25. Stranger Things

Desde un tiempo a esta parte, lo confieso, vivo en diferido. Se me acumula la literatura por leer, y no digamos ya las series o las películas. Para bien o para mal, no dispongo de demasiado tiempo de ocio, y no creo que las cosas cambien en un futuro, así que, por decirlo de alguna manera, voy a remolque de la actualidad. Pero desde que la estrenaron, había una serie en especial, Stranger Things, que tenía muchas ganas de ver, y por fin, hace escasas fechas, he podido hacerlo.

Reconozco que siempre me informo y siempre desconfío antes de iniciar cualquier serie. Como ya he dicho, mi tiempo libre es muy limitado, y no estoy para que me tomen el pelo (y lo mismo vale para cualquier otra cosa que alguien me aconseje: una película, una novela, una obra de teatro; exigente que es uno, supongo). Y aunque me dio mucho miedo lo que leí y escuché sobre el producto escrito y dirigido por los hermanos Duffer para Netflix (no porque las críticas fuesen negativas, sino por todo lo contrario: la cosa apestaba a comercial que echaba para atrás), decidí empezar a verla. No sé, supongo que me voy haciendo mayor y que todo aquello que me recuerda a la infancia, ese tiempo feliz y sin complicaciones al que jamás volveré si no es viajando en mi memoria, mi DeLorean particular, goza de bula de inicio.

Y es que, en efecto, Stranger Things es un homenaje a las películas norteamericanas de los años 80: proporciona horas de diversión si uno acepta jugar a identificar las escenas de aquellos filmes que alimentaron nuestra imaginación (¿y acaso nuestros sueños y pesadillas?) cuando éramos niños: Alien, E.T., Los Goonies, Indiana Jones, Encuentros en la tercera fase, Tiburón, Poltergeist, Pesadilla en Elm Street, Star Wars, Están vivos, Carrie, Indiana Jones, Ojos de fuego… todas ellas y algunas más están muy presentes, explícita o implícitamente, en la serie de los Duffer.

Sin embargo, si todo quedara en eso, si Stranger Things no fuese más que un simple pastiche de esas películas, no estaría ahora escribiendo sobre ella. El mérito de la serie es precisamente ése, saber utilizar otros textos, numerosísimos, para crear uno nuevo que se sostiene por sí mismo. Esto es, no es necesario haber visto ninguno de los referentes para que la serie te enganche; aunque si lo has hecho, mucho mejor para ti, tu “lectura” será más rica y profunda, y por supuesto, creo yo, mucho más entretenida.

La trama se sostiene, con acierto, sobre un grupo de niños de doce años que pasan los días, y nunca mejor dicho, jugando a Dungeons & Dragons (para los niños de este milenio: se trata de un juego de rol[1], es decir, un tablero, unos dados, unas cuantas figuras y mucha, muchísima imaginación, y, por supuesto, nada de tecnología, realidad virtual o cualquiera de esas cosas que amenazan hoy la sociabilidad humana), que son unos enamorados de la Tierra Media de Tolkien y de todo aquello que suene a ciencia ficción o tenga que ver con lo fantástico.

El porqué es un acierto es algo que ya sabían muy bien los directores de aquellos filmes ochenteros de los que se nutre la serie: por un lado, por esa capacidad que sólo tienen los niños, primero, de sorprenderse, y segundo, de incorporar lo raro, lo extraño, lo fantástico en definitiva, a su cotidianidad (sí, eso que nos pasamos nuestra vida de adultos añorando, seamos capaces o no de identificarlo, de verbalizarlo, de explicárnoslo a nosotros mismos); si eres un niño, querrás ser Mike, Dustin, Lucas o, incluso, Will (u Once), y vivir las aventuras que ellos viven; por otro lado, si eres un adulto, te ganarán por su simpatía, por su inocencia, por la nostalgia de aquel tiempo ya pasado o por puro proteccionismo (yo voy a ser padre de una niña en relativamente poco tiempo, así que no creo que haga falta que añada nada más al respecto).

