30. Leer (y escribir)

El pasado 7 de junio se presentaba, en un acto presidido por el entonces conseller de Cultura Santi Vila (el yerno perfecto, en dura pugna con Albert Rivera: joven, guapete, barbita arreglada, ultraliberal y… ¡llibrèfil!), en la Fundació Tàpies de Barcelona, el Pla de Lectura 2020.

Vaya por adelantado que, como amante de la lectura que soy (lletraferit, mejor dicho; prefiero, con diferencia, la palabra catalana; en castellano no existe un equivalente tan bello), compartí vía Facebook un artículo de Bernat Puigtobella[1] para Núvol, donde el periodista se hacía eco del futuro acto que se iba a celebrar y citaba a algunos de los autores, críticos, editores, traductores y otras personas del mundo de la cultura que han participado en el volumen Per què llegir que ha editado la Conselleria junto al ya mencionado Plan. Y aunque el propósito de este post era y es dedicarle unas cuantas líneas al fenómeno de la lectura (y de la escritura), no he podido resistir la tentación de leerme un plan que, a priori, parece una buena idea (cualquier cosa que fomente la lectura tiene que ser buena, ¿no?). Así que antes de seguir adelante, comento lo más brevemente que pueda qué me parece el “revolucionario” plan puesto en marcha por la Conselleria de Cultura de la Generalitat de Catalunya y luego ya me centro en cosas más serias.

Ya en el Prólogo del Plan[2], firmado por el muy honorable Santi Vila i Vicente[3], se manifiesta que, en aras de la creación de una sociedad realmente educada, culta y finalmente libre, se impulsa el nuevo Plan para incentivar el hábito lector, según manifiesta el conseller llibrèfil, prioridad (cultural, se entiende) de esta legislatura que estamos viviendo… ¿de verdad que ésta es la prioridad cultural? ¿Lo que interesa es que la gente lea y a ello se dedican todos los esfuerzos y medios disponibles? Yo tengo una opinión muy distinta, que no manifestaré, pues no quiero precipitarme, así que voy a hacerle caso al señor Vila y seguiré leyendo crítica y atentamente sus propias palabras…

[Entienda el lector que ésta y la siguiente pausa que la seguirá intentan reproducir el tiempo que quien esto escribe tarda en nutrirse de la prosa didáctica del conseller]

¡Vaya, veo que el conseller llibrèfil (o quien le ha escrito el Prólogo) es un tío culto, pues parafrasea, aunque no reconoce la fuente, sin duda un rasgo de actualidad, el clásico texto de Immanuel Kant Respuesta a la pregunta: ¿qué es la Ilustración?[4] (La cosa promete, ¿verdad? Reconozco que me ha excitado el intelecto). El sueño ilustrado, dice… yo me sé otra máxima ilustrada: “todo por el pueblo, pero sin el pueblo”, y esto empieza a apestar a despotismo, veremos si me equivoco…

[… ¡Ajá! ¡Te pillé, bandido!]

Creo que por fin he dado, 22 líneas después, con la verdadera prioridad de la legislatura: el conseller, cual mago que se precie (o trilero, mejor dicho), convierte ante nuestros ojos un acto íntimo y privado (y es que no vivimos en tiempos de aedos ni rapsodas, Bob Dylan mediante), la lectura, en un proceso colectivo, y compara la libertad individual que puede experimentar quien lee un libro con el anhelo de quien desea la independencia como salida al yugo de una supuesta represión, además de identificar a quien lee, el culto, el guay, el diferente (en sentido positivo), con los que piensan como él. Menos mal que ya nos ha avisado de que teníamos que poner en práctica la lectura crítica, eso sí que lo tiene este buen señor… Pues bien, ya tenemos la cultura supeditada a un objetivo político; quien se nos presentaba como paladín del libro acaba de mostrarnos su verdadera intención: la lectura, al contrario de lo que manifestaba el conseller inicialmente, no es un fin en sí mismo, sino un medio. Y sólo nos hemos leído el Prólogo… Fantástico esto de la deconstrucción, ¿verdad?

