad, en catalán, porque la traducción de Anna Casassas Figueras es excepcional, con diferencia, mucho mejor que la castellana; privilegios que tenemos los que podemos leer más de una lengua, algún día lo acabaremos por entender todos…).

La novela de Binet arranca con la conocida muerte de Roland Barthes, el autor del asesinato más célebre en el mundo de las Letras de la segunda mitad del siglo pasado, el del lector, una eminencia en el mundo de la semiología, el estudio de los signos en la vida social, para, a partir de ahí, iniciar una parodia hilarante de las novelas detectivescas y del mundo de la filosofía (sobre todo de la French Theory) imperante en el momento de la muerte del semiólogo. Quienes se hayan formado en el campo de la filosofía del lenguaje o de la lingüística y la filosofía en general no podrán reprimir las carcajadas con la multitud de personajes reales que transitan La séptima función del lenguaje y que antes, necesariamente, habrán conocido en las bibliotecas y sus mesas de estudio: el propio Barthes, Foucault, Derrida, Deleuze, Althusser, Jakobson, Lacan, Eco, Sollers, Kristeva, Chomsky, Searle, Austin y un larguísimo etcétera. Así, Binet teje con maestría una historia ficticia (paródica e irónica) con una consistente base real. De hecho, una de los grandes méritos de la novela es cómo logra explicar e integrar esos hechos que sucedieron realmente en una ficción disparatada pero perturbadoramente verosímil (y quien conozca algo de la biografía de Althusser o Foucault, o de Mitterand, y haya leído o acabe leyendo la novela sabrá de lo que hablo).

Como ya dije antes, la novela arranca con la muerte por atropello de Barthes en 1980, pretexto que sirve para iniciar la parodia detectivesca y el nivel más profundo de la trama novelesca ideada por Binet: la utilización del lenguaje por el poder, el lenguaje como arma definitiva para controlarlo todo. Al parecer, Barthes ha sido asesinado para robarle el secreto del arma total, que permitirá controlarlo y someterlo todo, hasta las elecciones presidenciales francesas: la séptima función del lenguaje.

Como ya sabréis todos, en los institutos nos enseñan que son seis las funciones del lenguaje, las de Jakobson, con ligeras variaciones en la forma de denominarlas: en general, la referencial, representativa o informativa; la emotiva, expresiva o sintomática; la apelativa o conativa; la metalingüística; la poética o estética; y la fática o relacional. A estas seis, Austin les suma la función performativa, que es aquélla cuyos enunciados, por el mero hecho de ser expresados, realizan un hecho. Para que nos entendamos: Fiat lux (‘Sea la luz’, y ya nos han contado que la luz fue). ¿Os imagináis que tal cosa fuese posible? ¿Qué político no haría todo lo que estuviese en su mano por poseer tal virtud del lenguaje? ¿Hasta dónde seríamos capaces de llegar con tal de controlar tal fórmula secreta? Pues éste es el punto de partida de la obra de Binet. Atractivo, original y muy bien pensado, ¿no?

Además, para reforzar el clima de broma infinita que transpira la novela, el joven escritor francés hace que un detective fascista que odia y que no comprende el mundo intelectual que tiene que investigar y un joven profesor de izquierdas de estudios culturales, evidentes figuras paródicas de Sherlock Holmes y el doctor Watson, sean los encargados de investigar las circunstancias ocultas tras la muerte de Barthes. Y a ellos es a quienes acompañamos en este inteligente y divertidísimo viaje ideado por el talentoso Laurent Binet. Y a todo esto se le suma, entre otras muchas cosas que no desvelaré para no reventarle a nadie la novela, una progresiva reflexión metaliteraria: uno de los personajes principales tiene la perturbadora revelación de que es muy posible que su existencia no sea real, sino ficticia. De alguna manera presiente que no es más que un personaje de novela sometido al caprichoso arbitrio de un escritor. En definitiva, la novela de Binet es una muy buena manera de pasar tu tiempo libre, si así lo deseas.

Como es natural, dado que es una novela con la que me lo he pasado tan bien, he hablado con algunas personas de ella (todas ellas lo suficientemente buenas lectoras como para no tener la necesidad de caer nunca en la petulancia): con Jordi, la persona que me la recomendó, con la que he discutido algunos puntos y hemos enriquecido mutuamente nuestras lecturas; con mi pareja, que es quien me la regaló, y es a quien suelo darle la chapa con todo lo que leo y con La séptima función del lenguaje no iba a ser menos; con Maite, historiadora del arte, que siempre tiene otra visión de lo que leemos y que al tiempo que yo leía y le recomendaba la segunda novela de Binet, ella leía y me recomendaba la primera, HHhH; y con Roser, a quien se la recomendé porque es filóloga (catalana[1]) y estoy seguro de que disfrutará de su lectura. Precisamente esta última persona, a quien le he ayudado últimamente con la bibliografía castellana para el taller de escritura creativa que dirige, me pasó un artículo de la revista política y cultural El Temps, firmado por Joan Garí, que me sorprendió por lo que allí escribía en referencia a la segunda novela de Binet[2], a la que calificaba de “frivolidad demasiado ligera”, y de la que criticaba que fuese un mero divertimento para estudiantes y que no respondiese más que al interés del autor en pasárselo bien, además de criticar que Binet convirtiese la muerte de Barthes en el punto de partida de una peripecia detectivesca, o que Louis Althusser asesinase a su mujer (cosa que hizo en la vida real; Binet sólo fantasea con los verdaderos motivos de tan terrible asesinato). Lo curioso es que todo eso que critica, el mismo Garí lo reconoce, es lo que le encantó de HHhH. ¿Por qué entonces no vale para La séptima función del lenguaje?

