18. ¿Princesa o caballero templario?

Todo aquél que haya estudiado una filología pasa cíclicamente por periodos existenciales casi depresivos en los que se cuestiona por qué tuvo que decantarse por esa formación en concreto, maldice la miopía de los otros, incapaces de ver las virtudes que atesora la literatura y valorar su importancia, condena la poca estima social, laboral e institucional que reciben los profesionales de su ramo –sobre todo queremos más dinero porque estimula nuestra vocación, cierto, pero también que cada día nos agradezcan nuestra venida al mundo y todos los sacrificios que llevamos a cabo en aras de la humanidad; y una felación o un cunnilingus, eso ya sería la guinda del pastel, no nos merecemos menos–, y se lamenta de que le haya tocado vivir en una latitud y en un momento encuadrados en una república iletrada.

Cuando me toca vivir uno de esos episodios, cuando tengo uno de esos días en los que el ánimo se ha mudado al sótano, acudo al único sitio donde sé seguro que daré con esas almas gemelas que pierden su valioso tiempo sumergiéndose en la lectura: el supermercado. Allí, nueva Alejandría, mis semejantes, mes frères, ávidos de conocimiento, como si de la palabra de un antiguo dios recogida en un libro se tratase, estudian el etiquetado de los productos alimenticios, seguramente con distintas motivaciones cada uno de ellos: unos sólo querrán cerciorarse de si el alimento en cuestión está libre de alérgenos e intolerancias; otros, si es bajo en grasas, o si fue envasado en la India, o tal vez si es compatible con la dieta extraterrestre que el nuevo especialista surgido de la inventiva capitalista le ha indicado que es la más sana del mundo. En realidad no importa qué motivo los impulsa, lo relevante es que todos ellos quieren saber.
Porque así funciona nuestro cerebro para procesar eso que comúnmente llamamos realidad, así obtenemos y de ahí proviene nuestro conocimiento del mundo, del etiquetaje, de la clasificación. Pero la creación de etiquetas, aunque sumamente útil y necesaria, siempre es una tarea limitada e incompleta, jamás podremos llegar al conocimiento total de la realidad por medio de este proceso. Para que se me entienda mejor, nos enfrentamos al mundo como quien confecciona un mapa, simplificamos –etiquetamos y clasificamos– lo que éste representa para tener acceso a su conocimiento con un esfuerzo mínimo, de un vistazo por así decirlo, pero la rica complejidad se nos escapa por la propia simpleza que supone la representación, que queda limitada a algunos aspectos concretos: podremos tener mil y un mapas diferentes, físicos, políticos, lingüísticos, de densidad de población, de distribución de la riqueza, etc., tanto da, pero jamás llegaremos al Mapa, aquél capaz de representarlo absolutamente todo –y no quisiera yo caer en pecado de hybris.
Pero lo cierto es que la clasificación ha sido, es y será nuestra mejor vía de acceso al conocimiento. Por poner sólo unos ejemplos: la taxonomía es la parte de la biología que clasifica a los seres vivos según sus características; la química clasifica los elementos; las matemáticas, los números; la física, los estados de la materia; las artes, sus diferentes manifestaciones; la literatura, los géneros literarios; la geología, los minerales; la lengua, las palabras; y así podría seguir ad infinitum.
Pero, claro, como es bien sabido, lo que nos cura, aplicado en exceso, o donde o cuando no toca, nos envenena, y a mi entender eso es lo que sucede en el momento en que nos servimos del etiquetaje en la parcela social de la vida humana, en nuestro día a día, en nuestra relación con los otros. Y es a este punto precisamente donde quería llegar con este largo introito –que me lo podría haber ahorrado, cierto, y de paso evitártelo a ti, amigo lector, más cierto aún, pero no descuides que yo escribo esto porque me lo paso bien haciéndolo, y con un poco de suerte conseguiré distraerte el tiempo que dure tu lectura también a ti; my home, my rules, para que nos entendamos… y que si igualmente vamos a acabar follando, ¿qué mejor manera de hacerlo que deleitándonos en los preliminares? Déjame que me acerque poco a poco y conquiste esa parcela de ti que ya has tenido a bien concederme, pues de lo contrario no sé qué razón te impulsa a seguir leyendo todavía esto–, a cómo utilizamos el etiquetaje con las personas y qué efectos, no siempre positivos, puede tener.

