2. La izquierda fragmentada

Hace unos días, una persona a la que le tengo aprecio[1], y con la que en los últimos años diría que he hablado casi de cualquier cosa sin tapujos, me dijo que parecía mentira que, con la que nos está cayendo, la izquierda se encuentre fragmentada: unos luchando por el a unas cosas, otros, por el a otras[2].

Reconozco que me quedé sin saber qué decir durante unos segundos, pero no porque el político sea un tema que me incomode, ni porque sea uno de esos inconscientes ignorantes que van de modernos porque pasan de la res publica, ni siquiera porque sea de aquellos otros, cada vez más numerosos, esa peculiaridad tienen la fe y las cosas del corazón, ya se sabe, que cuando no comulgan con su opinión, no esgrimen más argumento que el silencio —y no es porque tengan presentes las perlas y los puercos de Mateo, Erasmo o Shakira, allá cada cual con sus referentes culturales—. No, no van por ahí los tiros.

Simplemente tardé en responder porque su concepción de la política y sus extremos no coincidían con los míos, y eso, lo reconozco, siempre me ha desorientado. ¿La izquierda, fragmentada? Pues no, no lo creo. Claro que depende de qué entendamos por izquierda…; pero para mí no lo está. En absoluto.

Es más, para mí, y espero que para muchos otros como yo, en Cataluña[3] se presentan únicamente dos partidos de izquierda a las próximas elecciones, por mucho maquillaje preelectoral que se den algunos, uno más combativo, el otro menos. Uno con el factor independentista como una de sus reivindicaciones capitales, y otro sin él, pero sin renunciar a ello si es lo que decide finalmente la mayoría. Pero ambos están donde tienen que estar y luchan por lo que tienen que luchar: las reivindicaciones sociales y laborales de siempre, la igualdad y, en definitiva, la dignidad de las personas. De todas ellas, sin distinciones ni excepciones.

En efecto, hablo y hablaba de la CUP (Candidatura d’Unitat Popular dels Països Catalans) y de la coalición Catalunya Sí que es pot (formada por Podemos, ICV-Els Verds, EUiA y EQUO). Y dejé y dejo fuera de esa izquierda, expresamente, al PSC —y al PSOE, su matriz— y a Esquerra Republicana de Catalunya.
Pues bien, después de mi primera respuesta, ese potencial amigo añadió algo aún más perturbador, pues quería que le diese mi opinión pero sin hacer ningún juicio de valor, señal, mucho me temo, de que empezaba a no gustarle lo que le estaba diciendo… pero ¿cómo se puede valorar algo sin valorarlo? Primero tendré que valorar qué es la izquierda, y luego hacer una selección de los partidos políticos que encajen en esa valoración. Así que, con un poquito de mala leche, le dije expresamente que “socialistas” —sí, entrecomillados— y Esquerra son partidos de derecha.


Los primeros, porque sus políticas económicas —y no voy a hablar de las declaraciones recientes de algún histórico dirigente— han demostrado que podían ser tan o más liberales que los ultras que habitan el Partido Popular, Ciutadans y CiU (o CDC y Unió), y los segundos, porque han dado su apoyo al gobierno “tijeretero” de Artur Mas[4], con lo cual se han convertido en cooperadores necesarios y cómplices de los delitos cometidos contra el bienestar social en Cataluña. Porque esto es así, por mucho que se haya intentado culpabilizar únicamente al Gobierno de Rajoy, la Generalitat y la ideología del partido del President Mas tienen mucho de responsables. Otra cosa muy distinta es que no lo queramos ver o que hayamos decidido que, ya que nos roban, es preferible que lo haga alguien de aquí. Lo lamento, no soy nada maquiavélico, y no creo en eso de que el fin justifica los medios —aunque diría que el principesco italiano nunca escribió la tan famosa sentencia que se le viene atribuyendo años ha—, así que no salvo a Junqueras y su partido del infierno. Sería ir contra mis principios y convicciones, sería ir contra mi propio ser.