De Joan Garí sé poco más de lo que todo el mundo puede encontrar sobre su persona en Internet: escritor que ha cultivado diferentes géneros; columnista en diversos medios, como El País, Ara, El Temps; y escribe un blog: Ofici de lector, del que he leído, además del post que le dedica a la novela de Binet, la mitad de alguna entrada más antes de caer en brazos de Morfeo. Pero lo poco que sé ya me vale para afirmar que no es tan buen lector como él cree de sí mismo[3]. Y voy por partes con mi contraataque:

Voy a dejar de lado todo lo que decía Freud sobre los chistes y el humor, voy a pensar, hoy me siento bondadoso, que el señor Garí sí que sabe de literatura, y que su crítica se debe a una actitud equivocada a la hora de leer la novela de Binet. Ya sabemos que todos los libros nos generan expectativas, por muy virginales que queramos ser cuando nos enfrentamos a sus lecturas, y supongo que el señor Garí esperaba otra cosa de La séptima función del lenguaje, y una vez rotas sus expectativas, ha provocado la pataleta que al fin y al cabo es su crítica (porque no me negaréis que criterios demasiado serios no es que utilice, ésa es la verdad).

Es cierto, eso sí que se lo concedo, que la novela de Binet es frívola y ligera (demasiado o no, eso ya no me atrevo a decirlo, no tengo la clarividencia de este tipo de censores). ¿Y qué? ¿Eso la incapacita para ser una obra literaria a considerar? No sé yo, veamos qué nos dice la tradición literaria española al respecto, a ver si encuentro obras que podrían ser consideradas frívolas y ligeras (y que conste que no voy a hacer una búsqueda exhaustiva, así de frívolo soy yo, sólo voy a citar las obras que me vienen a la cabeza mientras escribo): El libro de buen amor, Libro del Caballero Zifar, El Conde Lucanor, el teatro de los Lope, el de Rueda y el de Vega, La Celestina, La lozana andaluza, El Lazarillo, La venganza de don Mendo, Guzmán de Alfarache, El Buscón, Fray Gerundio, El Quijote, Góngora y Quevedo, La Regenta, La desheredada, Fortunata y Jacinta, Amor y pedagogía, Tirano Banderas y todo el teatro de Valle, Tiempo de silencio, El misterio de la cripta embrujada, Sin noticias de Gurb, El laberinto de las aceitunas, Álvaro Pombo, Félix de Azúa, Vázquez Montalbán, Marías, Fernando Fernán Gómez, Sender, Jardiel Poncela, García Márquez, Vargas Llosa, Borges, Cortázar, Cabrera Infante… y en otras lenguas: Las Nubes, Lisístrata, Ars amandi, Vita Caesarum, Tirant lo Blanc, Los viajes de Gulliver, El fantasma de Canterbury, Tristram Shandy, el Ulises de Joyce, Bartleby, La conjura de los necios… todas estas obras y autores se apoyan en la parodia y en la ironía, en el humor, y muchas de ellas y ellos podrían ser frívolos y ligeros si les aplicamos los criterios de Garí. ¡Pongamos nuestros hornos a 451 grados Fahrenheit y arrojémoslos a todos al fuego! ¿Qué nos queda? Las obras y el blog de Garí seguro que sobreviven a la purga.

Sobre el inicio de la novela, Garí lamenta la elección de la muerte de Barthes, a la que califica de “vuelta de rosca” difícil de justificar. ¿Seguro? Barthes es una de las figuras más eminentes de la semiología, la noche antes de morir se reunió con Mitterrand… ¿ha leído usted la novela? ¿No engarza Barthes con todo lo que se narra a posteriori? A lo mejor es que con un purista hemos topado, de aquéllos que adoran a sus tótems y que los defiende a ultranza. De hecho, le molesta que el inspector Bayard los llame “panda de maricones estrafalarios” cuando lo raro sería que un exsoldado que combatió en Algeria, de marcada ideología fascista, los llamase de otra forma (a esto se le llama verosimilitud, y es imprescindible para no romper el pacto de ficción entre el autor, el narrador, los personajes, la obra en general, y su lector). Y esto me lleva a formularme una pregunta: ¿ha escuchado usted hablar a Foucault o a Derrida alguna vez? Dese una vuelta por YouTube y verá que la parodia de Binet es exquisita, y se cerciorará de que figuras como las del bueno de Michel, a quien admiro y he leído, no tendrían cabida en este tiempo que vivimos, precisamente, porque nos parecerían ridículas.

