28. Triste epístola desde el exilio

Se cuenta que el poeta elegíaco Ovidio, por orden del emperador Octavio Augusto, fue exiliado a orillas del Mar Negro, en concreto al bárbaro país de los getas, en la actual Rumanía[1].

Desde allí escribió sus últimas dos obras, Tristia y Epistulae ex Ponto (aunque la autoría de los últimos libros de esta última parece que no se debe a Ovidio), dirigidas al emperador, a su familia, a sus amigos y a sus enemigos para que intenten favorecer su retorno, y, finalmente, a la posteridad, que se convertirá en la receptora de sus dísticos gracias a la inmortalidad literaria. En efecto, una vez que va perdiendo la esperanza de volver alguna vez a la ciudad de las siete colinas, reflexiona con amargura y desencanto sobre su entorno, sobre su existencia y sobre su poesía (es, quizá, la primera reflexión metapoética moderna, que sorprende cuando se lee por la actualidad de las concepciones literarias que expone el de Sulmona).

J. M. W. Turner: Ovidio desterrado de Roma (1838).
Y salvando las distancias, yo, hoy, me siento Ovidio (de hecho, de igual modo que “todos somos Homero”, pienso que la gran mayoría deberíamos sentirnos Ovidio): desencantado, triste, exiliado, en un entorno “hostil” y como aquél que predicaba en el desierto pero con la certeza de que ningún dios acudirá a enseñarme el camino recto. Pero a diferencia del poeta, mi exilio, aunque no deja de ser forzado, no me resulta desagradable. Al contrario, a mí es Roma quien me repugna, y ni romano soy ni a Roma adoro, ni en Roma creo ni a Roma amo. Me explico:

El pasado día 19 de este mes las cosas andaban revueltas por la editorial donde trabajo como consecuencia de la serie de artículos relacionados con la supuesta manipulación de los libros de texto catalanes que la máquina de propaganda española y españolista publicaba. Y me hizo tanta gracia uno de los artículos en cuestión (no hay cosa más divertida que el periodismo una vez que eres consciente de que sólo sirve al poder; en caso contrario, no hay cosa más peligrosa), que lo compartí en Facebook. En concreto, hablo del publicado por ABC y titulado “Cómo Cataluña inculca el odio a España en las aulas”[2]. Además, para que quedase clara cuál era mi intención, que ya se sabe que tendemos a malinterpretarlo todo, lo acompañé del comentario siguiente: “cómo adoctrinar hablando del supuesto adoctrinamiento de otros, clase práctica impartida por el sindicato minoritario afín a Ciudadanos AMES y el periódico rancio ABC (que yo no sé por qué al periodismo se le llama el cuarto poder, cuando siempre ha sido, es y será un apéndice del primero). Y que éste sea el alimento con que se nutren las mentes de los españolistos… por no hablar del daño que estas gilipolleces le hacen a las editoriales en cuestión, de cuya existencia depende el sueldo de muchísimos trabajadores… en fin, una mierdaca más de este rollo que sirve para ir disimulando la corrupción y el retroceso económico y social. ¡Bravo por todos nosotros!”

Creo que como queda meridianamente claro, mi comentario perseguía los siguientes objetivos:

1. Señalar la perversión con que el periodista y el medio de comunicación utilizan el lenguaje; sí, adoctrina denunciando otro supuesto adoctrinamiento. Y es que con estas cosas sucede lo mismo que cuando se habla de lo perniciosos que son los nacionalismos, y eso te lo dice, claro está, un nacionalista español. Pero eso es lo normal, ¿no? ¡Hay que llevar a España en el corazón! ¡Claro que sí, guapi!
2. Señalar que el sindicato no es nadie, y que el ABC tampoco. Bueno, sí, herramientas de manipulación y adoctrinamiento.
3. Que hay que ser muy poco inteligente para que tus opiniones (las que hablan por boca de la verdad absoluta, ¡por supuesto!) se basen en este tipo de informaciones. Así nos va…
4. El riesgo que suponen para las empresas (y esto me preocupa porque sin empresas no hay trabajo) y, sobre todo, para sus trabajadores, este tipo de cosas. Los trabajadores catalanes podemos “hablar raro”, alimentarnos de bebés recién nacidos los días impares y odiar a muerte a los españoles, pero necesitamos trabajar para pegarnos la gran vida a costa del resto de España (salpimiéntese todo esto con ironía, sarcasmo y mala leche, de lo contrario no acabará de entenderse el sentido que quiero darle a esto que escribo).
5. Felicitarnos a todos por seguirle el juego al poder, al catalán y al español, y no ocuparnos de lo que realmente importa: nosotros somos el ojo de Sauron al que se distrae; ellos, Frodo y Sam, que ya se nos han metido por la retaguardia y siguen perforándonos poquito a poco. Y aunque ya notamos cierto escozor, aún no nos hemos dado cuenta de que la infección nos está costando la misma vida.

Pero no hay nada que hacer, ya estamos todos revisando las hemerotecas en busca de aquel artículo de aquella editorial española que publicaba aquella información filofascista, o hablando de los pitos a un himno o del rechazo a una bandera (¡qué oportuno que un equipo catalán y uno vasco hayan llegado una vez más a la final de la Copa del Rey de fútbol!), jugando a este y tú más del que no quieren que salgamos. Porque si en algún momento salimos, se les desmonta el chiringuito a todos estos políticos que nos gobiernan.

¿Pero entonces tú qué eres: español o catalán? ¿Independentista o no independentista?, me han preguntado quienes han hablado de este tema conmigo alguna vez. Pues ni una cosa ni la otra, sinceramente. La vida no es el fútbol, que si no eres del Madrid tienes que ser del Barça, no es todo blanco o negro (o azulgrana), afortunadamente. De hecho, considero igualmente limitaditos intelectualmente a los unos y a los otros (y si alguien se ofende, que se fastidie; a mí sus tonterías me afectan cada día y ya estoy muy harto de tanto tonto y de tanta tontería), igualmente dañinos. Y mis últimos votos, no me sonroja decirlo, al contrario, han ido a parar a Podemos, En Comú Podem y a la CUP, que son las propuestas políticas que mejor representan mi ideología, al margen de patrias, himnos y banderas. Porque a mí, y a ti, si te los piensas un poquito, los temas patrióticos no me tocan el corazón, sino que me afectan al bolsillo, a la salud, a la educación, en definitiva, a todo aquello que nos están robando mientras los orcos de uno y otro lado se lanzan pullas. ¿Qué queréis que os diga? Ser de izquierdas no es votar a partidos que incorporan el adjetivo obrero o el sustantivo esquerra a sus nombres pero que después aprueban y apoyan leyes de derechas. Y eso es lo que sucede tanto en España como en Cataluña, ni más ni menos. Pero no, aquí en Cataluña, en caso de conseguir la independencia todo va a ser diferente, ¿verdad? La derecha rancia catalana (Convergència o PDECat, que aunque la mona se vista de seda…) y la derecha con disimulo (ERC; ¡qué diferencia entre lo que dicen en el Congreso o los tuits de Rufián y lo que aprueban desde la Generalitat! ¡Valientes hipócritas traidores!) van a hacer políticas diferentes a las que hacen PP, PSOE y Ciudadanos desde Madrid… ¡claro que sí, guapis, ya lo estamos viendo![3]

La identificación con la patria es un truco que tiene miles de años y que sirve, en efecto, para que nada cambie. Ya desde la República (¡leed a los clásicos, cabrones!) sabemos que la defensa a ultranza de la tierra sirve para mantener un régimen clasista, antidemocrático, que aunque no es inamovible, sí está basado en una perversa meritocracia (los méritos tienen que ser observados y valorados por otros, los ciudadanos del primer nivel), y que se sostiene con una ficción inventada por el poder: la tierra es nuestra madre, nuestra nodriza, y moriremos por defenderla de cualquier ataque externo. ¿Tengo que hacer yo los paralelismos? Creo que no…

