7. Radicales

No deja de tener cierta gracia el panorama político español que se esfuerzan en presentarnos los miembros del Partido Popular y sus voceros habituales. Y como se acercan las elecciones generales, intuyo que lo vamos a tener que escuchar con mayor frecuencia de lo que lo aconsejarían las autoridades sanitarias (aunque tal vez es cosa mía, pero tengo la sensación de que vivimos en una continua campaña electoral, porque lo único que importa es la elección, la permanencia en el poder o su consecución, y que gobernar, lo que se dice gobernar, se gobierna bien poco, y, además, no interesa).
Según su riguroso y nada partidista análisis, que la demagogia, la corrupción, la manipulación y las mentiras siempre son cosas de los otros, la escena política se divide de la siguiente forma: ellos, virtuosos garantes del justo término medio aristotélico, se sitúan en el centro ideológico[1], y a partir de aquí, empieza la degeneración rumbo a la izquierda, que se inicia con la eliminación de la ambrosía de la dieta habitual y culmina con la compra de ropa en el Alcampo.
Así, el siguiente escalón en esa pérdida de la divinidad es Ciudadanos[2], el partido de los guapos, que aunque aún mantiene la belleza característica de los dioses del Olimpo, forma parte de lo que los populares llaman el centro-izquierda. Tal vez la prueba inequívoca de esta pérdida de la virtud la tuvimos el día después de la reciente noche electoral catalana, cuando quedó demostrado en la persona de Rivera que ellos preferían la ingesta de cava y otras sustancias para sus celebraciones a la tan conocida bebida de los dioses.
Un paso más allá en esta escala descendente, siempre a ojo de buena gaviota, se entiende, está el PSOE[3](supongo que los del PP, además de ellos mismos, son los únicos que se siguen creyendo eso de que es el partido de los obreros), que a pesar de tener a otro guapo como cabeza visible, Pedro Sánchez, y a ese rumor que dice que ha pactado junto a PP y Ciudadanos no derogar la reforma laboral, sea cual sea el futuro resultado electoral, no deja de tener ciertos mínimos tics que lo sitúan en la izquierda de la política española a ojo de buen popular.
Izquierda Unida ya ocuparía el espacio destinado a la extrema izquierda, pero no la radical, tal vez en reconocimiento al pacto contra natura extremeño que le dio esa comunidad a Monago. Pero como nunca han molestado demasiado y de todo tiene que haber en el reino del Señor, además de que nunca han acabado de entenderse con el PSOE y le “roba” a este partido unos cuantos votos, no están en el punto de mira de la ira de los dioses (y más ahora, que no han sucumbido a la seducción del maligno y no acudirán en la misma lista que Podemos).
Por último, los tertulianos y políticos “ultracentristas” se han inventado una subcategoría dentro de la extrema izquierda, ejemplo de la degradación total del Homo hispanicus, la extrema izquierda radical, hábitat donde conviven los leprosos y apestados de la CUP y Podemos[4], el séptimo círculo del infierno dantesco de la política española. De las profundidades de este averno rojo surgen ideas tan perniciosas como la justicia social, la igualdad económica o de género, la lucha contra el capital que nos asfixia y mil plagas más que amenazan con acabar con las comodidades y las libertades que tantos sudores y años de transición democrática borbónica nos han costado.
Pero como las opiniones unívocas, aquéllas que se esconden bajo lemas del tipo “Una, grande y libre”, sólo se consiguen con el miedo y la fuerza, y a mí nadie me asusta tanto y me van a tener que golpear muy fuerte para que siga a las ovejas, no puedo hacer otra cosa que pintar un panorama algo diferente:
La derecha política en España, por mucho camuflaje variopinto que se emplee, no nos engañemos y que no nos engañen, son el Partido Popular, Ciudadanos, Convergència y el Partido Nacionalista Vasco (PNV). Claro que, dentro de esta derecha, hay que hacer alguna distinción para poner a cada uno en su lugar, pues en las filas del Partido Popular y Ciudadanos, y a la altura de ese ente casposo escindido llamado VOX, conviven los neofascistas, que lo único nuevo que tienen es el elemento compositivo neo- que tan generosamente les he atribuido, con los neoliberales, adoradores del “tanto tienes, tanto vales”, y el resto, “a galeras a remar”[5], entre los que hay que contar a unos cuantos del PP y Ciudadanos (los Inda de la vida), y a Convergència y PNV.
El centro derecha es el territorio de PSOE y ERC, que aún tenemos que ver adónde le llevan a Junqueras sus amistades peligrosas convergentes. Ya dicen bien que con el paso de los años nos acomodamos y nos volvemos más conservadores[6], y de aquello que fuimos a lo que nos acabamos convirtiendo queda únicamente el nombre. Pues eso mismo les ha pasado a estos dos partidos, otrora defensores de los trabajadores y sus derechos y hoy paladines del capital y de la patria respectivamente.
Y llegamos, por fin, a la izquierda, una ideología que, por definición, tiene que ser radical, pero en su segunda acepción, a saber, la que dice que lo radical es aquello que ‘tiene en cuenta lo fundamental o