Lo siguiente que critica, si no recuerdo mal, es que el autor se lo haya pasado bien escribiendo su novela, como si pasártelo bien mientras escribes fuese algo censurable o que limitase o imposibilitase la calidad de la obra literaria que se escribe. ¡Señor Garí, que usted ha cultivado el ensayo, la novela y la poesía, y se dedica a escribir articulitos para la prensa! ¿No se lo pasa usted bien cuando escribe? ¿Lo suyo, entonces, qué es, masoquismo? ¿Pretende confesar alguna filia oculta que considera vergorzante y no ha encontrado una forma mejor? ¿Nos quiere hacer creer el falso mito del escritor que suda tinta cuando se enfrenta a la hoja en blanco? Cuando escribe, ¿sufre usted hasta el punto de no poder disfrutar de ello? Si es así, permítame que le diga que deje de escribir, no merece la pena si no es capaz de pasárselo bien. Dedíquese a los manjares y a los habanos, que he leído por ahí que es lo que de verdad le gusta y disfruta con ello.

Pero no, usted tiene que seguir con su crítica tan poco crítica, y es entonces cuando sugiere que la novela está destinada a provocar la hilaridad entre los estudiantes de lingüística y semiótica… y si así fuera, ¿qué hay de malo en ello? ¿Sufrió usted para aprobar alguna asignatura relacionada con la lingüística? ¿Le hicieron alguna novatada pesada en su época de estudiante que todavía no ha superado y de ahí vienen estos lodos? Sinceramente, si me dieran a elegir, preferiría divertir a unos “simples” estudiantes universitarios que dejar a alguien con sus opiniones tan poco serias y fundamentadas contento.

Espere un momento, que acabo de tener una revelación (y que conste que esto es muy raro, suelo tener acceso a los apokálypsis cuando me hallo sentado en el inodoro y nunca mientras escribo): usted, Joan Garí, nunca quiso ser escritor, nunca quiso publicar un ensayo ni un poema ni una novela, ni siquiera escribir alguna columna de opinión o crítica literaria, estoy absolutamente convencido de ello. Lo que usted siempre quiso ser y no pudo es un personaje de Umberto Eco, y que el genio piamontés lo situara en una abadía benedictina de los Apeninos como encargado de su infinita biblioteca, donde podría haberse erigido en garante de la seriedad y azote de la risa. Sí, qué quiere que le diga, se ha ganado que me lo imagine colándose en las imprentas para impregnar de veneno las letras que conforman La séptima función del lenguaje.

Que quede claro que en ningún momento he dudado de los vastos y profundos conocimientos del señor Garí, que pretendo enemistarme con él, cierto es, pero sólo hasta cierto punto. De hecho creo que los tiene, y que son tan vastos y profundos que se habrán depositado en su cerebro sepultando para siempre aquello que una vez dijera Wittgenstein con mucho tino: “una obra filosófica y seria podría escribirse exclusivamente a base de chistes”. Qué gracia, ¿no?


[1] Aunque no venga a cuento, es curioso el caso de Roser y casi único en la editorial donde trabajo. Es la única filóloga catalana que pregunta sus dudas referentes al castellano, lengua mayoritaria en los libros que publicamos por una simple cuestión de número de compradores potenciales. Y digo que es curioso porque en los seis años que llevo trabajando allí, he hecho mil preguntas referentes al catalán, no en vano, no es mi especialidad, así que intento que los especialistas me iluminen. Pero no ocurre lo mismo en el caso contrario: para el castellano poco o nunca nos preguntan los y las de catalán… claro, que luego hay que ver las cosas que salen… pero el castellano lo dominamos todos, ¿no?
[3] Que conste que mi amigo Jordi me aconsejó no escribir este post, que no me crease enemigos porque estos aguardan su momento para aparecer cuando menos te lo esperas. Pero estas cosas me superan, no puedo con estas voces autorizadas creadoras de opinión que desde su torre de marfil se dedican a dictar con pedantería lo que debemos y no debemos leer (ya se sabe que en el país de los ciegos, el tuerto es el rey). Ojo, y que si esas opiniones tuviesen su sustancia, no habría nada que añadir, pero como en seguida espero demostrar, la crítica destructiva del señor Garí no tiene nada que ver con la buena o la mala literatura. Y si algún día se cruza en mi camino como enemigo en lugar de como amigo, estaré encantado de debatir con él sobre lo que sea, dicho sea de paso.

Autor: Alfredópolis

Padre, por encima de todo. Filólogo de formación (Premio Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona) y editor de profesión. He publicado artículos, reseñas, críticas y relatos en diversas revistas literarias (todos ellos disponibles en este blog).

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