Y es que, y con esto voy acabando, cualquier cambio necesariamente tiene que venir desde abajo, ya tenemos suficiente de “todo por el pueblo, pero sin el pueblo”, de este neodespotismo ilustrado que nos hace transitar por caminos que sólo interesan a unos pocos. Cualquier cambio, finalmente, tiene que venir de la clase obrera. Y éste es el verdadero problema, que a diferencia de los primeros movimientos obreros, hoy en día nadie es un obrero o, por lo menos, nadie quiere sentirse un obrero. Nos han adoctrinado tan bien, unos y otros, que nos han hecho pensar que la lucha obrera es cosa de otro siglo, ya lo obrero nos suena a sucio, nos huele a sudor, nos parece ignorante, hasta ofensivo. ¿Cómo voy a ser un obrero si tengo un sueldo que me permite tener una casa en primera línea de mar o vivir en un barrio residencial? ¿Si el sueldo de mi marido o de mi mujer me permite dar la vuelta al mundo en ochenta días? ¿Si trabajo sentado en una oficina protegido de la intemperie y visto de traje y corbata? ¿Si tengo una mutua médica y llevo a mis hijos a un colegio de élite? ¿Si me puedo comprar un móvil de última generación y no me falta absolutamente de nada? ¿Si puedo ir al teatro, o a museos, o al fútbol? Pues yo te digo que, además de ser un obrero, eres tonto o tonta de remate y, además, un cáncer para los de tu misma clase social. ¿Podrías seguir conservando todo eso si te faltase el trabajo? ¿Tu patrimonio te permitiría vivir de las rentas? ¿No? Pues entonces eres un obrero, bienvenido seas al mundo real, has conseguido salir de Matrix. Y los obreros luchan por sus derechos, y no tienen patria (de ahí aquello de la Internacional que estudiaste un día para olvidarlo para siempre), porque saben que sea cual sea su bandera, no representará sus intereses.


[1] Digo “se cuenta” porque ya desde mediados del siglo XX se alzan voces, la de A.G. Lee en concreto, que manifiestan que las poesías del exilio no son más que una invención del narizón, por decirlo de alguna manera, una artimaña literaria del de Sulmona (quien, a decir verdad, siempre fue muy moderno en cuanto a su concepción poética) sin parangón en las letras clásicas. Además de la propia historia, pues no se conserva ningún documento que confirme tal exilio, otros estudios de finales del XX, como los de Fitton Brown o el de Alvar Ezquerra, profundizan en la hipótesis de que Ovidio nunca fue exiliado. Sin embargo, yo soy de los que prefiero pensar que sí fue así, que los misteriosos carmen (¿el Ars Amandi?) et error (¿las correrías nocturnas de Julia, la hija del emperador?) que tanto molestaron a Octavio sucedieron en realidad, y que tanto Tristia como Epistulae ex Ponto recogen, entre otras cosas, la desesperación de quien es obligado a abandonar Roma.
[3] Que no se me malinterprete, todo esto no quiere decir que me alinee con quienes se niegan a que se haga un referéndum de autodeterminación vinculante en Cataluña. Al contrario, soy tan profundamente democrático que quiero que los catalanes votemos, aunque mi voto vaya a ser negativo (porque no vamos a encontrar nada nuevo bajo el sol). Soy tan profundamente democrático como para querer que la independencia de Cataluña se decida en un sistema de votación basado en “un ciudadano, un voto”, y no que se decida unilateralmente basándose en la trampa de un sistema de votación para elegir representantes en el Parlament. Soy tan profundamente democrático que lo votaría de forma directa todo, desde el sistema político monárquico de herencia fascista que tenemos hasta si estos personajes que nos gobiernan (en realidad, que se gobiernan) merecen el oxígeno que respiran.

Autor: Alfredópolis

Padre, por encima de todo. Filólogo de formación (Premio Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona) y editor de profesión. He publicado artículos, reseñas, críticas y relatos en diversas revistas literarias (todos ellos disponibles en este blog).

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