31. Júlia

Cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño, por primera vez, el dedo de su padre, lo tiene atrapado para siempre.
Gabriel GARCÍA MÁRQUEZ

Hace ya unos meses, con motivo de las veintiuna semanas de embarazo, escribía un post, Palabritas para Júlia, en el que me hacía eco, entre otras cosas, de ese último momento crucial antes de poder sostener entre mis brazos a mi hija: el parto. También comparaba qué supone ser padres aquí, en el mundo occidental, con serlo en uno de esos vagones que van a la cola de esa locomotora aparentemente imparable llamada primer mundo. Y el tiempo me ha dado la razón[1].

En efecto, uno se encamina al hospital el día señalado con nervios, un poco de miedo y, sobre todo, cargado de ilusión, porque: ¿qué puede salir mal? Has llegado al final del camino, ahora sólo quedan unos cuantos empujones y en unas horas estará tu bebé recién nacido enganchado a la vida que succiona del pecho de su mamá. Decides ser prudente, y hasta que no monitorizan a la madre y te confirman que ya está de parto, no avisas a la familia: alegría, jolgorio, llamadas que se suceden y se entrecruzan y preparativos para ir a recibir como se debe a la nueva niña llegada a la familia.

Sin embargo, pronto las cosas se tuercen. Lo que nunca podía salir mal empieza a truncarse. Las contracciones se detienen vete a saber por qué y la frecuencia cardíaca de ese bebé que esperas se ralentiza peligrosamente. Pero no pasa nada, ingresan a la mamá y se procede a inducir el parto. Te tranquilizas, eliminas de tu pensamiento cualquier sombra tenebrosa: estamos en Barcelona, aquí esas cosas no pasan. Nos han dicho que todo irá bien. Pero las horas pasan, y nada cambia. Te enganchas cual adicto al monitor que marca la llegada de las contracciones y el ritmo cardíaco de tu pequeña. Acompañas el dolor y respiras con tu pareja, deseando compartir un dolor y un sufrimiento que es imposible traspasar. Y las horas pasan, ¿cuántas llevamos ya? Deciden romper la bolsa, pero por mucha oxitocina intravenosa que reciba la madre la dilatación no acaba de producirse. Cambio de turno del personal.

Y entonces, a las 12 horas, llega la tentación, el ofrecimiento de la anestesia epidural. Sinceramente, yo la hubiese aceptado, me veo incapaz de aguantar el dolor que llevaba tantas horas aguantando mi pareja. Pero ella no, ella es infinitamente más fuerte que yo, se ha convertido en un animal, y sabe, quizá se lo ha revelado la naturaleza desde el eco de los tiempos, que todavía es pronto para ponérsela. Y aguanta, y sufre, y empuja, y mantiene con vida a costa de la suya propia, pues su tensión arterial se desmorona, a su futura hija. Paseos arriba y abajo por el pasillo interrumpidos por el fuerte dolor de cada contracción. Sudores, dolores musculares en las piernas de tanto dolor sufrido, masajes, respiraciones, cambios de postura. Nada. Se avisa a la familia: que vengan mañana a primera hora, que todo parece indicar que Júlia llegará de madrugada. No, mejor que no vengan al hospital, aquí lo único que van a hacer es cansarse, porque no van a dejar que entre nadie a ver a Marta. Todo va bien y es normal, les mientes o, lo que es lo mismo, les ocultas información.

A las 16 horas y 5 centímetros de dilatación la mamá autoriza que le inyecten la anestesia. Otra aventura desagradable y dolorosa. La cosa mejora, las contracciones, que suben al ritmo que incrementa la cantidad de oxitocina que penetra en su riego sanguíneo, son ya constantes, y por lo menos no duelen. Pero las horas siguen pasando y esos pocos centímetros que nos separan del final se hacen de rogar. Pero volvemos a tranquilizarnos, es cosa de esperar, y ya no nos va de unas cuantas horas más. Pasamos el tiempo calculando grosso modo cuánto tiempo nos queda: dos o tres horas más. Para las 4 de la madrugada, digo yo. Pero una vez más me equivoco.