lo esencial’.  Tajantemente, desde luego, como hay que defender todo lo que realmente importa. De manera que no sé por qué utilizan ese adjetivo los “ultracentristas” como arma arrojadiza o como un insulto. Claro que, a diferencia, y por fortuna, que ya estamos en pleno siglo XXI, de aquellos anarcosindicalistas o anarcocomunistas que hacían la guerra de clases a bombazo limpio, los “radicales” de hoy han olvidado la violencia, a diferencia de sus enemigos (porque violencia es exprimir a la población y recortar en todos aquellos servicios sociales que sirven a la mayoría, y que, paradójicamente y para mayor inri, sustenta esa misma mayoría). Hoy las armas son otras, la democracia directa, la de todos en igualdad de condiciones, y la palabra, destructora de muros y constructora de puentes, pero la guerra es la misma.

Y entre estos radicales de izquierdas, con toda la ironía del mundo los llamo así, se encuentran IU, aunque intuyo que a Alberto Garzón le iría mejor si fundase un nuevo partido, de nombre “Alberto Garzón”, la CUP, Podemos, Compromís y los seguidores de Voldemort. Cada uno con sus diferentes ideales, más o menos realizables, pero todos en la tradicional brecha de la izquierda.
Llegados a este punto, tengo que aclarar que, aunque en alguna entrada anterior he hablado en contra de los nacionalismos, como no puede ser de otra manera en alguien que se considera de izquierdas, porque para mí no conducen a ningún sitio y suponen seguirles el juego a los poderosos, hablaba de todos ellos. Y si de todos ellos se habla, no está de más dejar claro que el peor de todos, el que mayor número de muertos lleva a sus espaldas en la historia, es el español, ese que parece que no exista porque es lo “normal y natural” ser y sentirse español. En este sentido, supongo que no hace falta decir lo que pasó en las Américas, eso que nos inflama el pecho cada 12 de octubre, y lo que sucedió en la olvidada Guerra Civil española. Así pues, y por no extenderme, creo que no miento cuando digo que son millones de asesinatos de ventaja los que les saca a los nacionalismos vasco y catalán, por muy condenable que sea arrebatarle la vida a alguien por motivos políticos (o por los que sean, claro).
Así pues, y para ir acabando, supongo que soy un radical de extrema izquierda. Pero qué queréis que os diga, soy nieto de mineros, mi abuelo materno y sus hermanos tuvieron que huir al monte y acabaron en prisiones fascistas, y soy hijo de familia trabajadora. Soy pueblo, eso forma parte de mi mochila de viaje y está inscrito en mi ADN. Y para mí es un orgullo. Aunque entiendo que al niño bien cuyo mayor logro en esta vida es haber nacido en casa rica le cueste entenderlo.


[1] En clave catalana, que al fin y al cabo soy catalán, es el mismo lugar que ocupa en mi Ítaca particular la Convergència de Mas.
[2] Aquí podría hablar también de UPyD, pero ya le dedicaré algunas líneas el día que hable de los dinosaurios y otras especies extinguidas.
[3] Y Esquerra Republicana de Catalunya.
[4] Y Bildu, aunque como a Voldemort, lo mejor es no nombrarlos.
[5] Reconozco que no sabría decir cuáles de los dos son peores. La respuesta correcta, tal vez, es que no se salva ninguno de ellos.
[6] Si yo fuese de esos jóvenes que piensan como sexagenarios me lo haría mirar, corren el riesgo de muerte cerebral cuando cumplan 60 años reales.

Autor: Alfredópolis

Padre, por encima de todo. Filólogo de formación (Premio Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona) y editor de profesión. He publicado artículos, reseñas, críticas y relatos en diversas revistas literarias (todos ellos disponibles en este blog).

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s