23. Los amigos

Las relaciones que establecemos con el resto de personas responden a un esquema de sucesivos círculos concéntricos. En función del afecto que les tenemos, situamos a esas personas, o tal vez se van situando ellas mismas, en un círculo u otro.

Cuanto más cerca se hallan del centro, más y mejor conocen a nuestro verdadero yo, casi todas nuestras luces y nuestras sombras les son familiares, se convierten en compañeras imprescindibles de ese viaje que es la vida. Si se me permite el símil lingüístico, son argumentos que seleccionamos, son imprescindibles para la coherencia de nuestra existencia. Habitan el terreno de los amigos, independientemente de que exista o no un parentesco con ellas.

Por contra, cuanto más lejos se hallan del centro, más desconocidas nos resultan y más desconocidos les resultamos nosotros a ellas. Su papel en nuestra existencia es prácticamente irrelevante. Lingüísticamente hablando, serían adjuntos, que si están no molestan, pero que al no haber sido seleccionadas por nosotros, se convierten en prescindibles. Habitan, por consiguiente, el terreno de los conocidos, independientemente de si se da o no una relación de consanguinidad con ellas.
Más allá del último círculo, o del muro, ahora que está tan de moda levantar barreras, se haya el vasto mundo de las personas desconocidas, bien porque nuestros caminos jamás se han cruzado, bien porque con el poco contacto que hemos podido tener con ellas ya hemos tenido suficiente. A éstas se les reserva el olvido hasta su completa desaparición. Sí, es aquello de “si te he visto, no me acuerdo” o, de una forma más moderna, “mejor habla con mi mano” o “¡contigo no, bicho!”; son infinitas las expresiones verbales para expresar esta misma idea. Aquéllas, por su parte, pues quién sabe, tal vez algún día se abran paso hasta el centro, la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida. Es algo inherente a lo que se desconoce por completo.

En cualquier caso, la distancia afectiva que separa al primer grupo, el de los amigos, de los otros dos es equiparable a la que separa el todo de la nada. Con los primeros compartimos nuestras alegrías y, sobre todo, nuestras penas (¿acaso hay mejor vara de medir quién merece la pena y quién no que los malos momentos?). Nos alegramos como el que más con sus momentos felices y nos apenamos con sus desgracias de igual modo que vemos y sentimos que ellos hacen lo mismo con nosotros. En definitiva, estamos y están ahí para cualquier cosa que suceda.

Por supuesto, la posición asignada no es definitiva ni inamovible, pues se somete a continua revisión, la actualizamos constantemente en función de cómo actúan y nos tratan esas personas. Así, es posible avanzar desde extramuros hasta el mismísimo centro, como también se puede hacer el camino a la inversa, naturalmente[1].

De hecho, paradojas de la vida, es más probable que, en caso de movimiento, una persona considerada como un amigo acabe saltando el muro que no que alguien totalmente desconocido llegue al centro. No en vano, de los amigos esperamos cosas, les exigimos más que al resto de personas, y cuando nos decepcionan y no reaccionan y/o enmiendan el daño ocasionado, es muy probable que acabemos expulsándolos de nuestra vida. Aunque añadamos más dolor al dolor. En cambio, la confianza no se la damos a cualquiera, así que, como decía, es más difícil la promoción que la degradación. Y si te has llevado muchas decepciones, todavía lo resulta más, pues con tal de protegerte es probable que acabes haciendo ese último círculo aún más pequeño.
Pues bien, últimamente me he llevado un par de decepciones bastante sonadas, una ya esperada y otra que me ha pillado con la guardia baja, totalmente desprotegido, porque se trata de una de esas personas por las que decimos “yo pondría la mano en el fuego por fulanito o fulanita, él o ella jamás me lo haría”. 
De la esperada, la verdad, pues poco me lamento. Duele como duele la muerte de ese ser querido que lleva años agonizando por una larga enfermedad, pero que acabas pensando que quizá sea lo mejor para todo el mundo. He hecho todo lo posible y no ha podido ser, el paciente se nos ha ido. La inesperada, la verdad, me ha dejado bastante tocado. No soy persona de muchos amigos, en el sentido que tiene un amigo para mí y que llevo un rato apuntando (es curioso, últimamente he leído en algún artículo que los que tienen pocos amigos son más listos que el resto; yo no sé si soy o no soy más listo que el resto, para mí sólo es lo normal), y éste en concreto pensaba mantenerlo hasta el último de mis días. Así que ya os podéis imaginar cómo me he sentido con todo el asunto, sobre todo porque he intentado reconducir la situación y ni así ha sido posible. Muy probablemente los sentimientos que yo albergo por esa persona no son ni han sido nunca correspondidos.