Entonces vuelve a visitarnos el miedo: con cada contracción, el cuello del útero presiona la cabeza de Júlia, y su frecuencia cardíaca vuelve a caer. Se empieza a hablar de sufrimiento fetal. Le pinchan la cabeza para controlarle el PH, hasta cuatro veces en el tiempo que aún tardará en nacer la pequeña, pues temen que esa presión esté afectando a la llegada de oxígeno al cerebro de nuestra hija. Las pruebas salen bien, una tras otra, pero la madre cada vez está más débil y cansada, y ambos estamos absolutamente aterrados. Queremos acabar con esto ya, madre e hija están sufriendo innecesariamente. Cesárea, la solución que seguramente nadie quería, pero que todos contemplábamos como una opción más que posible durante todo el embarazo, se convierte en el pensamiento único. El personal que asiste al parto decide esperar.

Cambio de turno. Dejan pasar la dosis de anestesia para que el pujo de la madre sea más fuerte. Dolor inaguantable, a mí empieza a fallarme el temple y empiezo a temer el desenlace. La madre aguanta como una leona, pero su tensión arterial marca un nuevo mínimo y acaso convierte la cesárea en una solución aún más peligrosa. Tres ginecólogas diferentes intentan darle un giro a la cabecita de Júlia, que ahora, curiosa que es ella, se ha puesto a mirar hacia arriba. Nada. Gente que no hemos visto hasta ahora empieza a juntarse fuera de la sala de partos y miran a través del ojo de buey de la puerta. Sensación de movimiento. Y miedo, mucho miedo.

24 horas desde que atravesamos las puertas del hospital. Tres ginecólogas diferentes lo prueban. Nada. Último intento: fórceps para rotar la cabeza del bebé. La madre empieza a vomitar, víctima del cansancio y del dolor insoportable. Meconio. Alerta. Sangría, destrozo, lágrimas, terror, una niña que no consiente que le den la vuelta y una madre que grita que le hagan la cesárea ya. La sala de partos se llena de gente extraña. Cambio de camilla y directa a quirófano.

Dicen que quienes no creen en ningún dios, en momentos de extrema necesidad, acaban por acordarse de Dios. Pero yo no lo hice, y eso que temía quedarme sin las dos, madre e hija, una vez que desaparecieron tras las puertas de la sala de partos. Todo lo contrario. Dios no pintaba nada allí, ni estaba ni se le esperaba, en ningún momento sentí su presencia ni su gracia. Tal vez andaba sentado a la mesa del patrón, como cantaba Atahualpa Yupanqui hace ya muchos años.

Me mudo de ropa. Me dejarán entrar en el quirófano. A día de hoy no sé si porque sabían que todo acabaría yendo bien o porque pensaban que todo podía acabar de la peor manera posible. Minutos que parecen años esperando que me vengan a buscar. Por fin. Son las 9:54 horas. El quirófano, luz cegadora, mucha gente, una mesa de operaciones. Mi pareja. Me siento a su lado, cerca de su cabeza. Le pregunto cómo esta. Bien, contesta ella. ¿La has visto?, me pregunta con lágrimas en los ojos. Me giro y veo a Júlia donde antes sólo había visto a tres mujeres con mascarillas manipulando algo. Allí está. Pero la están entubando. Le ha costado empezar a respirar. Angustia. Empiezo a llorar. La última comadrona que nos ha acompañado se da la vuelta y levanta el pulgar. Júlia está bien, pero algo va mal con su madre. Está extremadamente roja y empieza a vomitar bilis, lo único que tiene en el estómago después de tantas horas. Se quieren llevar a Júlia. Ahora soy consciente de haber visto una incubadora nada más entrar al quirófano. En el último momento deciden no hacerlo, las pediatras y la comadrona me dicen que se quedará conmigo, monitorizada, para que haga el piel con piel.

Nos sacan del quirófano. Una silla en una habitación a oscuras. Me quito la ropa con la que entré al quirófano y coloco a mi hija recién nacida sobre mi pecho. Llora, le canto, creo, le hablo de su mamá, todo el tiempo que paso con ella le hablo de su mamá. Pero ella no vuelve. Pasa una hora, pasan dos. Las dos horas más largas de mi vida. Pregunto constantemente por mi pareja: “ahora la traerán, están acabando de comprobar que todo esté bien”, pero ahora nunca es. Me dicen que ya han pasado dos horas y que la niña tiene que comer, así que le traerán un biberón. Me niego en rotundo. Si la niña tiene que comer y la madre está tan bien como dicen, que se la lleven y se la coloquen en su pecho. La comadrona decide pesar y medir a la niña, me quiere distraer, lo sé. Me cambian de habitación. Ahora traerán a la madre. Pero la madre no acaba de venir. Me temo lo peor, y sigo hablándole a Júlia de su mamá. De lo fuerte que ha sido y de lo que ha pasado y está pasando para que ella haya venido al mundo. Que tiene que ser muy fuerte de ahora en adelante, que los dos tenemos que ser muy fuertes. Que a esta vida hay que plantarle dos pares de narices.

