24. Palabritas para Júlia

La vida es bella, ya verás
como a pesar de los pesares
tendrás amigos, tendrás amor.

Tu destino está en los demás
tu futuro es tu propia vida
tu dignidad es la de todos.

José Agustín GOYTISOLO

Dicen que en algunas partes del África subsahariana las familias no deciden el nombre de sus hijos recién nacidos hasta pasados unos dos años de su llegada al mundo. La mortalidad infantil es elevadísima en ese continente, y darle un nombre a algo, en este caso a un bebé, es darle vida; supone crear un vínculo afectivo que puede hacer aún más traumática la más que posible pérdida, así que inteligentemente deciden esperar a ver si la suerte les sonríe. ¡Cuán distinto debe de ser tener un hijo tan al sur!
Ajenos a tan terrible realidad, aquí, en el mundo occidental, decidimos mucho antes de que ese bebé vea la luz cómo se llamará; fantaseamos con cómo será, a quién se parecerá, si heredará ese rasgo propio o del otro que tanto amamos o detestamos; imaginamos de qué modo cambiará, para bien y para siempre, nuestras vidas. Aquí, en el mundo occidental, donde ser feliz es una obligación, todo debe ir bien. Y si no es así, lo disimulamos.
Sin embargo, y pese a todo lo anterior, las preocupaciones de cada uno son las preocupaciones de cada uno, por mucho que las desgracias ajenas puedan ayudar a relativizarlo todo en un momento dado. En mi caso concreto, en nuestro caso, porque un embarazo se vive en plural, por muy marginal que sea el papel que le toca al padre[1], no podemos decir que todo esté siendo miel sobre hojuelas. Tal vez a día de hoy sí que la situación se ha normalizado y empezamos a disfrutar, pero llegar hasta aquí, a la semana veintiuno (cinco meses y una semana para los que no estén familiarizados con la manera de medir el tiempo de quienes esperan un hijo) no ha sido nada fácil: no somos viejos pero tampoco jóvenes, y a esa circunstancia le sumamos algún hándicap, que no detallaré aquí, que aún convertía, y convierte, el camino que recorre la pequeña Júlia a 159 latidos por minuto en una empresa un pelín más heroica de lo normal.
¿Cuántas veces habremos escuchado que a un hijo se le quiere incondicionalmente, y que ese amor va emparejado siempre al sufrimiento y a la preocupación? Pues es absolutamente cierto. He perdido la cuenta de las lágrimas que nos has hecho verter, Júlia: de alegría, de tristeza, de miedo, de absoluta y pura felicidad, ¡y todavía no te tenemos con nosotros!
Pero un embarazo es un fenómeno que todo lo transforma, es algo tan grande que, por muy prudente que te hayas repetido mil veces que debes ser, por muchas metas volantes que te marques (la de las doce semanas, la de las veinte, ahora la de las 28, luego vendrá el parto…), te acabará arrastrando. Bueno, a ti y a toda la gente que forma parte de tu vida, aunque sea de refilón. La felicidad que es capaz de generar, por decirlo de alguna manera, nos contagia a todos.
Y así, con paso lento pero seguro, la ilusión se acaba imponiendo al miedo, la vida se abre paso, y la pequeña Júlia ya va siendo una realidad: ya sabemos el sexo y, en consecuencia, le hemos dado un nombre (Júlia, en catalán, la j inicial es fricativa prepalatal), y se desarrolla perfectamente, ajena a tanta preocupación y a tanta alegría. Ya existe, ya se la quiere y se la necesita y se la espera. Ya no se puede renunciar a ella. Ya se ha convertido en el primer y en el último pensamiento de todos los días, en el motivo principal por el que hago y dejo de hacer muchas cosas.
¿Qué puedo decirte a ti, pequeña Júlia, que eres sin ser? Simplemente que estoy deseando verte la carita, tenerte entre mis brazos, oír tu llanto, darte mordisquitos en el cuello y hacerte pedorretas en la barriguita; correr tras de ti cuando des tus primeros pasos por este mundo que será tuyo; ayudarte a coger el sueño mientras te cuento, a mi manera, los antiguos mitos griegos, o mientras me invento mil y una historias que tú protagonices. Me muero de ganas por salir a pasear contigo, llevarte al parque, y por jugar a mil cosas en casa aquellos días en que el tiempo no nos permita salir a la calle. Parece que ya escucho el tono de tu voz cuando articulas tu primera palabra y veo cómo te sale tu primer dientecito. No veo el momento en que pongas a prueba nuestra resistencia al sueño, y nos hagas reír con tu forma de ver el mundo, inocente, pura y sin las complicaciones de la vida adulta. Planifico vacaciones y excursiones, y me regocijo con los parecidos y las diferencias que irán surgiendo durante el proceso que te llevará a ser tú misma. Me veo volviendo del trabajo a toda prisa con la enorme motivación que supone pasar tiempo contigo. En definitiva, que cuento los segundos que faltan para que tu energía irrumpa en nuestras vidas y conviertas en tres lo que siempre había sido dos.
Sin más, me despido. Pero te aseguro que esto no es todo. A lo sumo, no es más que el prólogo de esta fascinante y bella historia que justo ahora empezamos a escribir juntos.
Te dejo con Palabras para Julia según Paco Ibáñez, a la espera de poder leerlo y escucharla juntos. Tu papi que te quiere:













[1] Marginal y penoso, diría yo, porque biológicamente (y socialmente: ¡que alguien haga el favor de decirles a mis vecinitas que yo también estoy de enhorabuena, que a mí también me pueden felicitar!) quedamos relegados a un segundo plano: nuestro cuerpo no experimenta ningún cambio, no sufrimos ningún desajuste hormonal, nuestras entrañas no son capaces de albergar una nueva vida; así que lo único que podemos ser es buenos compañeros de viaje y sufridores (por la madre esencialmente, y ya luego por esa criaturita que se va formando en su interior) condenados a vivir durante nueve meses pendientes del teléfono o de cualquier pequeño gesto que pueda significar una novedad, cuándo y dónde sea.

Autor: Alfredópolis

Padre, por encima de todo. Filólogo de formación (Premio Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona) y editor de profesión. He publicado artículos, reseñas, críticas y relatos en diversas revistas literarias (todos ellos disponibles en este blog).

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