Y así andaba yo la semana pasada, a punto de lanzarme en brazos de Coelho y su pseudoliteratura lacrimógena para cauterizar mis heridas, a un tris de empezar a publicar en las redes sociales memes como “ya no espero nada de las personas” o cosas por el estilo y sumar así reconfortantes likes a mi causa, cuando recibí en mi móvil un mensaje de alguien con quien no tenía contacto desde hace unos seis años (y que me perdone por hacer público esto si algún día lee estas líneas; suelo poner por escrito lo bueno y lo malo que me sucede, y esto creo que merecía la pena colgarlo en mi blog).

Pablo PICASSO: Dos mujeres corriendo en la playa (1922).

Nos conocimos en el trabajo[2], cuando me dedicaba a la docencia, y poco a poco pasamos de ser compañeros a convertirnos en amigos. Supongo que basándonos en la risa y en el sentido del humor, nos hacíamos el día a día más fácil el uno al otro. Pero llegó un momento en que nos distanciamos por la absurda razón de pensar diferente sobre algunas cosas, y hasta la fecha. 

Ni que decir tiene que le estaré siempre agradecido por haberme escrito y por haberse disculpado sinceramente, de igual modo que yo me he disculpado y he reconocido que fui injusto con él. Y le estaré siempre agradecido por guardar tan buen recuerdo de mí, como yo lo guardo de él, pues es lo que ha hecho posible que nos podamos reencontrar. Pero, sobre todo, le estaré eternamente agradecido por devolverme la ilusión y la confianza en las [buenas] personas y la fe en la palabra como solución a los conflictos y en el perdón sincero. Ya estoy harto de esos perdones que no son reales; si perdonas, lo haces con todas las consecuencias, eso de “yo perdono, pero no olvido” y los “yo no te guardo rencor, pero ya nunca será igual” hablan y actúan por boca del orgullo. Y el orgullo para lo único que sirve es para distanciarte de las personas que de verdad te quieren. Si alguien te dice que te perdona pero el posterior trato que te dispensa ha cambiado con respecto al que te dispensaba antes de la discusión o el malentendido, lo único que hace es generarte la terrible sensación de culpa. Y aunque la culpa es un poderoso motivo literario y fundamental para la filosofía existencialista, cuando se hace sentir a las personas reales puede tener efectos muy nocivos.

Y yo necesito rodearme de gente que sepa ver sus fallos y que me pida perdón si se han equivocado, de igual modo que necesito que sepan perdonarme a mí, porque lo van a tener que hacer si de verdad me quieren tener en sus vidas: ¡me equivoco tantas veces!

Dicen, y con esto ya acabo, que lo que la vida te quita por un lado, te lo devuelve por otro. ¿Será verdad? Pues en breve, tan pronto como pueda sincronizar horarios con ese amigo que he recuperado, lo descubriré. Disfrutad de lo que tenéis, y perdonad mucho y bien, y haced todo lo que esté en vuestras manos por que os perdonen.


[1] Creo que es de recibo reconocer que la verbalización de las ideas del todo o nada y la actualización constante de las relaciones con los otros no son mías. Pese a que creo en ellas y me parecen acertadas, yo antes no las utilizaba exactamente así. Proceden de alguien que se ha encargado de hacer ese camino a la inversa y que se ha convertido en una de las mayores decepciones de mi vida. Quizá por eso el espacio que tiene asignado en este post es el de una simple nota al pie y no el del cuerpo central del texto. Pero ya todos somos mayorcitos, es cierto.

[2] No tiene nada de raro, ya lo sé, eso de que los nuevos amigos que haces en la vida de adulto los encuentres en el trabajo, es lógico, pues pasamos más horas con los compañeros que con nuestras parejas, familias y amigos de siempre, no en vano nuestros horarios coinciden con los de ellos. Sin ir más lejos, a la decepción de la que hablaba antes también la “conocí” en mi actual trabajo, donde además creo que he hecho dos o tres buenos amigos más.

Autor: Alfredópolis

Padre, por encima de todo. Filólogo de formación (Premio Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona) y editor de profesión. He publicado artículos, reseñas, críticas y relatos en diversas revistas literarias (todos ellos disponibles en este blog).

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s