Habría que empezar diciendo que todos etiquetamos, aquí no hay nadie que pueda lanzar la primera piedra; somos así, no hay vuelta de hoja, nuestro cerebro, ya lo hemos visto, se sirve de esta estrategia para acceder al conocimiento. Lo hemos aprendido desde pequeños, porque el etiquetaje forma parte de nuestra educación, desde nuestros compañeros y/o amigos de la infancia hasta nuestras relaciones en el entorno laboral, pasando, por descontado, por nuestros propios padres y nuestro círculo familiar más cercano, siempre está presente; a todos nos han colgado etiquetas y todos las hemos colgado: imbéciles, tontos, guapos, listos, no importa el calificativo. Utilizamos las etiquetas para elegir y descartar amigos, o hipotéticas parejas, para convencernos de que aquello no va con nosotros por X o por B, sin pensar demasiado qué consecuencias pueden tener los estereotipos en las personas encasilladas ni si tales juicios se asientan en una base sólida lo suficientemente real.

Pero si las etiquetas, aunque útiles, pueden ser nocivas en la vida adulta, imaginaos las terribles consecuencias que pueden darse cuando se nos aplican desde la más tierna edad. Repítele mil veces a un niño que es tonto, y en tonto lo convertirás; dile que es el más listo del mundo, y un repelente dictador de la razón será; que es el más guapo, y a la siempre efímera diosa de la belleza devotamente adorará. Sin que nos lo propongamos, y esto es lo terrible, podemos determinar negativamente su futura personalidad. En más ocasiones de las que quisiéramos el factor sociocultural se impone al biológico –nuestras predisposiciones genéticas– y al personal –nuestras elecciones libres y autónomas–, los tres elementos que confluyen y moldean nuestro futuro yo, nuestra identidad.

Pues bien, con semejante mochila de viaje andaba yo un miércoles de este pasado agosto por Ponferrada –¡no, querido lector, no me interrumpas ahora, que se me baja la erección!–, y aprovechando que ese día de la semana la visita a los museos y monumentos de la ciudad es gratuita, decidí empezar por el castillo de la ciudad. Allí, después de esperar pacientemente la cola de entrada –para que luego digan que la cultura no interesa–, te recibía un trabajador de la fortaleza, que te explicaba qué verías a lo largo de tu visita y qué exposiciones se ofertaban en su interior. La primera de ellas era una interesante muestra de cómo vestían las mujeres y hombres, cualquiera que fuese el estamento social que ocupasen, de aquella lejana época en que los caballeros templarios habitaban el castillo. Y, entonces, justo antes de traspasar el umbral de la puerta que daba acceso a la exposición, llegó a mis oídos, curioso que es uno, el comentario que ha dado origen a estas líneas que ahora escribo –¿ves? Toda espera tiene su recompensa, el asunto ya está a punto de caramelo, me dispongo a iniciar la penetración, así, con suavidad–: “Cariño –le dijo con entusiasmo una madre a su hija, que debería de tener unos siete años de edad–, ahora vamos a ver un montón de trajes de princesa, ¡ya verás qué bonitos!”

No sé si es debido a que durante los últimos años he estado muy relacionado laboralmente hablando con la educación en valores y la filosofía, si es que me preocupo en exceso por una humanidad que hace tiempo ya que está perdida o si es que siento la poderosa llamada de la naturaleza y me imagino qué haría yo en tal o cual caso si la madre o el padre de la criatura fuese, pero lo cierto es que me horrorizó el comentario. Estoy de acuerdo en que si quieres que tus hijos “consuman” cultura, hay que animarlos, debemos presentársela de manera atractiva y dinámica, pero ¿tiene que ser así? ¡Dios mío, se trataba de un castillo templario! Si no tienes ni idea de quiénes fueron, que bien podría ser, consulta la Wikipedia tramposa, pídele respuestas a san Google, haz lo que tengas que hacer pero no le mientas a tu hija, y mucho menos si esa mentira supone caer en un estereotipo sexista. Claro, como será mujer, mejor que su modelo de prestigio sean las princesitas, cuyo único mérito, factoría Disney aparte, suele ser haber nacido en una familia en concreto…
  