Pero, sigamos, que la cosa promete no tener desperdicio: una vez fijado el objetivo, a nadie se le escapa que puede haber diferentes formas de alcanzarlo; a un destino concreto se puede llegar por arriba o por abajo, y por la izquierda o por la derecha. Así que, ¿qué nos deparará el Pla de Lectura 2020? Pues no hace falta avanzar demasiado en el documento, porque en la introducción, a cargo del periodista Quim Torrent Frigola, Director general de Creació i Empreses culturals (¿Empresas culturales? ¿Cultura y empresa formando un mismo sintagma cuyo núcleo es empresas? ¡Suena la fanfarria ultraliberal! ¡Vargas Llosa acaba de tener un amago de erección!), después de mencionar la postverdad (interesante concepto, sin duda), se nos informa de que las veinte medidas del Plan no se doblegarán (¡por fin!) ante los cambios que puedan experimentar las circunstancias políticas, económicas o financieras, pero que (ay, amigos, siempre hay algún pero), para lo bueno y paro lo malo, estarán sometidas a las disponibilidades presupuestarias… ¡en qué quedamos, señor Torrent, que me tiene usted la picha hecha un lío con tanto sí, pero no! ¡Menudo brindis al sol que nos están vendiendo!

Va, sin que sirva de precedente, vamos a confiar en estos políticos que sí que dicen la verdad en la época de la postverdad, leamos el documento hasta el final, que, además, las fotografías que lo acompañan son muy chulas…

[Pausa parecida a las anteriores, pero sin tanto deleite; la descripción de las veinte medidas del Plan no tiene ni punto de comparación con la exquisita prosa del conseller llibrèfil]

Pues una vez leído dónde va a ir el dinero del contribuyente (en caso de que las disponibilidades presupuestarias así lo permitan, ya estamos advertidos) para esto de fomentar la lectura, veo que no se ha pensado destinar ni un céntimo a las bibliotecas escolares (iba a escribir también públicas, en referencia a las escuelas públicas, pero tampoco quiero provocarle un sarpullido a ningún miembro del govern). Así que, ¿para qué y para quién se destina este plan? Porque los que amamos la lectura y la hacemos formar parte de nuestra vida como algo normal (y es que se trata de normalizar, no de prestigiar, los lectores no somos más guays que el resto ni somos una especie evolucionada del Homo sapiens sapiens, ni otras paparruchadas por el estilo), sabemos que para que el hábito lector se cree y se consolide son necesarias dos cosas: la primera, que en los centros educativos (y si son públicos, mejor, ni que sea por aquello de hacer llegar al máximo número de personas la iniciativa…) se disponga de las bibliotecas adecuadas y de tiempo para que los más jóvenes descubran eso tan maravilloso que son los libros; y la segunda, que en los hogares la lectura sea algo normal, para que pase de padres a hijos. Y como veo que el llibrèfil no se quiere enterar, le adjunto Stages of the reader, una viñeta muy pedagógica del siempre genial Grant Snider, a ver si para el próximo plan nos olvidamos de tanta ilustración despótica y manipuladora, y nos centramos de verdad en la cuestión, ¿eh, conseller?:

Supongo que a nadie le habrá sorprendido que el Pla de Lectura 2020 no sea más que pura propaganda simpática (desde arriba en la escala social y por la derecha en cuanto a ideología), o no debería, ya sabemos qué tipo de personas son éstas de la antigua Convergència (en lo económico y social, una suerte de PP cuya lengua vehicular es el catalán, de igual modo que ERC es una suerte de PSOE, con el añadido de algún tuitero-regordete-ídolo-de-masas). Pero no me detengo más en una iniciativa que no va a ningún lado, y me ocupo ya de la lectura en sí misma, a ver si consigo vendérsela a alguien.
En efecto, como bien apunta alguna de las opiniones que recoge el artículo de Puigtobella, la lectura no sirve absolutamente para nada, podemos seguir viviendo sin haber leído jamás un libro, en caso contrario la especie humana ya haría tiempo que estaría en serio peligro de extinción. Pero aunque leer no nos sea útil para nada, pocas veces, y éste era el comentario con el que presentaba el artículo cuando lo compartí en Facebook, algo tan inútil resulta, a la postre, ser tan útil. Pero ¿para qué es útil entonces?
Quien esté pensando que la respuesta a la pregunta sobre la utilidad de la lectura tiene que ver con el dinero, motor de nuestro mundo, anda muy despistado. Tampoco me voy a dedicar a copiar aquí citas célebres de escritores del tipo “quien lee vive seis mil veintisiete coma tres vidas, y quien no lee se resigna a vivir sólo una”. Tengo la impresión de que esta mitificación (aparte de ser útil en las presentaciones de los malos pedagogos) de la lectura sólo complace a quienes ya leemos habitualmente, y quienes ya leemos habitualmente no necesitamos que nos canten las virtudes de algo que ya sabemos que es maravilloso. Lógico, ¿no? Si se trata de incentivar la lectura, se debe normalizar el acto lector. No en vano, desde los albores de la cultura, la lectura, en forma de literatura oral, ha estado siempre presente en la vida de los seres humanos, es ahora cuando la hemos echado de nuestras vidas o, mejor dicho, pienso yo, cuando algunos sectores económicos, políticos y sociales han hecho lo posible no sólo para que no leamos, sino para que le bordemos la letra escarlata a quien decide libremente pasar su tiempo libre ocupado en una actividad tan aburrida e improductiva como leer. Para que nos entendamos, es mucho más digno de respeto y admiración aquél que corona una cima o que corre 10 kilómetros diarios equipado con su reproductor musical para no pensar que aquél que lee 100 libros al año para pensar más y mejor… y o yo soy muy raro, o aquí hay algo que no funciona como debería funcionar.
Y es que la lectura es fundamental para el pleno desarrollo del ser humano, entre otras muchas cosas, porque amplía nuestro vocabulario: ¿recordáis a Wittgenstein y aquello que decía sobre que los límites de nuestro mundo son los límites de nuestro lenguaje? Pues es así, todo lo que no sepas nombrar no existe, la vida es lenguaje y símbolos que hay que interpretar. Además, la lectura permite fijar la ortografía y las estructuras sintácticas de la lengua que hablemos para poder comunicarnos con el resto de hablantes de forma adecuada, correcta y coherente. Asimismo, quien lee, analiza, y quien lee mucho, en consecuencia, analiza (“vive”) numerosas situaciones que siempre serán susceptibles de ser aplicadas a la vida cotidiana de cada individuo (vamos, que es muy probable que sea más difícil que nos la den con queso). La lectura también ejercita el cerebro, el músculo más importante del cuerpo humano y que nunca se trabaja en un gimnasio. Claro que nunca lo podremos vestir con unos leggins o con una camisetita ajustada, y no suele ser muy fotogénico… La lectura, además, es fundamental para la adquisición de conocimiento (sí, ya sé que cada vez que se habla de adquirir conocimiento -“inútil”- muere un gatito en el mundo, a un pedagogo le entra diarrea, a un político le tiemblan las piernas y a una mamá moderna se le tuerce el gesto porque va en contra de la enseñanza orientada a las capacidades específicas de su hijo, que lo conducirán, haciéndole el trabajo al futuro departamento de recursos humanos que se ocupe de su caso concreto, a empaquetar en cajas de cartón objetos fabricados por máquinas en una fábrica cualquiera). La lectura, en definitiva, enriquece y amplía nuestra visión y nuestra experiencia y nuestra interacción de y con el mundo, y no deberíamos dejar que nadie nos hiciese olvidarlo. ¿Pueden existir motivos más poderosos para lanzarnos a leer un libro tras otro? Para mí no los hay, pero ya decía al inicio de este post que soy un lletraferit, así que nadie tiene que convencerme de nada.
