5. ¿Qué está pasando?

Pese a que normalmente los días laborales suelo y prefiero comer solo, porque compartir comida con compañeros de trabajo suele significar más trabajo —y bastantes horas de mi tiempo le dedico ya a esa labor— y porque soy un amante entregado de mi soledad, qué le voy a hacer, disfruto de ella y la necesito, hay veces en las que no me queda más remedio que “transigir”: celebraciones de aniversarios, visitas inesperadas, compañeros que ese día, en contra de lo habitual, no han traído comida en el tupper… y, lo confieso, porque a veces me siento obligado a decir a compañías aunque sólo sea para que no me hagan sentir más rarito de lo que ya puedo ser —antisocial me llaman muchos; asquerosamente selectivo prefiero etiquetarme yo.
Pues bien, este miércoles, pese a que no me apetecía nada, porque además tenía que atender a otras cosas en la escasa hora de que dispongo para comer, “tuve que compartir comida” con una compañera, y pese a mis prejuicios iniciales, esa compañía sí que me fue útil, como mínimo y con eso me quedo, ha sido el motivo de estas líneas que ahora escribo.

Entre otras cosas de las que hablamos, me contó que había asistido al II Encuentro de Docentes de Lenguas en Educación Secundaria en Sant Cugat del Vallès el fin de semana anterior, donde se habían dado charlas y se habían compartido estrategias y materiales para eso tan complicado que es la enseñanza —en realidad, ella, que compagina el trabajo editorial con una sustitución en un centro de Educación Secundaria, se centró únicamente en la lengua (a todos nos preocupa lo nuestro, es inevitable), pero yo, e intuyo que aquí empezó mi desconexión, empecé a extrapolar todo eso que me contaba a la enseñanza en general, y al aprendizaje en particular —que aunque lo parezcan, no son una misma cosa: los platos son platos, y los vasos son vasos, que diría algún sabio dirigente.

Porque ya desde mi etapa como estudiante, tardío, eso sí, que fui de los que se desenganchó de la educación para volver y aprovechar una segunda oportunidad más tarde, voy percibiendo que algo está pasando, y no bueno, con el aprendizaje[1]. No sé a qué es debido, ya me gustaría a mí, si al bombardeo de información y estímulos externos que impiden una concentración adecuada —qué podemos esperar si antes de tener dientes los niños ya juegan con los móviles, tabletas u otros cacharritos electrónicos de sus padres—, si al descrédito de la formación o a los nuevos modelos de prestigio social, si a la falta de recompensa en forma de salida laboral para tantos años de esfuerzo o a la ilusoria comodidad de la sociedad burguesa en la que nos toca vivir, pero lo cierto es que los estudiantes, niños y no tan niños, no aprenden, y los formadores, algunos de ellos, tampoco. Y esta sensación se hizo todavía más evidente durante mi etapa como docente y ahora que empiezo a mirar el asunto desde la madurez.



Fuente: cursople.weebly.com


Porque aprendizaje es adquirir conocimientos útiles para la vida, aquellos que sirven, mediante su interiorización y comprensión, esto es, después de haber reposado un tiempo para poder extraerles todo el jugo, para ser aplicados y relacionados entre sí, en definitiva, para comprender, y mejorar, si es posible, qué más se puede pedir, el complejo y voraz mundo que nos rodea.

Entre taller y taller, y entre charla y charla, y vuelvo a la comida compartida, mi compañera, al hilo de un comentario que le hice yo sobre la alarmante incapacidad para la reflexión y relación de conceptos de los jóvenes, me contó que cuando planteaba actividades de ese estilo en el aula, el bloqueo era total y absoluto, pero que había notado que, al contrario de lo que se pudiera prever, los “malos” solían salir más airosos que los “buenos” —estos calificativos no son míos, odio cualquier tipo de etiquetas limitadoras, tan frecuentes, por desgracia, en la vida—, que aquéllos respondían con menos ataduras que éstos, siempre obsesionados con la respuesta correcta[2].

Y he aquí otro de los problemas, me temo. Los “buenos” estudiantes son resultadistas, y suelen basarse en la memorización de cabo a rabo de la lección y en su vómito el día de la verdad, el del examen. Y luego, limpieza de disco duro para la siguiente prueba, y luego, para la siguiente, y luego… se convierten en adultos que poseen un enorme archivo de datos inútiles porque no los saben utilizar. Y así estamos.

Como dice mi compañera, por todo esto es necesario pensar en nuevos métodos de enseñanza para que los alumnos puedan aprender, así que bienvenidos sean todos los congresos y toda la formación encaminados a ello. Pero me da miedo que acabemos convirtiéndonos en médicos y farmacéuticos, demasiados habituados a tratar en lugar de curar. Y para ello, no debemos descuidar dar respuesta a esa pregunta con la que titulo estas líneas: ¿Qué está pasando?


[1] Tal vez por esa razón yo mismo he obtenido tan buenos resultados académicos. Es bien sabido que en el país de los ciegos, el tuerto es el rey.
[2] Vamos, que Sócrates y su mayéutica no tendrían nada que hacer hoy en día. Y además, que las grandes preguntas no suelen tener una única respuesta correcta.

Autor: Alfredópolis

Padre, por encima de todo. Filólogo de formación (Premio Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona) y editor de profesión. He publicado artículos, reseñas, críticas y relatos en diversas revistas literarias (todos ellos disponibles en este blog).

2 comentarios en “5. ¿Qué está pasando?”

  1. Bueno, yo no hablaba de los casos de TDAH en concreto, aunque se podrían incluir como \”asunto pendiente de solucionar desde hace años\” (porque la medicación, créeme, no es la solución, al menos no lo es para los chavales, otra cosa son los padres y los profesores) si se confirma la hipótesis del componente genético, que según los estudios es más probable que las causas ambientales. En cualquier caso, como ya te he dicho en otra ocasión, ya es una alegría que le hayas dedicado tiempo a leer la entrada.

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