Tal escena me dejó preso de la ofuscación, y así deambulaba yo, de almena en almena por mi monte Sinaí particular, hasta que la providencia quiso que una nueva familia se cruzase en mi camino. La componían cuatro miembros: los padres, un niño que apenas debería de tener cuatro o cinco años de edad, y otra que aproximadamente contaba los mismos años que aquella a la que momentos antes su mamá le había vendido los trajes principescos. ¡Pero qué maravilla de niña! Disfrazada a la perfección de caballero templario, con la roja cruz paté en su pecho y equipada con sus armas, hacía de cicerone a sus padres y a su hermanito en la visita a “su” castillo. Ora les mostraba las resistentes murallas que frenaban en seco las intenciones de sus peligrosos enemigos, ora el foso o la torre del homenaje, ningún rincón quedó inexplorado –Melibeo soy y a Melibea adoro, y en Melibea creo y a Melibea amo–. Daba gusto, la verdad, seguir a la familia en su visita, y daba gusto, también es cierto, la sonrisa que te dedicaban los padres cuando se daban cuenta de cómo mirabas a su hija. Mira por dónde, el mismo lugar que me había envenenado pronto me proporcionó el antídoto, pequeñito, de apenas unos siete u ocho años de edad. La esperanza disfrazada de templario tuvo a bien acudir en mi ayuda.

Así que supongo que la respuesta a la pregunta con que titulo este post está clara: caballero templario, sin lugar a ningún género de dudas. Mucho me temo que este mundo está mucho más necesitado de las segundas que de las primeras, y no por el mundo en sí, que también, sino por ellas mismas. Eduquemos caballeras que sean independientes, que se sepan valer por sí mismas, que no tengan miedo y, sobre todo, que elijan su propio camino, sea el que sea, aunque “no sea el adecuado para ellas”.

Esta anécdota que a algunos les puede parecer una tontería me ha acompañado durante meses, tal vez por eso hoy escribo sobre ella, para exorcizarla, hasta tal punto que hace unos días se la conté a un compañero –y amigo– de trabajo, uno de esos hombres sabios con los que merece la pena hablar siempre, pues siempre te enseñan algo –y deseo que hayáis llegado ya al orgasmo, porque este buen hombre va a hacer que nuestra libido nos baje a los pies–. Tras escucharme atentamente y emitir un par de interjecciones de disconformidad a medida que avanzaba mi relato, me contó que uno de sus nietos varones, no recuerdo si el más pequeño de ellos, es un enamorado de los tutús, y que siempre que hay una reunión familiar o presiente que se avecina jarana, desaparece en su cuarto, para volver a aparecer inmediatamente vestido con su faldita –os estoy viendo, ¿eh? Y os entiendo perfectamente, yo también pasé por lo mismo y todos hemos visto Billy Elliot; sonreís imaginándoos la estelar puesta en escena del niño, incluso anunciándola con un ¡tachán! que ya lo dice todo por sí solo–. Y eso está muy bien, me decía, es cierto, todos sabemos que es lo correcto, si al niño le gusta ponerse el tutú y bailar, que lo haga. Pero claro, concluyó, llegó el día en que quiso ir al colegio con el tutú, y después de mucho pensarlo, sus padres lo convencieron para dejar esa vestimenta para las fiestas privadas.

¿Y sabéis qué? Creo que yo hubiese hecho lo mismo. Yo puedo saber perfectamente qué está bien y qué está mal, pero el mundo no tiene por qué coincidir conmigo –de hecho, viendo cómo funciona, no coincidimos en absolutamente nada–. Y el mundo, mucho me temo, acabaría riéndose del niño que lleva el tutú al cole, le colgaría unas cuantas etiquetas. Al menos este mundo que conocemos. Supongo que a uno mismo le es muy fácil arriesgarse a la mirada de los demás; a mí, por ejemplo, aunque me ha costado, me va importando un pimiento el juicio de los otros: a quien le guste, fantástico; y a quien no, pues fantástico también, no siento la necesidad de agradarle a todo el mundo ni de encajar en lo que se supone que tengo que ser. Pero creo que no expondría a mi hijo, aunque signifique obrar en contra de lo que entiendo que debería ser. Hasta que el mundo cambie.

No sé, tal vez mi granito de arena para propiciar ese cambio necesario sea éste, cuestionarme ciertas cosas y hacer que otros se las cuestionen. Y tal vez mañana coincidamos en el parque, ya en otro mundo que a día de hoy aún no existe, pero que creo posible, yo con mi hija disfrazada de Batman, y tú con tu hijo y su tutú. Ojalá así sea.

Autor: Alfredópolis

Padre, por encima de todo. Filólogo de formación (Premio Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona) y editor de profesión. He publicado artículos, reseñas, críticas y relatos en diversas revistas literarias (todos ellos disponibles en este blog).

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