Quien esto escribe devorando El cerdo que quería ser jamón, de Julian Baggini.
Los caminos de la lectura son inescrutables, y es muy posible que nuestra incursión en este mundo nos lleve a acabar escribiendo también nosotros para que nos lean otros. De hecho, siempre que alguien me ha preguntado cómo podía aprender a escribir bien (o correctamente, que no es lo mismo: se puede escribir bien pero no correctamente, y del mismo modo se puede escribir correctamente pero no bien; en todo caso, a ambas cosas se llega de la misma forma: ¡leyendo! También es cierto que lo más frecuente es no hacerlo bien ni correctamente, todo hay que decirlo; lo que sí está claro es que quienes mejor y más correctamente escribe pocas veces dice de sí mismo que lo hace, así que algo relacionado con la humildad también interviene en esto), mi respuesta ha sido: ¡leyendo! Es muy cierto eso de dime qué lees y te diré cómo escribes.
Así las cosas, yo escribo, lo cual no hay que confundir con que soy escritor: escribo cuando puedo en este blog (de hecho, es el patito feo de mi escaso tiempo libre, de ahí que no publique muy frecuentemente y que todos los temas sobre los que escribo sufran cierto delay) porque me divierto haciéndolo, porque la escritura me relaja y me ayuda a pensar (de hecho, en muchas ocasiones no sé a ciencia cierta qué pienso sobre algo hasta que lo pongo por escrito), porque la escritura actúa como catarsis, tiene un efecto reparador en mí, y porque, en cierta manera, la escritura siempre ha sido una necesidad que, tarde o temprano, tengo que satisfacer (como un yonqui con su adicción, para que nos entendamos). Pero eso no significa que sea escritor, no me gano la vida con lo que escribo, no publico y no sé si algún día intentaré publicar algo (sobre todo por mi alto nivel de autoexigencia, que si lo que quisiese es publicar, ya podría haberlo hecho; no sé, para publicar algo con lo que no esté satisfecho intelectualmente siempre estoy a tiempo); supongo que sé lo suficiente de narrativa, poesía y teatro como para no llamarme escritor (y eso que la tentación es grande, que con esto de las redes sociales y de la autopromoción hay un montón de nuevos-y-geniales-escritores-que-no-escriben-o-lo-que-escriben-no-vale-ni-para-equilibrar-la-mesa-coja, así que es fácil llegar a pensar que si X dice que lo es, ¿qué no seré yo, que lo hago infinitamente mejor?). Pero escribo, y me gusta hacerlo. Y me gusta que mi pareja se emocione cuando le escribo algo, y que se le inunden los ojos de lágrimas cuando escribo sobre nuestra hija, o que alguien se ponga en contacto conmigo a raíz de la última entrada que publiqué en este blog (Into the Wild) porque había tenido a una suerte de McCandless en su vida al que no había entendido en su momento pero que ahora, después de leer mi texto, veía con otros ojos. Eso es lo que encuentro gratificante de la escritura, de mi escritura, la posibilidad de conexión emocional e intelectual con otras personas: encontrar nuevas palabras más allá de las palabras. El resto, el business, la fama, no me interesan.
Sin embargo, y con esto me despido, como decía el gran Borges, “uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído”. Y Borges es Dios.


[3] Como curiosidad, el señor Vila se inició en esto de la política en las filas de ERC, y, vaya por Dios, si hubiese sabido qué postura ideológica acabaría haciendo suya el partido de Junqueras, bien podría haberse ahorrado el cambio. Eso sí, las conselleries habrían tenido que esperar un poco más…
[4] “Perquè afavorir l’hàbit de la lectura és condició necessària per poder disposar de ciutadans capaços d’encarnar el somni il·lustrat que va imaginar que, un dia, els humans podríem abandonar definitivament la nostra autoculpable minoria d’edat, foragitar la ignorància, la superstició i els prejudicis, i afirmar el triomf definitiu de la raó.” Pla de Lectura. Vol. 1.

Autor: Alfredópolis

Padre, por encima de todo. Filólogo de formación (Premio Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona) y editor de profesión. He publicado artículos, reseñas, críticas y relatos en diversas revistas literarias (todos ellos disponibles en este blog).

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s