Pero estos niños no estarán solos frente al peligro, representado, en este caso, por el gobierno de los Estados Unidos, que está llevando a cabo unos experimentos secretos para hacer frente a los soviéticos (la serie se ambienta a mediados de los años ochenta, en la fase final de la Guerra Fría), y por un monstruo que ha visto abiertas de par en par las puertas de acceso a nuestro mundo como consecuencia de esos experimentos, sino que recibirán la ayuda de dos hermanos ya adolescentes que al principio se muestran escépticos, pero que acaban sucumbiendo a la lógica de esos locos bajitos (os suena, ¿verdad?). La ayuda adulta, también típica de aquellas películas ya lejanas, se la proporcionan la madre de Will, representada, y muy bien, por cierto, por Winona Ryder, y el jefe de policía Jim Hopper (grandísimo trabajo el de David Harbour). Además, no me puedo olvidar de la que para mí es la gran estrella de la serie, Millie Bobby Brown, que interpreta con maestría el personaje de Once, mi preferido (hasta el punto de que tengo colgada una foto suya en una de las paredes de mi despacho), una niña con capacidades psicoquinéticas que será fundamental para entender todo lo que ha ocurrido, ocurre y ocurrirá en el pequeño pueblo de Hawkins.
Y sobre Once me gustaría escribir unas líneas más (hasta ahora he intentado revelar lo menos posible sobre el argumento de la serie, no sea que haya alguien que se quiera enganchar ahora, pero es muy probable que a partir de este momento se sucedan los spoilers; vayan por adelantado mis disculpas): reconozco que quedé tan fascinado por el personaje (entendedme, hacía poco tiempo que sabía el sexo de mi futura hija) de Once que empecé a leer por Internet las opiniones que sobre ella tenían el resto de fans de Stranger Things.

La verdad es que casi todos coincidimos en la grandísima interpretación de la joven actriz, todos estamos admirados con los poderes parapsicológicos de la niña y, en definitiva, todo el mundo coincide en que ella es la serie. Sin embargo, y es en este punto donde discrepo, la gente no parece ponerse de acuerdo a la hora de decidir quién es realmente Once. La opinión más extendida es que la niña y el monstruo son la misma persona. Y para llegar a esa conclusión, las opiniones se basan en palabras de la propia Once, que en un momento concreto confiesa que “yo soy el monstruo” (¡es tan literal el ser humano!).

En efecto, la niña declara ser el monstruo, pero, creo yo, que esas palabras se deben, antes que a una suerte de alteridad, a que es un ser humano, desprovisto de una infancia normal, cierto, y de buena parte del lenguaje humano (y de sus trampas también), y es esa condición humana la que la hace sentirse culpable, la que la lleva a identificarse con el monstruo. No en vano, es algo que hace ella lo que provoca la creación del portal a través del cual la criatura se abre paso desde El otro lado (The upside down, ¿‘el mundo al revés’?, ¿’el reverso de nuestro mundo’?) hasta el nuestro.

Yo tengo una idea muy diferente (y que conste que mi sentido arácnido ya me ha advertido de que soy “un hiperbólico andaluz” y de que voy a volver a lanzar una idea descabellada al mundo), basada en la información que me proporcionan tanto el nombre como la apariencia física de Once, pero también la misma serie, que creo que he visto con mucha atención.

El número que la niña lleva tatuado en su brazo, que sirve al inteligente Mike para darle un nombre a su nueva amiga, nos sugiere que antes de ella hubieron diez niños más que pasaron por las manos del doctor Martin Brenner (no hay un sujeto Doce, seguro, porque Once es la culminación del proyecto, el ejemplar perfecto de lo que los experimentos secretos buscaban desde hacía décadas). Así que de momento nos quedamos con eso, con el número once.

¿Y su aspecto físico? ¿Qué nos preguntamos la primera vez que vemos a Once? ¿Recordáis? Cabello rapado, va vestida con una pieza de ropa parecida a la de los hospitales… sí, no hay nada en ella que nos dé una idea de su sexo. Podría ser tanto un niño como una niña, y ninguna de las dos opciones nos sorprendería o con ambas quedaríamos igual de sorprendidos. ¿Veis ya por dónde voy? ¿No? Pues ahora mismo me explico, aunque para ello tengo que remontarme muchos siglos atrás.

