6. Con Budapest en el recuerdo

Durante dos viernes del pasado mes de setiembre, en plena crisis de los refugiados sirios en Budapest, fui a trabajar vestido con uno de los recuerdos que me traje de la joya del Danubio, ciudad que tuve el placer de visitar junto a mi pareja en agosto de 2014.

Ese recuerdo no es ni más ni menos que una camiseta negra donde se puede ver el Parlamento húngaro, la misma con la que salgo en la fotografía del apartado de Alfredópolis en el que hablo de mí mismo en tercera persona (impresionante, lo sé).

Pero más allá de la simple curiosidad con la que solemos mirar las camisetas exóticas de la gente, con humana envidia o apuntando futuros destinos vacacionales, en estas dos ocasiones me sentí juzgado como si ante un tribunal de guerra me personase en calidad de acusado.

Es bien conocida y está harto estudiada la influencia del cuarto poder, la prensa, como creador de opinión y herramienta de manipulación de masas, fiel servidor de la política, así que supongo que es difícil separar el grano de la paja en estos casos y dejar de ver a quien lleva esa camiseta como si del propio Primer Ministro Viktor Orbán se tratase. De hecho, hasta un par de comentarios me hicieron algunos compañeros sobre lo poco oportuna que resultaba la camiseta con lo que estaba pasando allí. Pero ¿os imagináis que por el simple y casual hecho de ser españoles y catalanes nos consideraran a todos iguales a Mariano Rajoy o a Artur Mas? A mí se me revuelve el estómago sólo con pensarlo.

Eso por una parte, aunque no sabría decir si quienes me miraron inquisitorialmente eran firmes defensores de los derechos humanos o, por el contrario, se trataba de aquellos que piensan que ya ayudaremos a los refugiados cuando hayamos conseguido que los de casa, más merecedores de nuestra compasión y ayuda, tengan lo mínimo e indispensable para su supervivencia.

Y qué queréis que os diga, por muy inhumanos y xenófobos que me parezcan el Gobierno de Orbán y sus métodos, sigo siendo un enamorado de la capital húngara y, ante todo, de sus gentes, por mucha publicidad negativa que se vierta, y ni todas las censuras del mundo me harán cambiar de opinión. Será por esto que dicen que viajar abre tu mente.


Representación de la unión de
Buda y Pest (y Óbuda) en el s. XIX.
Foto de Alfredo Martín G.

Porque Budapest es de esas ciudades cuyo encanto queda grabado por siempre en tu memoria y tu corazón. Y quienes la hayan visitado sabrán de lo que estoy hablando. Quienes no, que no duden en hacerlo en cuanto la situación se normalice un poco. Y si mi consejo sirve de algo, que se olviden de ese famoso paquete turístico que te lleva a las tres joyas de la Europa central (Praga, Viena y Budapest) y dediquen, si es posible, un viaje a cada una de las capitales. De lo contrario, mucho me temo, tendréis la sensación de haber visto mucho, cuando en realidad no se habrá visto nada.

Asimismo, pese a que la zona turística de Budapest se puede visitar en tres o cuatro días si compráis un bono de transporte, mi consejo es que le dediquéis una semana de vuestras vacaciones y caminéis por sus calles (a nosotros nos recordaron a la Barcelona preolímpica) y conozcáis a sus gentes, hospitalarias y simpáticas como pocas, y que no teniendo nada o teniendo muy poco, tienen la virtud, casi perdida, de compartirlo contigo.


La Gran Sinagoga. Foto de Alfredo Martín G.

Nosotros nos alojamos en el barrio judío, en el único hotel cuya recepción contaba con alumnos españoles de Turismo en prácticas (aún recordamos con una sonrisa a aquella recepcionista catalana que casi saltó el mostrador para besarnos cuando le dijimos que veníamos de Barcelona), circunstancia que ayuda cuando visitas un país cuya lengua es tan lejana como el magiar, por mucho inglés que hables (aunque es cierto que con la lengua de Shakespeare no tendréis ningún problema en restaurantes y comercios, pues todos los camareros y dependientes lo hablan más o menos fluidamente), a cinco minutos a pie de la

Monumento homenaje a los judíos exterminados
por los nazis, en el Museo Judío. Foto de Alfredo Martín G.

sinagoga de Budapest, en el corazón de Belváros o Ciudad Interior, en Pest, y a tiro de piedra de las milenarias aguas del Danubio. Quienes hayan paseado por la noche por su ribera iluminada y por sus puentes (el Dunakorzó o paseo fluvial) entenderán por qué la capital húngara es conocida como “la París del Este”. Asimismo, en Belváros destaca el edificio del Iparművészeti Múzeum (Museo de las Artes Aplicadas) y, sobre todo, el Magyar Nemzeti Múzeum (Museo Nacional Húngaro), el más grande del país, absolutamente fascinante y que se llevará unas cuantas horas de vuestras vacaciones, seguro, y la ya mencionada Nagy Zsinagóga (La Gran

Mercado Central. Foto de Alfredo Martín G.

