21. De la paternidad y otras cosas

Voy a ser padre. ¿Se os ocurre mejor manera que ésta de arrancar un nuevo año? ¿Algo mejor sobre lo que escribir el primer post de 2017? Ya os podéis hacer una idea de mi dicha.

Great Ape Project.

Y sí, voy a ser papá, y eso me lleva a dedicarles mis primeros pensamientos a mis propios padres, a quienes he echado mucho de menos últimamente, pero a los que por fin “he recuperado” y ya los tengo aquí de nuevo, a mi lado.

Y pienso en ellos porque no me imagino iniciar esta nueva aventura sin su apoyo, pero, sobre todo, sin su disfrute y sin su felicidad, porque por fin van a poder disfrutar de lo que significa tener un nieto, sin privaciones malévolas ni concesiones interesadas. Mi felicidad es su felicidad, parece algo tan sencillo que resulta increíble que para según qué retorcidas mentes sea tan difícil de entender.

Además, creo sinceramente que esta buena nueva les llega en el mejor momento posible. Mi padre ha perdido a una de sus hermanas en fechas muy recientes, y al dolor por su fallecimiento se le suma el desgaste propio del acompañamiento. Así que todos necesitamos esa inyección extra de alegría que supone la llegada de la vida. No cambia nada, desde luego, pero pinta de mil colores lo que desde hace un tiempo sólo ha estado teñido de negro.

Pienso también en mi único hermano, quien va a poder disfrutar de lo que significa ser tío tanto como él quiera y desee. A mí me encantó la experiencia durante el tiempo, siempre escaso, siempre con miedo de que fuese la última vez, que me dejaron serlo, y la disfruto ahora con mi sobrinilla de casi tres años. No me gustaría que dejase pasar la oportunidad, la verdad, porque luego no hay manera de volver atrás, el tiempo nunca se recupera.

Pienso asimismo en Laia, que hace que se me caiga la baba cada vez que con su vocecilla y su sonrisa me llama tiete. Se llevará escasos tres añitos con su primo o prima, no demasiado para que puedan compartirlo todo desde bien pequeños. Tal vez eso me ha faltado a mí, el más joven, con bastante diferencia, de cuatro primos (es cierto que tengo muchas primas más, mayores y menores, pero la distancia geográfica que nos ha separado siempre ha hecho que cada ocasión en la que nos veíamos fuese una primera vez), así que me hace enormemente feliz que a mi futuro hijo o hija no le vaya a pasar.

Pienso en mí mismo también, en cómo puede afectarle a mi vida la llegada al mundo de quien aún está por venir. Y si soy sincero, no me abruma la responsabilidad ni me agobia ese montón de cosas que todo el mundo me dice que a partir de ahora ya se han acabado. Al revés, espero esos cambios con ilusión (de hecho, mi vida YA ha cambiado, y para bien: sé a quién quiero y a quién no en ella; y sé qué necesito y qué no para ser feliz y hacer felices a los que me importan), y pienso tomármelos con alegría y muy buen humor. No voy a perderme ni un segundo de esta maravillosa aventura que ya hace unos meses que ha empezado, nada ni nadie va a poder distraerme.

Sobre la futura educación del bebé… ¡bufff! Me quedan tan lejos todavía esas cuitas… aunque agradezco que haya gente tan preocupada por ella que ya se haya encargado de recordármela (cierto es que en todos los cuentos de hadas hay brujas cincuentonas)… de hecho, Soberbia, Orgullo, Rencor, Envidia y Maldad se personificaron hace poco para decirme que a ver cómo educaba yo a mi futuro hijo (manda huevos, ¿eh?), pero como siempre les sucede a quienes albergan tan oscuros sentimientos, la negrura de su existencia no les deja ver la luz. Soy consciente de que, a pesar de que voy a intentar hacerlo tan bien como me permitan mis habilidades y mis capacidades, me equivocaré en muchas cosas, pero como alumno aplicado que soy, llevo un tiempo fijándome en lo que tengo a mi lado, magnífico muestrario de ejemplos a seguir y ejemplos a evitar. Así que para ir preparándome para la batalla, he elaborado un catálogo de buenos propósitos con todo ello.

En este sentido, me parece de capital importancia su educación sentimental: intentaré enseñarle lo importante que es el amor, darlo y recibirlo, pero no sólo el de sus padres (flaco favor le hacen a sus hijos quienes los encierran en fortalezas… ya sabéis, aquellos que llevan a la práctica lo de “tú eres de mamá y/o papá y de nadie más”, los que acaban convirtiendo a sus hijos en frías cáscaras vacías privadas de la capacidad de amar más allá de a sí mismos), sino el de todas las personas, que serán muchas, que lo van a querer (los familiares amigos, y los amigos familiares). Sólo así podré evitar que llegue el día en que le diga a alguien muy cercano que no lo quiere porque nunca ha estado ahí. No pienso ser tan egoísta ni cometer tal atrocidad con mi hijo, no, porque eso duele, y es propio de malas personas, lo sé por experiencia porque lo he tenido que vivir (gracias en este sentido a Marta, la futura mamá, por ser como es y no de otra manera).

Por supuesto, intentaré inculcarle valores como la empatía, eso tan raro de ponerse en el lugar del otro, la generosidad, la humildad, la tolerancia y la bondad, al tiempo que intentaré dotarle de las herramientas necesarias para luchar contra el egoísmo, la soberbia, el rencor, la envidia y la maldad. Procuraré que tenga el mayor número de intereses posibles, pero no que sirva a mis intereses ni que sea un interesado, y, sobre todo, no le traspasaré la bilis que haya acumulado a lo largo de mi existencia, por penosa que haya podido ser, ni mis traumas ni mis fobias ni mis frustraciones. Creo que bastante difícil es ya la vida a veces como para cargar a una criatura inocente con nuestra mierda existencial.

Y antes de poner el punto y final a este texto (y a muchas otras cosas), añado que si es verdad que el tiempo pone a cada uno en su sitio, sólo puedo estarle agradecido a tan abstracta y relativa entidad: tengo a un montón de gente que me quiere y a la que quiero, tengo un buen e interesante trabajo que me permite vivir bien, sin incomodidades ni privaciones, y sin depender absolutamente de nadie. Soy buena persona e intento serlo en cada uno de mis actos, por bien que a veces no me salgan como yo quisiera. Vivo un buen momento, y soy consciente de que puede ser pasajero, sí, por eso disfruto tantísimo de él, mi barco hace tiempo que navega en calma y a bordo viaja todo aquél que ha querido acompañarme. Y como guinda del pastel ahora me llega la bendición de un hijo. ¿Qué más puedo pedir?

Autor: Alfredópolis

Padre, por encima de todo. Filólogo de formación (Premio Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona) y editor de profesión. He publicado artículos, reseñas, críticas y relatos en diversas revistas literarias (todos ellos disponibles en este blog).

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