Hay un personaje mitológico estrechamente relacionado con el hecho de ser hombre o mujer, con el número once y con algunas de las cualidades que tiene la niña de Stranger Things: Tiresias (expresiones de asombro, carcajadas, movimientos de cabeza significando negación; y no, ni he bebido ni soy víctima de ningún opiáceo), el adivino por excelencia del ciclo tebano. Según la versión más extendida (existe otra relacionada con la desnudez de la diosa Palas que me reservo para no escandalizar más al personal), paseaba el joven Tiresias por el monte, cuando se topó con dos serpientes en plena cópula. Víctima, tal vez, de un ramalazo precoz de virtud cristiana (ahora que estamos en Semana Santa…), o separó a los animalitos, o los hirió, o mató a la hembra, y como resultado de su intervención, quedó convertido en mujer. Siete años más tarde, se conoce que el hombre, y la mujer en este caso, es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra (o serpiente), paseando por el mismo lugar, volvió a ver a dos serpientes copulando y actuó del mismo modo, después de lo cual recuperó su antiguo sexo. Esa experiencia le valió para convertirse en juez de una disputa entre Zeus y Hera, que discutían sobre cuál de los dos sexos, hombre o mujer, disfrutaba más del acto sexual. Tiresias, que no perdió el tiempo durante los siete años que fue mujer, respondió que la mujer gozaba nueve veces más que el hombre en el acto sexual (vaya mierda de adivino, ¿no?), lo que le valió que Hera, muy enfadada por revelar el gran secreto de su sexo, lo cegase (a ver si va a proceder de aquí aquello de la ceguera y la masturbación que tanto gustaba a nuestros señores de la Iglesia). Zeus, en cambio, lo compensó con el don de la adivinación y con una larga vida, de unas siete generaciones humanas. Y es a propósito de ese don concedido por el Altitonante hijo del artero Crono cuando se establece la relación entre Tiresias y el número once.

Recordaréis, o no, que el Canto XI[2] de la Odisea narra el Descensus ad inferos de Odiseo, esto es, el paso de un mundo a otro, el de ultratumba, para consultar a Tiresias sobre cómo puede burlar la ira de Poseidón, encaprichado en hacer que el retorno a Ítaca sea un auténtico infierno[3]. Allí, a las puertas del Hades, es donde el astuto Odiseo recibe el oráculo del alma de Tiresias.

¿Y qué tiene que ver todo esto con Once?, os estaréis preguntando con muy buen criterio. Pues mucho, creo yo, porque además de la coincidencia en el número y en la ambigüedad sexual del personaje, resulta que la figura de Tiresias, más allá de lo que he relatado hasta este punto, ha sido vista por la cultura occidental como el mediador por excelencia: gracias a sus dotes proféticas, entre dioses y hombres; gracias a su experiencia con ambos sexos, entre hombres y mujeres; y gracias a su longevidad, entre los vivos y los muertos. ¿Y qué hace Once en el capítulo 8, titulado “La bañera”? Pues de mediadora y de profeta, es decir, de Tiresias: tras entrar en trance cual bacante, pone en contacto este mundo y el otro, indica dónde está Will antes de que el monstruo irrumpa en escena y descubre que otro de los personajes que habían desaparecido está efectivamente muerto. ¿Casualidad? ¿Interpretación forzada? Tal vez, pero, en todo caso, se trata de una interpretación más elaborada y mucho más divertida que limitarse a repetir las palabras que en un momento dado manifiesta un personaje.

Y con esto atravieso el portal y vuelvo a mi extraño mundo, a la espera de que estrenen la segunda temporada. Vale.


[1] Las excepciones no son la regla, sino que la confirman. Por todos es sabido que hoy en día este tipo de juegos tienen muy mala fama debido al eco que los medios de comunicación se han hecho de algunos tristes sucesos aislados. ¿Será porque realmente son malos o porque lo realmente malo es que la gente tenga imaginación? Porque si uno tiene imaginación, puede darle por pensar en realidades y soluciones alternativas… En fin, que es muy triste que los medios estén siempre al servicio del poder, incluso cuando no se dan cuenta de que lo están.
[2] En Middlesex, la novela de Eugenides, que se centra, entre otras cosas, en la vida de un personaje que es hermafrodita, también aparece un personaje, Capítulo XI, el hermano del protagonista, en el que siempre he querido ver el eco de ese canto de la Odisea (pero también es cosa mía, que en ningún lado he leído nada al respecto). De hecho, desde hace años vengo bromeando con que si algún día tenía un hijo, lo llamaría así, Capítulo XI. Por suerte, la gente que tengo a mi lado siempre ha sido más sensata que yo…
[3] ¿Sería consciente Artur Mas, cuando utilizaba el símil clásico, de que el viaje a Ítaca fue un infierno? ¿Y de que el único que logra volver con vida es Odiseo, el mandamás de la expedición? Si no lo era, si sólo fue la brillante idea de un asesor para dotar al proyecto de ese aura de prestigio que tiene la cultura clásica, me parece mucho menos grave que en caso contrario, porque, entonces, ¿qué papel nos tiene reservado al resto? A lo mejor espera vernos convertidos en cerdos mientras él se pega el festival con Circe, la hechicera… 

Autor: Alfredópolis

Padre, por encima de todo. Filólogo de formación (Premio Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona) y editor de profesión. He publicado artículos, reseñas, críticas y relatos en diversas revistas literarias (todos ellos disponibles en este blog).

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