Sinagoga, la más grande de Europa y la segunda del mundo tras la de Nueva York) y el Zsidó Múzeum (Museo Judío). Pero la oferta cultural es tan amplia que, si lo vuestro son los museos y templos, en esta zona os podréis deleitar, además, con el Földalatti Vasúti Múzeum, dedicado al ferrocarril, el Magyar Természettudományi Múzeum (Museo de Historia Natural), el Belvárosi Plébánia Templom, junto al puente de Isabel, el Ferences Templom o el Református Templom, iglesia calvinista. Si lo vuestro son las compras, no os preocupéis, la famosa Váci utca dispone de todo tipo de cafés, bares y tiendas. Eso sí, no os perdáis, al sur, el Nagycsarnok o mercado Central, de arquitectura art nouveau, una maravilla para los sentidos. 

Parlamento de Hungría desde Buda.
Foto de Alfredo Martín G.
Basílica de san Esteban. Foto de Alfredo Martín G.

Al norte de Belváros se encuentra el barrio Lipótváros, donde destaca el monumental Országház (Parlamento), que no podéis dejar de visitar. Asimismo, concertad, si es posible, visita a la Magyar Állami Operaház (Ópera Estatal de Budapest), aunque en temporada podéis asistir a ella por un precio mínimo de ¡dos euros! (igualito que en Barcelona, por ejemplo; esto es acercar la cultura al pueblo y lo demás son tonterías, supongo que la herencia comunista, en este sentido, sí es positiva). La impresionante Szent István Bazilika (Basílica de san Esteban) también es de visita obligatoria, tanto de su interior, donde, entre otras reliquias, se conserva la Santa Diestra, la mano derecha del santo, como de sus vistas panorámicas de la ciudad. Entre los museos de la zona, destaca el Néprajzi Múzeum (Museo Etnográfico), cuyas exposiciones fijas de trajes tradicionales y artesanía son espectaculares, y cuya exposición temporal dedicada al arte gitano me dejó gratamente impresionado.

La Andrassy út, la avenida más elegante de la ciudad, que discurre a lo largo de tres kilómetros, conecta los barrios anteriormente mencionados y desemboca en el Városliget o parque de la Ciudad, que alberga un zoo, un circo, un parque de atracciones, un enorme balneario y un castillo romántico, el Vajdahunyad Vára. Antes, no os podéis perder, en el número 60, la Terrorháza o Casa del terror, antigua sede de la policía nazi primero, y de la policía secreta comunista después. Con total sinceridad, os digo que no es un sitio nada agradable, de hecho, mi pareja salió del museo llorando y yo con ganas de vomitar. Pero es de aquellas cosas que todo el mundo tendría que ver, pues el horror que es capaz de causar el ser humano no tiene límites, y la única manera de hacerle frente, mucho me temo, es conocerlo. Casi al final de la avenida Andrassy,

Plaza de los Héroes. Foto de Alfredo Martín G.

nos encontramos con otro espectáculo arquitectónico, la Hősök Tere o Plaza de los Héroes, que da entrada al Városliget. En uno de sus flancos, está el fabuloso Szépműsvészeti Múzeum (Museo de Bellas Artes), cuya exposición es importante a nivel mundial.

En la orilla izquierda del Danubio se encuentra la antigua ciudad de Buda, donde destaca la montaña de Gellért, un lugar muy tranquilo para pasear y disfrutar de las vistas del río. Eso sí, eviten a los trileros que hacen su agosto particular a costa de los incautos turistas. Allí, se puede ver el famoso hotel Gellért y sus opulentos baños termales. Pero si algo merece la pena de esta parte del margen del río, es el acceso a la Margit-sziget, la isla de Margarita, situada entre los puentes de Margarita y Árpad, una antigua leprosería romana y un antiguo harén de un bajá turco, un verdadero paraíso para recorrer a pie o en bicicleta y disfrutar de un día de picnic al sol.

En las catacumbas bajo el Palacio Real de Buda,
tras la pista de Vlad el Empalador.
Foto de Alfredo Martín G.

Dominando el río desde Buda, se encuentra el denominado Distrito del Castillo, antigua capital fortificada del país y sede de la corte real. Destaca, por encima de todo lo que encontraréis allí, el Halászbástya o Bastión de Pescadores, el Budavári Palota o Palacio Real de Buda, donde está la Magyar Nemzeti Galéria o Galería Nacional Húngara, el Budapesti Történeti Muzeum (Museo de Historia de Budapest) y el precioso Mátyás Templom, en el corazón del castillo. Como curiosidad, también se pueden visitar las catacumbas del castillo, donde se cuenta que estuvo encerrado Vlad Drăculea, personaje histórico en que se basa el conde Drácula de Stoker.

Como veis, son muchas las razones para amar Budapest (a las que habría que sumar su gastronomía y sus vinos, espectaculares), como muchos son también los motivos para separar la política de todo aquello a lo que tiende y pretende corromper, como nuestras propias opiniones.

Autor: Alfredópolis

Padre, por encima de todo. Filólogo de formación (Premio Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona) y editor de profesión. He publicado artículos, reseñas, críticas y relatos en diversas revistas literarias (todos ellos disponibles en este blog).

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