Se presenta la jefa de ginecología que ha asistido el parto. Me habla de complicaciones, de lesiones, de medicación. De pautas y dietas, de futuras revisiones y de recuperación. ¿Y mi pareja? Ahora la traen, esta vez parece que sí es cierto. Y sí, al cabo de diez minutos una camilla entra en la habitación y la mamá de Júlia se reúne con nosotros al fin. Cansada, demacrada, sin fuerzas, aún hace un último esfuerzo y le da de mamar por primera vez a su hija, que se engancha con ganas. Ha ganado la vida. Ya respiro.

Sin embargo, que nadie se equivoque: que el nacimiento de Júlia haya sido una experiencia tan traumática no significa que no haya sido algo absolutamente maravilloso. Es cierto que, como cantaba Antonio Flores en aquella canción dedicada a su hija Alba, su “llegada al mundo fue así, te costó salir”, que no hemos visto la poesía durante esas 48 horas que han sido las peores de nuestra vida, pero el nacimiento de Júlia es lo mejor que nos ha pasado. Poesía es ella en sí misma, cada uno de sus gestos y sus miradas, sus llantos en mitad de la noche y sus ruiditos, sus mofletes y sus piernecitas y sus bracitos, su forma de alimentarse del pecho de su madre. Ahora ya todo aquello ha pasado, todo lo que no podía salir mal y que durante muchos instantes adquirió el oscuro tono de lo peor no es más que un recuerdo, una experiencia de la que aprenderemos y que nos hará madurar, algo, en definitiva, que ya nos ha hecho más fuertes. Júlia remonta y se acerca al mes de vida ganando más del doble de peso de lo normal durante la última semana, recupera todo lo que perdió en su batalla por su propia vida, y su mamá ya ha dejado de medicarse, y aunque para la recuperación completa aún le faltan unos cuantos meses, se encuentra mucho mejor. Y a mí me enorgullece tener en mi vida a dos luchadoras como ellas, me contagian su fuerza, y me hacen sentirme el hombre más afortunado y feliz del mundo.

Sé que se suele decir que todos los padres esperan de sus hijos grandes cosas, y a propósito de esto cito a un exprofesor de latín y amigo, que a raíz del nacimiento de Júlia me escribía: “como es fruto del amor, será una niña encantadora y amable y cariñosa”, y no puedo desear algo más importante que eso para mi hija. Bueno, sí, que sea muy feliz, algo que su concepción bajo la influencia de Amor (puro amor, sin necesidad, ni urgencia, ni trauma, una feliz casualidad biológica entre dos personas que se aman) parece garantizarle[2].

Por último, pero no por ello menos importante, me gustaría dedicarle un espacio en este post a toda esa buena gente que ha estado con nosotros todo el tiempo (y a los que les pido perdón si los he saturado con las fotos de mi hija; soy un papá orgulloso, y eso puede convertirlo a uno en un auténtico pesado, pero no puedo dejar de compartir mi dicha con la gente que me quiere y a la que quiero): familiares, amigos, compañeros-amigos y compañeros a secas, vecinos y conocidos. Bien es cierto que sin vosotros, sin vuestro amor, sin vuestro interés y sin vuestro afecto hubiésemos salido igualmente adelante, porque somos así, llevamos toda una vida creciéndonos frente a la adversidad, pero eso no implica que todo haya sido mucho más fácil sintiendo vuestro aliento. A todas y todos vosotros, que ya sabéis perfectamente quiénes sois, os digo que tenéis nuestra gratitud eterna.


[1] Aunque sé que muchas personas piensan que la escritura siempre bucea en el pasado, y en efecto así es la mayoría de las veces, para mí es algo que debe ser concebido por y para el futuro, ésa es su mayor grandeza. Y así leo yo hoy ese antiguo post.
[2] ¿Recordáis las palabras al respecto de Vincent Freeman/Jerome Morrow, el personaje interpretado por Ethan Hawke en Gattaca?
 
 

Autor: Alfredópolis

Padre, por encima de todo. Filólogo de formación (Premio Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona) y editor de profesión. He publicado artículos, reseñas, críticas y relatos en diversas revistas literarias (todos ellos disponibles en este blog).

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