Y de principios y convicciones creo que iba y va todo esto. Pienso que mi potencial amigo se siente y es de izquierdas, e imagino que en convocatorias electorales pasadas habrá votado a alguno de los partidos a los que intencionadamente he desterrado de la esfera siniestra, de lo contrario no me hubiera replicado, casi ofendido, que durante muchos años gente que es muy de izquierdas ha votado socialista o a ERC. Sin embargo, pregunto: ¿la tendencia de los partidos políticos responde al significado de sus siglas y a la ideología de sus votantes? ¿O, por el contrario, responde a las políticas que llevan a cabo una vez en el poder o, en su defecto, a las políticas que con su apoyo ayudan a poner en marcha? Si como creo no ando errado y la respuesta correcta es el segundo interrogante, PSC/PSOE y ERC —y no digamos ya el Junts pel sí del señor Mas[5] y su continuismo sombrío y antisocial— quedan lógicamente fuera de las izquierdas. Facta, non verba.

Decía antes que de principios y convicciones iba y va todo esto, y creo que mucha de esa gente de izquierdas de la que hablaba mi potencial amigo —tal vez incluido él mismo, quién sabe— está profundamente perdida y decepcionada, porque, en efecto, nos han hecho perdernos, nos quieren seguir perdiendo, y nos han decepcionado[6]. Pero esto no acaba aquí, hay más opciones, dos para ser exactos.

Las banderas y los himnos, aunque nos han hecho creer que son necesarios e imprescindibles, alimentan poco y, además, siempre se indigestan[7].


[1] Como él mismo dice, aunque no somos amigos, lo podríamos haber sido, o lo podríamos ser en un futuro. Con toda sinceridad, me gusta la gente que no considera un amigo a todo el mundo (ya es un primer paso para que lo acabemos siendo), soy de los que piensa que la amistad es algo que se fragua con el tiempo, y para ello, además de las simpatías y los intereses compartidos, las experiencias vividas juntos son imprescindibles. Y de ellas carecemos para considerarnos como tales. Al menos de momento.
[2] En honor a la verdad, toda esta conversación se produjo en catalán, pero para evitar los prejuicios poco inteligentes que habitualmente campan por eso llamado España, he decidido traducirla y adaptarla al español.
[3] Pues la conversación y esta reflexión que ha generado deben entenderse en clave catalana. Otra cosa es que alguien las extrapole a sus propias regiones y/o países, pero no seré yo quien se meta en problemas de casa ajena.
[4] Hoy me resisto a hablar de la deleznable corrupción que afecta a PP, PSOE (me sorprendió el otro día Susana Díaz cuando dijo que a España le sobraba Rajoy, y a Cataluña, Mas… ¿y a Andalucía no le sobra Susana Díaz? Nos quejábamos de Valencia y su inmovilismo a pesar de tanto excremento, pero lo del PSOE y Andalucía empieza a ser como las gárgolas y la catedral de Notre-Dame), Convergència y ya veremos si también a ERC…
[5] Reconozco que uno de los mayores éxitos de Convergència ha sido enmascarar su verdadera identidad, pues hay quien todavía se sorprende cuando digo que ellos y el PP son Cástor y Pólux en cuanto a su concepción de la economía se refiere. Y todo análisis que sea desapasionado y racional sobre esa cuestión acabará llegando a la misma conclusión.
[6] A mí, por ejemplo, me decepcionó profundamente ICV-EUiA cuando después de haberlos votado, pactaron a la extremeña para conseguir la alcaldía de la localidad en la que resido, con idéntico resultado posterior que el obtenido en Extremadura por ese mismo partido después de unir sus fuerzas a las del “cojonero progresista” de Monago. Esto es, vuelta a una más que discreta oposición. Y, por supuesto, la pérdida de mi voto per sæcula sæculorum.

[7] Quien esto escribe nunca ha pasado hambre, pero es nieto, hijo y sobrino de quienes sí la pasaron, y ha escuchado y ha aprendido de esos testimonios de un tiempo que ya no existe, pero que amenaza con volver. En nuestra mano está. Alea jacta est.

Autor: Alfredópolis

Padre, por encima de todo. Filólogo de formación (Premio Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona) y editor de profesión. He publicado artículos, reseñas, críticas y relatos en diversas revistas literarias (todos ellos disponibles en este blog).

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